Hormonas y toma de decisiones (Emilita)

Emilita es una amiga entrañable, psicóloga profesional (terapeuta ocupacional, consejera familiar) y asidua de este blog, cosa que agradezco de todo corazón, igual que muchos de nuestros lectores. Quienes hayan seguido sus intervenciones la conocerán ya, de manera que no necesito presentarla.

Sus ideas suelen ser precisas, profundas y claras, en línea antropológica (y cristiana). Ella retoma hoy un motivo que había iniciado el día 5 de este mes (II 2007), a raíz de un artículo anterior de Testos (“Proceso menstrual y sensibilidad femenina”: 3. II 2007). El tema quedaba pendiente y Emilita lo plantea aquí de un modo riguroso, como antropóloga cristiana. Gracias Emilita. y buen trabajo a todos

Presentación

El pasado día 4 de febrero aparecía en este blog un artículo sobre «Proceso menstrual y sensibilidad femenina» introducido y comentado por Testos. Quiero dejar claro que esta página de hoy sigue siendo un comentario a la intervención de Testos en ese artículo, aunque tomando una nueva dirección para nuestras discusiones. Me refiero al tema de la «toma de decisiones» que, de una manera implícita aparecía en el estudio americano. Más de un amigo/a del blog mostró su interés por el tema, incluidos Xabier Pikaza y yo misma, por eso dejo aquí mi reflexión.

El estudio hablaba de elecciones (no decisiones) hechas por las mujeres en función del momento hormonal del ciclo en que se encuentren (atracción femenina por el hombre más o menos viril) como resultado de la activación del sistema de recompensa cerebral, responsable del placer, la alegría y la estimulación positiva. Todo lo cual, viene a decir, es «determinante» (el subrayado es mío) en los comportamientos que elegimos o rechazamos según éstos afectan a nuestro sistema de recompensas. El estudio concluía así:

«La activación hormonal del circuito de recompensa antes de la ovulación, puede modular tanto el comportamiento de aproximación como el hedónico y consumatorio.»


En cuanto al comentario de Testos, decía:

«No podemos reducir el caso de las mujeres aquí comentado, ni el de los hombres con problemas hormonales a simple cuestión de hormonas. Nuestro ámbito cultural puede pesar más que la droga más potente. Creo que encierran a la mujer en una serie de conductas que son más patrones culturales que hechos fisiológicos.»


Ahora sigo yo (=Emilita).

En realidad sabemos poco sobre nuestro cerebro. Pero lo que sí sabemos es que además de un sistema límbico para las emociones, tenemos el neocortex que nos ayuda a interpretar y comprender ese flujo constante de química que recorre nuestro organismo.
Lo bueno de estos estudios es que nos valen para comprendernos un poco mejor y consecuentemente actuar con mayor precisión. Lo malo es querer sacarlos del contexto –siempre parcial– en el que se mueven, para resolver problemas de mayor envergadura.

No hablaré de toma de decisiones como mecanismo interno que nos lleva a conseguir la gratificación en cualquier aspecto de la existencia, ni siquiera en el plano sexual, porque eso no es toma de decisiones. Es cierto que el artículo apunta en esa dirección, pero no lo haré porque lo que me interesa es destacar la gran cantidad de variables que se dan en la decisión, ya sea femenina o masculina, contando con los cambios y variaciones que impone nuestro estado fisiológico y emocional a la hora de elegir. Así tomo distancia respecto al estudio comentado por Testos y, aunque aparente ser menos científicamente, doy un giro al tema.

La primera vez que un bebé llora por hambre, está obedeciendo a una señal cerebral y lo hace de la única manera que puede, llorando. Su madre responde alimentándole. En este preciso instante acaba de realizarse «el primer aprendizaje». Se han unido la señal cerebral de hambre, la conducta exploratoria del bebé y la respuesta alimenticia de la madre. A partir de ahí nuestra historia personal de aprendizaje, como interacción con el medio, se ira enriqueciendo con la maduración de las funciones cerebrales y complicándose por los circuitos de relación con el medio. Curiosamente es así como se rompen los estereotipos, porque no hay dos historias de aprendizaje iguales, ni siquiera entre hermanos. Con esto quiero decir que, más que la química de nuestro cerebro, será el ámbito cultural y las experiencias los que nos determinen.

Dicho esto, saltemos a nuestra razón,

no en abstracto sino en lo que tiene de concreto como aspecto psicológico. Xabier decía que: «la razón es necesaria pero cerrada en sí misma se bloquea en un sistema de necesidades». Es cierto en cuanto que la libertad es un don, pero hay otro aspecto que quiero resaltar: y es que antes de pisar la tierra sagrada de la libertad, hay que sentarse y dar de comer a la multitud hambrienta. A un estómago vacío o un corazón herido no se les puede mirar de frente para hablarles de libertad sobre lo que pueden hacer. Hay que responder con concreción, porque las necesidades son parte muy importante de nuestro sistema de aprendizaje, dado que introducen un nuevo aspecto en este puzzle: las motivaciones y sus expectativas. A estos niveles se conforman muchos comportamientos humanos y más decisiones de las que se pueden contabilizar en un estudio de neuroimagen sobre niveles sexuales de hormonas.

Pero sigamos avanzando. Demos por supuesto que tenemos controlado este nivel, que más de media humanidad lo tiene descontrolado, y nos encontraremos ante un dilema de decisión no ya de elección, pues ésta sin aquella es agua de borrajas. La decisión, por su parte, es un acto de libertad, de consecuencias imponderables por encima del cual creo que sólo quedan las leyes naturales que gobiernan el cosmos. Incluso determinada por principios hormonales, tiene impactos en el hombre que van más allá del recorrido puramente instintivo: recordemos el caso bíblico de David y Betsabé. En el hombre el «instinto básico» que podemos llamar «elección», lleva siempre parejo un complicado mecanismo mental de decisión porque está ligado al sistema emocional y éste, por definición, es desencadenado por la percepción de una situación interna o externa que llega a un primer tamiz formado por otro proceso, ya dual, de evaluación valorativa. Como consecuencia se origina la activación emocional, compuesta por una experiencia subjetiva o sentimiento, una expresión corporal o comunicativa, una tendencia a la acción o afrontamiento y unos cambios fisiológicos que sirven de base a todas las actividades anteriores. Sin embargo, las manifestaciones externas de la emoción, o sea nuestro comportamiento, es fruto de un segundo filtrado. De este modo imperceptible pero complicado, la cultura y el aprendizaje hacen que las conductas emocionales se vean sensiblemente modificadas. Esto implica que la mayoría de las veces nos equivocaremos al juzgar a los demás, ya que las experiencias subjetivas que podamos percibir en ellos pueden ser exageración, minimización o incluso negación de las mismas.

Cualquier leve alteración emocional en el hombre, ya sea positiva o negativa, está automáticamente ligada a un proceso mental de evaluación, que dada la rapidez con que se produce puede pasarnos inadvertido pero no por eso está ausente. Y la inclinación de la balanza recaerá entonces sobre lo que a cada uno nos parece «mejor», según principios aprendidos sobre creencias, valores o simples necesidades. Baste esta somera explicación del proceso emocional, que acompaña a la toma de decisiones, para resaltar dos cosas: el hombre es más que una respuesta a estímulos, pues en sus procesos químicos, cognitivos y conductuales es tremendamente complicado. Por otro lado, la hormona nunca puede prever los impactos de su propia acción, ya que a ella no le corresponde la valoración última y social de las acciones humanas. Para eso está la razón.

Y dicho esto, con la suficiente sencillez para que lo entienda cualquiera, podemos dar un paso más y adentrarnos en lo que la psicología llama proceso de toma de decisiones.


Toma de decisiones


Por definición «tomar una decisión» hace referencia al proceso, digo bien, «proceso», de elegir un determinado curso de acción. Y si hablamos de «proceso» ya hemos renunciado al esquema de simple estímulo-respuesta. Componen este proceso una valoración, estimación e inferencia de lo que ocurrirá y cuál será la reacción evaluativa del que decide según los resultados obtenidos. No hay que confundir el proceso de toma de decisiones con la elección que es un elemento más dentro del proceso. Para no alargarme enuncio brevemente esos pasos:

1º.- elección de elementos relevantes e irrelevantes analizando las relaciones entre ellos;
2º.- generación de acciones alternativas, imaginando el resultado final y evaluándolas según su valor y grado de incertidumbre; y...
3º.- de acuerdo con las consecuencias, «elección» de la conducta más idónea, llevándola a efecto, lo que constituye propiamente una decisión.

Cada persona afronta este proceso de forma diferente, basándose en su experiencia e historia de aprendizaje. Y aquí es donde aparecen los puntos negros en la toma de decisiones. Me refiero a la preocupación que genera preparar este proceso que suele producir ansiedad, sea cual sea la decisión a tomar. Porque los humanos podemos crear estrés para excluir un dolor posterior mayor, y esto puede ser automático o consciente. Y aún más, pueden aparecer los bloqueos por un conflicto de valores. Como veis esto se complica por momentos, porque habría que hablar también del afrontamiento, de los valores y de las creencias personales.

Aspecto religioso

Hasta aquí nos hemos movido en el campo de lo personal, pero la toma de decisiones tiene una faceta social, de interacción con el medio y una doble relación por un lado con la ética y por otro con los valores y creencias de cada uno. Dejo a los filósofos del blog el aspecto ético y a los teólogos el moral. Y para terminar introduzco de refilón el aspecto religioso, que para eso estamos en una página dedicada a él.

La Biblia abre con un gesto de Dios que podríamos llamar «decisión». Un acto libre y gratuito que llamamos crear, de imprevisibles consecuencias, debido al principio de libertad que introduce en él. Hay un plural misterioso en ese texto: «hagamos» al hombre a nuestra imagen y semejanza (Gn 1,26) altamente significativo por lo que entendemos como proceso dubitativo de toma de decisiones: pienso, elijo, decido y ejecuto). Y una evaluación/valoración explícita: «vio Dios que todo estaba muy bien» (Gn 1,31), valoración que lo acerca tremendamente al proceso que nosotros manejamos como toma de decisiones (ya se que no es así, pero no me negareis que es una coincidencia encantadora). El otro gran episodio bíblico de toma de decisiones es la muerte de Jesús. En ese texto queda claro hasta qué punto el hombre Jesús es libre y responsable cuando toma la decisión más importante de su vida. Leído bajo este prisma el resto de hechos y consecuencias en la vida de Jesús es deslumbrante y magnífico. El texto es de (Jn 10,18): «Yo doy mi vida, nadie me la quita, la doy voluntariamente». Entre otras cosas nos está remite a un aspecto singular de la toma de decisiones que es la responsabilidad. En este caso no hay automatismos: hay conciencia plena y por tanto voluntad (decisión). Por eso, desde ahí, se hace hermoso estudiar el proceso de toma de decisiones en ese arquetipo humano que es Jesús.

Pero la libertad tiene una contrapartida que no es ni don, ni gratuita. Me refiero a la responsabilidad. Ésta se aprende y se conquista con esfuerzo, y sin ella no hay libertad que valga. Y doy un paso más. Recientemente voy descubriendo, gracias a alguien que me es querido, algo novedoso: la providencia como decisión. He pasado de una comprensión estática de providencia como «dádiva» a otra más dinámica, interactiva y arriesgada que se realiza en el punto donde se enredan las decisiones personales y la acción de Dios, como esa chispa de vida que nos salpica cuando hacemos uso responsable de nuestra libertad. Esto sí es importante, pues vislumbro que más que subordinarnos a Dios, como se ha dicho, hay que buscarle y provocarle con las propias decisiones haciéndole acudir en nosotros y afectándole en su ser divino. Pero esto lo dejamos para otra ocasión.

Conclusión

Y desde ya, podemos dialogar en otra dirección con las hormonas en la alforja, en el lugar que les corresponden, como parte, una entre otras, de esa fantástica construcción que llamamos «hombre». Mi intención al escribir esto ha sido dar una idea general, aunque no exhaustiva de la complejidad del sistema humano de recompensa, ligado inexcusablemente a la toma de decisiones. Este proceso, que en parte explica la psicología, se ve afectado por los valores, la cultura y la responsabilidad personal, aspecto éste indeclinable por ser la voluntad humana el criterio definitorio de construcción o destrucción de la propia vida.
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