¿Interviene Dios en la Historia? (G. Haya)

Al hilo de lo que vengo diciendo estos días sobre Dios-Trinidad, quiero publicar este trabajo en el que mi amigo (y amigo del Blog) Gonzalo Haya plantea temas y resuelve cuestiones esenciales de las que han tratado varios comentaristas.

"Lo que sí podemos concluir es que cuando actuamos desde nuestro verdadero ser, actuamos “en Espíritu”. Actuamos nosotros mismos –de forma autónoma-, pero Dios está actuando en nosotros.

Dios interviene en la Historia, pero a través de nuestras decisiones libres, responsables, autónomas".


Así concluye su trabajo, juicioso, profundo, cristiano. Lea todo quien quiera seguir el hilo de su argumento. Gracias, una vez más, Gonzalo.

¿Interviene Dios en la historia?

Nuestra cultura occidental insiste ahora más que nunca en la plena autonomía humana, y es enormemente celosa de cualquier intervención de Dios que parezca suplantarla o disminuirla.

La Biblia, y concretamente los evangelios y los escritos del Nuevo testamento, describe sin rubor la intervención de Dio tanto en los grandes acontecimientos de la Historia como en las pequeñas situaciones de nuestras vidas privadas: “¿No se venden dos gorriones por unos cuartos? Pues ni uno de ellos cae a tierra sin permiso de vuestro padre. En cuanto a vosotros, hasta los pelos de la cabeza están contados” (Mateo 10,29-30).

La Iglesia ya está muy escarmentada de negar los progresos científicos por contradecir a las palabras de la Biblia, por eso la teología se esfuerza en coordinarlos. Hoy se acepta bastante bien que el lenguaje de la Biblia es un lenguaje simbólico, incluso un lenguaje mítico, propio de culturas más primitivas.

Plenamente de acuerdo en que se trata de un lenguaje simbólico, pero desde hace tiempo me viene preocupando una pregunta: al interpretar este lenguaje simbólico, ¿qué realidad queda? No pretendamos que quede una definición exacta, un enunciado “claro y bien definido”. El símbolo es sugerencia y suscita una actitud; va dirigido a la inteligencia emocional o, si lo preferimos, a la inteligencia espiritual. Convertirlo en razón lógica sería falsearlo.

Creo que no podemos desdeñar la providencia del Padre, que tan íntimamente sentía Jesús. No podemos caer en un deísmo que relega a Dios al primer instante de la creación y corta el cordón umbilical que nos une a él. Quizás sea demasiado lo que voy a decir, pero puestos a emplear símbolos, a mí me recuerda esta actitud a la del Gran Inquisidor que Dostoyewsky presenta en la catedral de Sevilla: le cierra el paso a Jesús porque ahora son ellos, sus representantes, los encargados de educar al pueblo y hacerle cumplir las leyes. No quiero exagerar, pero algo de orgullo hay en la exacerbada defensa de la autonomía humana.

En estos días estoy releyendo mi tesis sobre el Espíritu Santo en el libro de los Hechos. El Espíritu Santo representa un modo de actuar de Dios, con ligeros matices respecto a otras denominaciones como la potencia o el dedo de Dios. La idea fundamental del libro es que el Espíritu Santo impulsa y conduce el desarrollo de las comunidades cristianas.

Las expresiones que describen esta intervención del Espíritu Santo en la Historia son de dos tipos, probablemente debidas al autor y a las fuentes que utilizó.

El primer tipo de intervenciones se debe generalmente a una fuente veterotestamentaria como el relato en que “el Espíritu del Señor arrebató a Felipe de modo que el eunuco no lo vio más. Felipe apareció por Azoto...” (Hech 8,39). También en el ciclo paulino se repiten intervenciones invasivas en las que Espíritu dice, directamente o por medio de los profetas, lo que tiene que hacer Pablo o la comunidad (Hech 13,2 y 4). Este modo de actuar del Espíritu, que suplanta la autonomía de la persona en su toma de decisiones, es totalmente incomprensible e inaceptable para nuestra cultura actual.

El otro tipo de intervenciones se encuentra sobre todo en la estructura fundamental del libro, obra del autor principal, y se describen como un influjo interior que estimula y potencia la actividad propia de la persona. Destacan las expresiones características: “llenos de Espíritu Santo”, “en Espíritu”, “por medio del Espíritu”. En ellas la persona es la causa directa de la acción; el Espíritu sería una condición o quizás una casa remota.

Esteban “lleno de Espíritu Santo” se expresaba de tal manera que “no conseguían contrarrestar la sabiduría y el Espíritu con que hablaba” (Hech 6,10). Para Lucas, el testimonio que Esteban da ante los tribunales es un acto personal –autónomo- de Esteban. El apoyo del Espíritu es tan interior, y tan asimilado por Esteban, como la sabiduría.

Marcos (3,10) y Mateo (10,20) atribuían el testimonio ante los tribunales a una intervención directa del Espíritu: “porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu Santo”. Lucas (12,12) corrige esta expresión respetando la autonomía de los discípulos: “porque el Espíritu Santo os enseñará en aquella hora lo que conviene decir”. La misma corrección introduce Lucas al narrar que Jesús, después del bautismo, se retira al desierto. Marcos (1,12) nos dice “Y al punto el Espíritu le empuja hacia el desierto”; Lc (4,1) matiza “Jesús lleno de Espíritu Santo volvió del Jordán, y era conducido por medio del Espíritu (literalmente: en Espíritu) al desierto”. Marcos, Mateo y Lucas quieren expresar lo mismo: que Dios dirige los pasos de Jesús, pero la expresión de Lucas sintoniza mejor con nuestra concepción actual sobre la autonomía de cada persona.

Pablo “determinó en Espíritu ir a Jerusalén” (Hech 19,21). Y los comentaristas no acaban de decidir si se trata del Espíritu Santo o del espíritu de Pablo. Esta ambigüedad es frecuente en Hechos, y hay que decidirla según el contexto. Muchas veces persiste la duda de si “espíritu” se debe escribir en esos pasajes con mayúscula o con minúscula. Tan compenetrado está el Espíritu de Dios con el espíritu del hombre.

Podría investigarse si esto tiene algo que ver con la psicología transpersonal. Ésta distingue entre el yo egoico y mi verdadero ser que trasciende el tiempo y el espacio. ¿Sería este ser el espíritu de Dios que habita en todo hombre desde el primer soplo de la creación? La antropología bíblica distingue el cuerpo, el alma y el espíritu: “la palabra de Dios es viva y enérgica, más tajante que una espada de dos filos; penetra hasta la unión de alma y espíritu” El espíritu puede considerarse personal –lúcido- aunque no sea individual ¿Qué autonomía necesita rebelarse contra este espíritu más íntimo que mi propio yo? Dejemos abierta esta sugerencia.

Lo que sí podemos concluir es que cuando actuamos desde nuestro verdadero ser, actuamos “en Espíritu”. Actuamos nosotros mismos –de forma autónoma-, pero Dios está actuando en nosotros.

Dios interviene en la Historia, pero a través de nuestras decisiones libres, responsables, autónomas.
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