Naturaleza conciliar de la Iglesia. Mt 18 y Hech 15.

La Iglesia es Concilio, según Mateo 18, cuyo texto base vuelvo a presentar:
«1. Y si tu hermano peca contra (o contra vosotros), ve y repréndele a solas; si te escucha, has ganado a tu hermano.
2. Si no te escucha, toma contigo a uno o a dos, pues todo problema se resuelva por dos o tres testigos.
3. Y si no les escucha llama a la iglesia y si no la escucha, sea para ti como gentil y publicano» (Mt 18, 15-17).
Los temas de la Iglesia se resuelven según eso de forma colegiada, en un proceso que va de la corrección personal (repréndele), hasta la intervención de un grupo (dos o tres) o de la comunidad entera. El texto comienza diciendo si peca contra ti tu hermano, es decir, un miembro de la comunidad. No lo hace de forma privada, sino poniendo en riesgo la unidad y vida comunitaria, pues el contra ti tiene aquí un carácter colectivo, como interpretan muchos manuscritos antiguos que ponen contra nosotros o vosotros. Por eso se instaura un proceso en regla, que permite conocer a los que forma parte de la comunidad.
El criterio de fondo sigue siendo el evangelio: gratuidad, búsqueda de salvación de todos y universalidad. El método es el diálogo, según el orden descrito: uno a uno, dos testigos, comunidad entera.
Un proceso de discernimiento como éste puede resultar doloroso, pero es necesario y no puede delegarse, dejándolo en manos de una instancia superior o externa, pues sería como si un matrimonio dejara en manos de extraños la solución de sus desamores. La comunidad cristiana está formada por personas capaces de juntarse y resolver dialogando sus problemas. El texto sigue precisando el tema:
«Todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo En verdad os digo: si dos de vosotros concuerdan, sobre cualquier cosa que pidan en la tierra, les será dado por mi Padre que está en los cielos. Porque donde se reúnen dos o tres en mi Nombre, allí estoy Yo en medio de ellos» (Mt 18, 18-20).
Atar y desatar (deô y lyô) expresan lo que ha de hacerse para establecer la iglesia: acoger y expulsar, afirmar y negar, confirmar y abrogar. Los judeocristianos sostenían que nadie puede desatar (lyô) los mandamientos de la Ley (Mt 5, 19); pero Pedro había recibido las llaves del Reino, como primer escriba, intérprete de Jesús, y así pudo atar y desatar (deô y lyô) en el principio de la iglesia (cf. Mt 16, 18-19). Pues bien, lo que hizo Pedro (para la iglesia entera) puede y debe hacerlo cada iglesia, avalada por el mismo Cielo, no para fundar una nueva iglesia, que ya está fundada sino para recrearla y mantenerla.
Esto significa que la autoridad fundante no la tiene ya un posible obispo, ni siquiera a un concilio de obispos, sino cada comunidad en cuanto tal, esto es, los cristianos reunidos. Por encima de toda jerarquía aislada, sobre todo poder individual que intenta imponerse a los demás, ha establecido Mateo el buen principio israelita de la comunión fraterna como revelación y signo de Dios sobre la tierra.
Una comunidad que no es capaz de reunirse, expresando su perdón y trazando sus fronteras-caminos en diálogo gratuito, no es cristiana. Allí donde alguien (obispo o presbítero) se arroga un tipo de autoridad más alta o resuelve problemas desde fuera, poniéndose sobre el diálogo eclesial, destruye el evangelio. El judaísmo lo sabía (Dios está presente allí donde concuerdan los hermanos), pero corría el riesgo de reducir la comunidad a grupos de puros, centrados en la observancia de la Ley.
El evangelio amplia desde Jesús esa experiencia: la comunión humana (donde unos hermanos se reúnen para atar-desatar) es signo de Dios, instancia suprema, verdad dialogada. Esa verdad eclesial de Jesús se identifica con el mismo diálogo comunitario y no puede delegarse en manos de ningún organismo o sistema. Esto significa que la comunidad eclesial no puede confiar ningún tema básico de amor-acuerdo comunitario a una persona superior, pues al hacerlo se negaría a sí misma: dejaría de ser comunión personal y se volvería sociedad o sistema dirigido desde fuera. La esencia de la iglesia es el amor dialogal, la fraternidad de aquellos que son capaces de abrirse, acogerse y perdonarse unos a otros. Así continúa el texto:
En esa línea, cada comunidad cristiana, en diálogo con otras, puede y debe organizarse a sí misma, pues los mismo hermanos reunidos en nombre de Jesús y desde el Padre son autoridad para admitir nuevos miembros, celebrar la eucaristía y declarar, si fuere necesario, la exclusión de aquellos que se excluyen a sí mismo, pues no quieren ser iglesia (no aceptan el perdón), recorriendo para ello los caminos adecuados.
Todos los temas que cierta iglesia posterior ha reservado para obispos o papas (desde la ordenación ministerial hasta la disciplina de los matrimonio) serían para Mt 18 objeto y contenido de una autoridad comunitaria, que no pueden delegarse. Ciertamente, las iglesias forman la única Iglesia de Jesús, fundada en la Roca de Pedro (cf. Mt 16, 18-19), pero cada una es campo de fraternidad completa, capaz de acoger nuevos miembros y vivir con ellos en gratuidad y comunión personal.
El concilio de los primeros cristianos. Hechos 15.
Lo que Mateo presenta en forma de principio evangélico lo ha desarrollado Lucas de forma histórica, en el libro centro del de los Hechos, donde ha colocado el llamado “Concilio de Jerusalén” (cf. Hech 15), del que Pablo ofrece una versión propia (cf. Gal 2, 1-10). El tema discutido en el Concilio es la diversidad y unidad de las iglesias. Algunos miembros de la Iglesia de Jerusalén no quieren aceptar como cristianos a los gentiles que creen en Jesús pero no se circuncidan (es decir, no empiezan por hacerse judíos) y así se lo indican a los cristianos de Antioquía, que están recibiendo en la comunidad a personas sin circuncidar, es decir, sin hacerse judíos.
La Iglesia de Antioquia envía a Jerusalén a sus delegados (Pablo y Bernabé), para que resuelvan el tema de la circuncisión, que algunos judeocristianos, venidos de Judea, han suscitado (Hech 15, 1-3). La Iglesia de Jerusalén, representada por Apóstoles y Presbíteros (Hech 15, 2.4.6.22.23), decide que los cristianos gentiles no han de ser circuncidados, ratificando la conducta de Pablo y Bernabé, aunque les imponen ciertas condiciones (15, 22-35). Protagonistas son los delegados de la misión gentil (Pablo y Bernabé), los cristianos fariseos (exigen circuncisión: 15, 5) y algunos mediadores como Pedro y Santiago (cf. Hech 15, 7-21). El concilio tuvo lugar el año 49 d. C., cuando no habían pasado todavía veinte años desde el comienzo de la iglesia.
1. (Problema). «Y algunos descendieron de Judea y enseñaban: Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés, no podéis salvaros. Como Pablo y Bernabé tuvieran gran disensión y debate con ellos (en Antioquia) determinaron que Pablo y Bernabé, y algunos otros de ellos subieran a Jerusalén, a los apóstoles y presbíteros, para tratar esta cuestión» (Hech 15, 1-2).
2. (Discusión). «Cuando llegaron a Jerusalén, fueron recibidos por la iglesia, apóstoles y presbíteros, y dijeron todo lo que Dios había hecho con ellos. Pero algunos creyentes de la secta de los fariseos se levantaron diciendo: hay que circuncidarlos y que guarden la Ley de Moisés. Entonces los apóstoles y presbíteros se reunieron para considerar el asunto» (15, 4-6).
3. (Discursos de los líderes y acuerdo). «(Pedro y Santiago), después de una gran “contienda” (Hech 15, 7), en la que se llega al paroxismo ofrecieron su palabra y sentaron las bases del acuerdo. «Entonces bien a los apóstoles y presbíteros con toda la iglesia, escoger algunos de ellos (Judas y Silas), para enviarlos con Pablo y Bernabé y mandaron esta carta: "Los apóstoles y hermanos presbíteros a los hermanos gentiles... salud. Puesto que hemos oído que algunos de entre nosotros, a quienes no autorizamos, os han inquietado con palabras, perturbando vuestras almas, nos pareció por común acuerdo, enviaros a algunos... Porque nos ha parecido bien al Espíritu Santo y a nosotros...» (15, 22-28).
Aquí no se reúnen ya todos los miembros de la iglesia (como en Mt 18), aunque toda la iglesia está detrás (recibe a los enviados, plantea el problema…). Está toda la Iglesia en el fondo, pero se reúnen de un modo especial sus representantes: los que tienen un problemas como los enviados de las iglesias (los apóstoles) y con los presbíteros (que son los representantes de cada iglesia). Todavía no son obispos, son simplemente delegados y representantes de las comunidades, buscando un acuerdo.
Este acuerdo fija el estilo de la organización cristiana. Por la declaración final (nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros), sabemos que Dios (Espíritu Santo) se expresa en el diálogo y decisión de los creyentes (nosotros). La iglesia es una asamblea teologal: los hermanos se juntan y dialogan los problemas a la luz del mensaje de Jesús, de manera que pueden afirmar y afirman que les asiste el Espíritu Santo. Es una asamblea participativa: Dios habla en el diálogo fraterno.
Éste es el modelo cristiano de gobierno, en una iglesia que empieza a tener ya problemas. Ella no puede resolverlos mágicamente, ni apelar a una instancia exterior (oráculo de Dios, revelación privada o decisión particular de un dignatario). Los hermanos deben reunirse y dialogar: sólo allí donde comparten la palabra, conforme al evangelio (misión) y para bien de todos, se revela el Espíritu. Lucas ha desarrollado este acuerdo de Jerusalén como ejemplo de autoridad, expresando para siempre el sentido de la comunión eclesial.
Éste es el primero y quizá el más importante de todos los "concilios", pues no define un dogma especial, sino la base y comunión dialogal de la iglesia. Tras el concilio de Nicea (325 d. C.), las decisiones las tomarán sólo los obispos, cosa, en cierto modo, lógica, por los cambios de estructura eclesial. Pero al principio era distinto: no se reunieron obispos, sino apóstoles y presbíteros (paradójica mezcla), con delegados de las comunidades (Antioquía) y el conjunto de la iglesia (muchedumbre de Jerusalén).