LIBERTAD EN LA IGLESIA (Pedro Zabala)

Existen en nuestra Iglesia, personas cuyo oficio parece ser acusar a los demás de desviaciones disciplinares o doctrinales. No sólo señalan las conductas externas, sino que se atreven a señalar aviesas intenciones en las personas denunciadas. Conocedores al dedillo del derecho canónico y del catecismo oficial, a los que sitúan por encima del mismo Evangelio, con frecuencia resultan más papistas que el propio Papa y denuncian la debilidad de los pastores que no echan del rebaño a las ovejas que se atreven a pensar por su cuenta. Peor son aquellos que no lo hacen públicamente, sino que envían a la jerarquía denuncias, a veces anónimas. Lo más triste es que esas denuncias, a menudo dan lugar a procesos inquisitoriales contra clérigos o profesores, en los que no se dan a conocer a los acusados quiénes son sus denunciadores o no se les permite aclarar la cuestión debatida.
Como los laicos somos en la estructura piramidal miembros de segunda clase (las mujeres, de tercera, claro) estamos libres de estas opresiones. Pero si queremos actuar libremente, no podemos acogernos al asociacionismo canónico, sino acudir a la vía civil para organizar nuestras actividades. Así podemos debatir temas tabúes o invitar a participar a teólogos rebeldes, sin que el yugo jerárquico nos lo impida. Esto nos priva, naturalmente, de cualquier clase de apoyo institucional por muy legítimas y evangelizadoras que resulten nuestras actuaciones, normalmente acogidas con un silencio elocuente.
Tengo resistencia a transcribir al papel mis experiencias personales, pero esta vez haré una excepción. Estoy incardinado en la Iglesia de Dios, peregrina en La Rioja, a través de una comunidad de base, denominada de la Esperanza. Y participo activamente como voluntario en Cáritas diocesana, en el servicio jurídico-psicológico y en el de formación. Allí colaboramos personas de distintas sensibilidades y orientación. En una de las reuniones a las que asistí, formalmente convocados, estábamos esperando al delegado diocesano (persona estupenda, cuyos varios años de experiencia misionera le alejan del envaramiento autoritario de algunos clérigos) que se íba retrasando, con la natural preocupación de los venidos de pueblos, ya que nos aguardaba un orden del día muy extenso. Se propuso empezar ya y que el cura se incorporase cuando llegase, pues sus muchas obligaciones le habrían impedido ser puntual. Hubo quien protestó, pues faltaba el jefe. Rápidamente contesté que creía que estaba allí desde el principio. “Cuando dos o más estéis reunidos en mi nombre...”. La respuesta no se hizo esperar: el sacerdote es el representante de Dios en la tierra. Y pude frenar la réplica rápida, antes de que llegase a mis labios: Son los pobres, los verdaderos representantes del Señor en la tierra... No era el momento de un debate teológico, sino de trabajar juntos. Y, así, empezamos la reunión sin más dilación.
Opino que hoy en la Iglesia existen distintos planteamientos que pudieran reducirse con cierta imprecisión a dos: los que quieren la uniformidad, impuesta desde el modelo vigente piramidal-jeráquico y los que concebimos la Iglesia, como un discipulado de iguales, como Comunidad de comunidades, con diversidad de funciones, superando las diferencias docente-discente, y varón-mujer. Cuando se habla de reforzar las señas de identidad eclesiales y de sus distintos órganos, no puedo asentir cuando se trata de parafernalias y signos externos. Nuestras señas auténticas han de ser según el mandato y ejemplo de Jesús: “mirada cómo se aman” y cómo se vuelcan con los últimos: “los ciegos ven, los sordos oyen, los cautivos son redimidos ...”. Ser testigos del Dios de Jesús, nos emplaza a llevar el Perdón del Padre a todos, empezando por los de nuestra propia casa. ¿Para cuándo empezamos?.