Nolasco: La Biblia, sueño y tarea de libertad (3) Evangelios sinópticos

Presento hoy la tercera parte de esta pequeña serie sobre la Biblia de Pedro Nolasco, que es la Biblia de la Libertad.

Con ese motivo expongo el principio, meta y centro de los evangelios sinópticos que es el Dios de es libertad (liberador):

-- 4, 17-18: Jesús comienza la vida pública anunciando la libertad de los cautivos en Nazaret:
-- Mt 25, 31-46: Jesús culmina la vida pública en Jerusalén, declarando que Dios está presente en los encarcelados

Ésta es la hora del Dios del evangelio, que se ha hecho humano en Jesús, sembrando entre los hombres su "trigo" de vida que vence a la muerte:

-- Dios es creatividad, gozo de dar, dejando en libertad y acompañando en amor a lo creado. Así se muestra en Jesús. Por eso se define como lo contrario a la mamona.

-- La mamona, en cambio, no crea, sino que regula las cosas que ya existen, y lo hace por la fuerza, con envidia: cada uno quiere lo que tiene el otro, en un mercado que excita los deseos para aumentar la producción y viceversa, de tal forma que nadie logrará jamás saciarse.

Lógicamente, la mamona «fabrica» pobres: suscita la desigualdad entre los hombres, en proceso de competencia que lleva al enfrentamiento y a la opresión de los perdedores. Más aún, el mismo sistema de la mamona acaba convirtiendo a todos los hombres en pobres, pues les hace esclavos del proceso económico de producción y distribución de bienes, que enfrenta a unos con otros y les lleva a todos a la muerte.

Imagen: El sueño de la libertad, ante la Nueva Jerusalén


11. Los ciegos ven… y los pobres son evangelizados (Mt 11, 2-6)

El milagro del Geraseno (Mc 5), del que tratará más tarde, ofrece un signo impresionante del poder liberador de Jesús, que “rompía las cadenas” del “loco/legión” enterrado en vida entre sepulcros, capacitándole para vestirse, sentarse y hablar como hombre sano entre otros hombres sanos. En ese contexto ha desplegado Mateo 11, 2-6 (cf. Lc 7, 18-23), la escena de la respuesta de Jesús a los enviados de Juan Bautista, que le preguntan si es él quien ha de venir, o si es que deben seguir esperando a otro. Jesús responde apelando a sus obras:

Id y decid a Juan lo que escucháis y estáis viendo:
Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios,
Y los sordos oyen, y los muertos resucitan y los pobres son evangelizados.
Y dichosos aquellos que no se escandalizan de mí (Mc 11, 2-6).


Jesús y sus contemporáneos han creído que él tenía poder de hacer milagros (especialmente sanaciones), aunque no todos han sido recogidos por los evangelios, ni todos tienen el mismo fondo histórico, pues algunos parecen haber sido creados por la comunidad (evangelistas) con fines teológicos. De todas formas, los milagros son signos de la “obra creadora” de Jesús, de su tarea escatológica, que él realiza ya aquí, en este mundo, liberando a los hombres. Juan Bautista no hacía milagros, apelaba al juicio de Dios, más allá de este mundo. Jesús hace milagros, es decir, cambia la vida de los hombres y mujeres que le acogen y le siguen:

1. Los ciegos ven. Parece indudable que, al ponerse en contacto con Jesús, algunos ciegos recobraron la vista. Sobre el contenido físico de esas curaciones, y sus elementos psico-somáticos y/o religiosos pueden discutir los especialistas, pero es evidente que la presencia de Jesús hizo que muchos hombres vieran, es decir, que lograran entender e interpretar la realidad de otra manera
2. Los cojos y tullidos andan. Los evangelios recogen relatos de paralíticos, mancos, encorvados y cojos a quienes el contacto o palabra de Jesús ha cambiado, haciéndoles capaces de caminar. Ciertamente, algunos de estos milagros tienen un sentido físico/biológico, pero en el fondo hay una experiencia más honda de comunicación y libertad.

3. Los leprosos quedan limpios. No es fácil precisar la enfermedad, pues la palabra “lepra” se aplicaba entonces a una extensa gama de afecciones de la piel (distintas de la lepra estrictamente dicha). Los evangelios recuerdan algunos casos con probable fondo histórico: Leproso del camino (Mc 1, 40-45); diez leprosos (Lc 17, 11-19). Pero el gran milagro las transformación de las personas, la superación de actitudes de marginación y condena con leprosos y con otros enfermos sociales.

4. Los sordos oyen…. Este milagro se encuentra internamente vinculado con el de los ciegos. Sordos son aquellos a quienes la sociedad no les deja escuchar, los que se encierran en sí mismos negando toda comunicación por la palabra… Pues bien, en contra de eso, el mensaje de Jesús es comunicación personal de palabra.

5. Los muertos resucitan (Mt 11, 5). Más difíciles de valorar son las resurrecciones. Se corrió sin duda la fama de que Jesús había revivido a algunos muertes, esto es, que había despertado a personas que habían “fallecido”: la hija de Jairo (Mc 5, 21-43), el hijo de la viuda de Naim (7, 11-17)… Ciertamente, puede discutirse el el carácter “biológico” de la muerte y resurrección de esas personas. Pero es evidente que los primeros cristianos han creía que Jesús podía “resucitar” a los hombre, hacer que cambiaran de vida, que vivieran en verdad (no sólo tras la muerte, sino en este mundo).

Estos milagros tienen un aspecto “hiriente”, escandaloso, pues obligan a cambiar a todos. Por eso dice Jesús “bienaventurados aquellos que no se escandalizan de mí”, esto es, los que saben entender su obra como don de Dios, como experiencia de transformación humana, en un plano personal y social. Más allá de la pura razón discursiva y de la manipulación del dinero hay un espacio de libertad, abierto al milagro de la vida, no para imponerse sobre Dios (eso sería satánico), sino para que se despliegue en este mundo el poder liberador de Dios.

12. Era exilado y me acogisteis, encarcelado y me visitasteis: Mt 25, 31‒ 46

El sermón de Jesús en Nazaret (Lc 4, 18‒ 19) abre un ideal de abolición escatológica de las necesidades humanas: Jesús ha venido para romper las cadenas. Por el contrario, el pasaje en parte paralelo de Mt 25, 31‒46 ha formulado una propuesta de ayuda social: no se trata de “curar” a los enfermos, sino de visitarles, de “liberar” a los encarcelados, sino de acompañarles.

[Parábola] Cuando el Hijo del Humano venga en su gloria, y todos los ángeles con Él, entonces se sentará en el trono de su gloria; y serán reunidas delante de Él todas las naciones; y separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda.
[Salvación] A. Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.
Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recibisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí.
[Pregunta] B. Entonces los justos le responderán, diciendo:
Señor, ¿cuando te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber? ¿y cuándo te vimos forastero, y te recibimos, o desnudo, y te vestimos? Y cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti?
[Respuesta] C. Respondiendo el Rey, les dirá:
En verdad os digo: cada vez que lo hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí lo hicisteis... (Mt 25, 31‒ 46)


‒ Necesidades humanas: del hambre a la cárcel. Leído en perspectiva social, Mt 25, 31‒ 46 recoge las necesidades de la humanidad, estructuradas en tres niveles: material (hambre y sed), social (exilio y desnudez), abarcador (enfermedad y cárcel). No existe, que sepamos, ningún texto judío o pagano que condense de ese modo todos los males de la historia, aunque el argumento de fondo (ayudar a los necesitados) es un tema corriente en las mejores éticas de la antigüedad. El texto no discute la razón de esos males. Supone que existen y busca una forma de solucionarlos, no en clave de ley, sino de gratuidad y de servicio real.

‒ Dolores mesiánicos: sufrimiento del Hijo del hombre. Jesús, mesías de Dios, no es un superhombre que libera a los humanos desde arriba. Por el contrario, él asume como propios los dolores de la historia, incluyendo en su "yo" necesitado (muerto por los otros) los sufrimientos de todos los hombres. Sin esta revelación de la gracia de Dios que asume el dolor de la historia no existe evangelio. Otras religiones has formulado ese tema de un modo semejante, pero sólo el cristianismo, con su experiencia concreta de encarnación personal de Dios, puede hablar en estos términos. Jesús, Hijo de Dios, ha hecho suyos, en su vida concreta y en su pascua, todos los sufrimientos de la historia humana y de esa forma se define a sí mismo diciendo:¡tuve hambre, estuve encarcelado!.

‒ Ayuda real: servicio, acogida, episcopado. Los dolores mesiánicos se identificaban con los sufrimientos normales de la historia humana: hambres y sed, exilio y desnudez, enfermedad y cárcel. Lógicamente, las obras de ayuda implicarán la inversión de esos dolores: dar de comer y beber, acoger y vestir, visitar y acudir al lugar de la opresión. Significativamente, los “condenados” las definen y unifican como obras de servicio: ¿cuándo te vimos... y no te servimos? (25, 44). No se trata, por tanto, de un gesto de caridad añadida que va más allá de las obligaciones normales de la vida, sino de la obligación o tarea (=diaconía) mesiánica primera, donde se fundan y reciben su sentido las restantes. Pues bien, dando un paso más, podemos afirmar que todas esas obras (de alimentación y acogida de los exilados) culminan en la “visita”, entendida como “episcopado”: ¡estaba enfermo o en la cárcel y no cuidasteis de mi¡ (25, 43). Cuidar se dice “episkopein”, que es la tarea primera de aquellos a quienes la iglesia posterior llamará “epískopoi” u obispos.

‒ Salvación vinal: Venid, benditos de mi Padre. Ciertamente, Cristo está presente en los que sufren y, al mismo tiempo, pide a los humanos que le ayuden (que sirvan a los necesitados). Pero la salvación mesiánica culmina sólo al fin del tiempo. A partir de ella se plantea la acción liberadora o, quizá mejor, comunicativa en favor de los expulsados del conjunto social (hambrientos, exilados, enfermos, encarcelados). Ella no se ejerce en plano de antítesis violenta (lucha entre pobres y ricos, libres y encarcelados), sino de solidaridad creadora, que se pide a todos los que puedan ofrecerla.

13. Un evangelio de milagros al servicio de la libertad (Marcos)

Todo el evangelio de Marcos se puede centrar en la experiencia de los “milagros” de Jesús, que han de entenderse como signos de liberación, Superando el nivel de los discursos y razones de este mundo, que acaban sometiendo al hombre bajo el poder de la Mamona (dinero) y de la Legión (soldados del Imperio), Jesús ofrece a los oprimidos y endemoniados libertad, para que puedan ser ellos mismos

Un poseso era un varón o mujer a quien la sociedad tenía que expulsar y/o atar, con cepos y grilletes, encerrándole en un tipo de prisión controlada, en las márgenes (sepulcros) de la buena sociedad establecida, como muestra de manera impresionante el relato de geraseno (Mc 5, 1‒20 par), que reelabora una tradición precedente de la historia de Jesús. Este geraseno endemoniado, esposado con cepos y grilletes, es signo de los encarcelados de la historia humana.

– Vino a su encuentro un hombre que salía de entre los sepulcros, poseído por un espíritu inmundo.
– Tenía su morada en los sepulcros y ni con cadenas podían sujetarlo. Muchas veces le habían atado con grilletes y cadenas, pero él había roto las cadenas y destrozado los grilletes. Nadie podía domarlo.
– Noche y día, andaba entre los sepulcros y montes, gritando e hiriéndose con piedras... (Mc 5, 3‒ 5).


Esa opresión tiene un carácter social, pues el endemoniado se llama "Legión", vinculándose así con un poder económico y militar que domina a los hombres por la fuerza. Los poderes del mundo (los magistrados de la gran ciudad) poseen a este enfermo geraseno, le expulsan y atan (encerrándole en la prisión de los sepulcros), pero sin lograr nunca domarle del todo. Así tratan, como a un animal furioso, al que se debe apresar con cadenas, para que no dañe a los demás y no perturbe su descanso.

Las conexiones con nuestra sociedad y resultan evidentes. Allá en las afueras de la ciudad (entonces como hoy), a manera de sepulcro o estercolero donde se expulsa la basura de nuestra sociedad están los nuevos marginados, está la cárcel. La gran ciudad de los carceleros era incapaces de reducir la violencia de este hombre a través de la prisión (con grillos y expulsiones). Tampoco nuestra consigue "domar" (humanizar) a los que expulsa y encierra en la cárcel, quizá porque los necesita así, enfermos, posesos, violentos, para sentirse tranquila al juzgarlos y expulsarlos.

‒ Pues bien, Jesús expulsa a los demonios de este hombre geraseno, llamado Legión, dejando que ellos vayan al lugar que han escogido (los cerdos), en una especie de terapia simbólica; así salen del cuerpo del poseso, de un modo visible, como en preciosa escena de catarsis interior y exterior, que deja al poseso libre de sus males.
‒ Los demonios se destruyen de esa forma: ellos mismos han querido introducirse en los cerdos donde encuentran un lugar que les parece propio de su condición (son signo judío de impureza), para después se precipitan con los mismos cerdos en la hondura del mar (que es expresión de muerte: cf. Mc 5, 9‒ 14).

El hombre así curado (llamado antes Legión) puede iniciar una vida distinta, en libertad comunitaria. El signo de su curación resulta claro: viene la gente de la ciudad y le encuentra bien sentado, vestido y en su sano juicio (5, 16). Sabe compartir su vida con los otros (sentarse con ellos), presentarse en dignidad (se viste) y dialogar de un modo razonable, resolviendo sus posibles problemas a través de la palabra. Pero los habitantes de la gran ciudad no quieren la curación de este loco‒ encadenado, como tampoco nuestra sociedad moderna quiere seriamente que se curen sus violentos. Por eso, al verle curado tienen miedo: no son capaces de buscar una sociedad donde los problemas se arreglen a través de la palabra; no quieren sentarse con Jesús y el antiguo endemoniado, en un corro de amistad dialogal (cf. Mc 3, 31‒ 35). Por eso ruegan a Jesús que se vaya de su tierra.

Los magistrados gerasenos, que expulsan a Jesús, representan a todos aquellos sistemas sociales que no aceptan el diálogo como solución de sus problemas, ni quieren la verdadera libertad de los oprimidos.

14. Desplegó el poder de su brazo, Magnificat (Lc 1, 39‒ 56)

En la línea del Benedictus, que es un canto más judío, propio del sacerdote Zacarías, avanza el himno de María, que, llevando al mismo Hijo divino en sus entrañas, siente la necesidad de compartir su experiencia con Isabel, mujer pariente, madre del Bautista, que le recibe diciendo: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre... Bienaventurada tú, pues has creído, porque se cumplirá lo que el Señor te ha prometido (Lc 1, 42‒ 45). Así responde ella:

Proclama mi alma (psiché) la grandeza del Señor (Kyrios)
se alegra mi espíritu (pneuma) en Dios mi Salvador (Sôtêr) (1, 47)

Éste es el comienzo de su oración, el sentido más hondo de su alabanza. Como creyente israelita, madre del Mesías, María acoge a Dios y admira emocionada su presencia:

Porque ha mirado a la pequeñez de su sierva... porque ha hecho en mí cosas grande el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia se derrama de generación en generación (Lc 1, 48‒50)


Llena de esa confianza, ella canta la gran inversión de Dios (Lc 1, 51‒55), que tiene un sentido religioso y social, de liberación completa. Así se condensa su santo, la obra que Dios ha realizado al servicio de su pueblo, por medio de Jesús, su hijo:

Desplegó el poder de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón;
derribó a los potentados de sus tronos y elevó a los oprimidos;
a los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió vacíos (Lc 1, 51‒ 53).


María canta así como profetisa de una liberación total. El pecado se expresa en la vida de soberbia de los fuertes, en el orgullo de los potentados que destruyen a los oprimidos, de los ricos que devoran a los hambrientos. Por eso, la salvación de Dios ha de expresarse como gran inversión social (humana) que empieza en este mundo:

‒ A los hambrientos quiere Dios saciarlos, colmándolos de bienes: suscita para ellos un mundo de abundancia y gozo compartido, de manera que los productos y valores de la tierra puedan convertirse en bendición de Dios y fuente de vida compartida para los humanos.
‒ A los oprimidos los eleva Dios: deja que se puedan expresar, rompiendo las barreras y cadenas que les atan. Quiere Dios que la existencia humana sea libertad, que cada uno pueda expresarse plenamente y todos se encuentren en amor y se completen (complementen) sobre el mundo.
‒ Frente a los soberbios de 1,51 están (implícitamente) los humillados, es decir, aquellos que no logran expresarse, pues no tienen poder o autoridad para pensar, para decir, para mostrarse como humanos. Pues bien, al dispersar a los soberbios (como el humo se dispersa y disipa con el viento intenso), Dios suscita un campo de existencia para los pequeños de la tierra.

Todo lo que dice este canto aparece así como expresión del amor de Dios que ha mirado a María, haciendo por ella cosas grandes, las cosas de Cristo, su hijo, el Hijo de Dios que despliega el poder de su brazo, derriba y vacía a los ricos prepotentes, eleva y colma de bienes a los, en un gesto y compromiso social y religioso. Este canto define la tarea liberadora de la Iglesia, que sigue repitiendo (y quiere seguir cumpliendo) las palabras de María. Éste es un canto de misericordia para los pobres y hambrientos. Pero es, al mismo tiempo, un canto de inversión amenazadora para los soberbios y los ricos. Dios se define así como aquel que ofrece pan a los hambrientos, libertad a los oprimidos, elevación a los humillados. Este es el Dios que quiere que todos los humanos vivan en gozo fraterno y alabanza, que se miren los unos a los otros y compartan de manera gratuita la existencia. En esta línea, María puede aparecer como Madre de Merced, liberadora de Cautivos.

15. Ha visitado y redimido a su pueblo. Benedictus (Lc 1, 68-79)

El evangelio de Luchas ha puesto en boca de Zacarías, sacerdote de Jerusalén y padre de Juan Bautista, este canto esencial de libertad, que contiene dos palabras clave de la tradición mercedario: Ha visitado y redimido a su pueblo. Se discute su extensión original y su alcance político, pero su sentido original es claro: la Liberación de Dios ha de ser plena, interior y exterior, personal y social:

-- Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una fuerza (= cuerno) de salvación, en la casa de David, su siervo; es la salvación que nos libra de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian.
-- Ha realizado la misericordia que tuvo con nuestros padres, recordando su santa alianza y el juramento que juró a nuestro padre Abraham;
para concedernos que libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos en santidad y en justicia, en su presencia todos nuestros días (Lc 1,68-69.71-75).


El poema tiene dos estrofas, sensiblemente paralelas, que cantan la llegada del Mesías, hijo de David, que se presenta como cuerno de salvación, conforme a un simbolismo bien conocido del AT (cf. 1 Sam 2,10; Sal 132,17; 41,14; 72,18; 106,48). Al decir que Dios ha suscitado a su Mesías, de la casa de David, en su forma actual, el canto alude quizá a la resurrección de Jesús, como supone la palabra aquí empleada (egeirein). Lo cierto es que los fieles que entonan el canto están seguros de que Dios ha realizado ya su salvación: ha visitado y redimido a los oprimidos de su pueblo.

Desde una perspectiva social y nacional (judía) resulta significativa la manera de expresar la redención: «nos libera, nos arranca de las manos de los enemigos y de aquellos que nos odian». Pues bien, en esa línea, confirmados en su esperanza, a través de la resurrección de Jesús, los cristianos que entonan este canto siguen pensando en categorías de liberación integral, interior y exterior. Jesús es el mesías de Israel, en el sentido más estricto. Por eso, los creyentes vienen a cantarle como redentor pleno, en la línea que aparece en otros textos como Lc 24, 21 y Hch 1, 6.
Esta visión social del Benedictus resulta lógica, como puede verse comparando su mensaje con el que se empieza atribuyendo a Jesús, que no es un mesías puramente interior (un médico del alma), sino también un liberador social, como dice el ángel a María:

Será grande, le llamarán Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará sobre la casa de Jacob por siempre y su Reino no tendrá fin (Lc 1,32-35).


También aquí el reinado de Jesús se interpreta de un modo social, en la línea del reino davídico, en línea de justicia y de transformación histórica de la sociedad. Apoyándonos en estos dos pasajes (Lc 1,32-33; 1,68-69.71-75) podemos afirmar que había grupos de cristianos que interpretaban el evangelio de Jesús de un modo muy social, en una línea de transformación económica e incluso política, que no se logrará a través de una guerra contra Roma, sino de una conversión radical de los creyentes, que serán capaces de cambiar las condiciones de vida del mundo. Los cristianos que entonan estos cantos veneran a Jesús como mesías, Hijo de David que está elevado por la resurrección. Probablemente sienten el gozo de su presencia y esperan su venida inminente; por eso siguen ligados al templo de Jerusalén y se presentan, en palabra muy significativa, como celotas de la ley (zelotai tou nomou; Hch 21,20).

Quizá esperan la restauración de las doce tribus y por eso aluden al «reinado de Jesús sobre la casa de Jacob» (Lc 1,33). Es evidente que interpretan la libertad en términos sacrales: como restablecimiento nacional y culto sobre el templo: “para que le sirvamos en santidad y justicia” (cf. Lc 1,74-75). Es evidente que han sido “cristianos sociales”, celosos del Dios de Israel, en la línea de muchos sacerdotes como Zacarías. Ellos creen y confían en el Dios que ha visitado y liberado a su pueblo, conforme a la visión más social del ministerio de Juan Bautista y de Jesús.

16. Dolor de Dios. La espada de María (Lc 2, 22‒ 35)

María y José llevan al niño Jesús al templo, donde vive Simeón esperando el gran día. Toma al niño en brazos y canta su canción de despedida: “Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz..., porque han visto mis ojos tu Salvación, luz para revelación de los gentiles y gloria de tu pueblo Israel” (Lc 2, 29‒32). Pues bien, en ese contexto, él profetiza a María, la madre de Jesús:.

Mira, este está puesto como (causa de) caída y resurrección de muchos en Israel,
como una señal controvertida,
y una espada atravesará tu misma alma,
para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones (2, 34‒ 35)


Jesús será causa de caída y resurrección de muchos en Israel, pues no todos se alegrarán de su venida. Unos se alzarán en Cristo, descubriendo el sentido de la verdadera resurrección israelita. Otros caerán, rechazando el mesianismo y perderán al fin su vida (su esperanza). Esta es la experiencia más sangrante de la iglesia antigua, la historia que Pablo ha vivido de forma muy dura y que Lucas recoge luego en Hechos. Jesús será bandera o señal discutida; ante ella se alzarán, litigarán unos con otros (contra otros) los judíos, pues la batalla por Jesús vendrá a librarse dentro de su alma. Esta será la verdadera purificación de la madre de Jesús, el gesto y culmen de su maternidad redentora.

‒ María sufre ante todo por Israel. El signo de Jesús divide a los judíos: les enfrenta (les hace discutir) a unos con otros, les escinde (hace que caigan o se eleven). Pues bien, ella no puede quedar indiferente ante esa crisis: es madre Israel, representante del pueblo mesiánico; por eso sufre en su dolor el dolor del pueblo entero. Esta es la experiencia de solidaridad personal que sólo una madre puede sentir de forma tan intensa.

‒ La espada de dolor de María indica la crisis del nacimiento mesiánico de Jesús. María ha dicho fiat y de esa forma se ha puesto al servicio de Jesús, teniendo que caminar con él está la Cruz. María enseñará a Jesús el camino de la vida. Jesús enseñará a María el camino de la cruz, pues para seguirle hay que tomar la cruz y negarse a sí mismo, hasta la muerte.

‒ La espada puede evocar también la compasión de la Madre ante la Cruz de su Hijo (Jn 19, 25‒27). Ordinariamente, la madre sólo sufre cuando nace su hijo, pues luego muere antes que él. Pero esta profecía indica que ella sufrirá también en la muerte de Jesús, acompañándole bajo la cruz, como evoca la palabra de Simeón que se eleva ante ella y dice: ¡este niño morirá de muerte dura y tú, su madre, has de sufrirlo, llevando desde ahora la espada del dolor en tus entrañas!

‒ María sufre, en fin, por y con todos los sufrientes, como sabe desde antiguo (al menos desde el siglo XIII) una tradición redentora que se refleja, por ejemplo, en la devoción de la Virgen de la Merced o misericordia en favor de los desamparados, oprimidos y cautivos. Siendo madre del mesías universal, ella no es sólo una madre israelita (nueva Sara, Raquel o Rebeca) sino madre de la humanidad mesiánica, es decir, de todos los varones y mujeres que se encuentran incluidos y representados en el Cristo.

De manera consecuente, María padece en carne viva (con Jesús, su Hijo) el dolor de la humanidad sufriente. Ese dolor forma parte de su dolor universal; en esa línea, en la tradición mercedaria (conforme a la obra de Nadal Gaver, Speculum Fratrum) se dice que ella tenido que derramar también su sangre materna al servicio de la redención de todos los hombres, porque lleva en su entraña la pasión de los hambrientos y sedientos, exilados y desnudos, enfermos y cautivos que forman la hermandad o cuerpo sufriente de Jesús sobre la tierra (cf. Mt 25, 31‒ 46).
Así lo ha visto y sentido la tradición cristiana al presentarla como Madre de Merced (la que sufre el dolor de los cautivos), Virgen de Misericordia o Madre de Desamparados, es decir, de todos aquellos que no tienen familia o cobijo, libertad o fiesta, pan o justicia sobre el mundo. La tradición mercedaria sigue diciendo que María sufre (derrama su sangre…, a su vida) allí donde sigue habiendo cautivos en la tierra.

17. Jubileo mesiánico: liberar a los encarcelados: Lc 4, 18‒19.

El evangelio de Lucas, que ha fundado su relato con los cantos anteriores (Benedictus y Magnificat), introduce la vida pública de Jesús, en la sinagoga de Nazaret, su pueblo, retomando el motivo central del Tercer Isaías

[Principio] Entró en la sinagoga, tomó el libro...
y encontró el pasaje donde está escrito:
El Espíritu del Señor esta sobre mi;
[Unción] a. por eso me ha ungido
1. para evangelizar a los pobres;
[Envío] b. por eso me ha enviado
2. para ofrecer la libertad a los presos,
3. y la vista a los ciegos;
4. para enviar en libertad a los oprimidos
5. y proclamar el año de gracia del Señor.
[Conclusión] Jesús enrolló el volumen... y dijo:
Hoy... se ha cumplido esta Escritura
(Le 4, 16‒ 21; cf. Is 58, 6; 61, 1‒ 2).


Jesús se presenta así como enviado mesiánico, para realizar la tarea liberadora de Dios. Así culmina y se redime la historia precedente. El mundo se había vuelto cárcel; los humanos se habían dividido en opresores y oprimidos. Pues bien, Jesús viene, con el Espíritu de Dios para liberarles:

‒ El Espíritu del Señor está sobre mi (Lc 4, 18 a). No es enviado de Satán, espíritu impuro (como juzgaban los escribas de Mc 3, 22 par.), sino por el Espíritu Santo (cf. Mt 12, 28: "si expulso a los demonios con el Espíritu de Dios, es que el reino de Dios ha llegado a vosotros"). .
‒ Por eso me ha ungido..., por eso me ha enviado (Lc 4, 18‒ 19). El Espíritu suscita y consagra a Jesús, para que proclame y realice su acción liberadora: a. Dios le ha ungido para evangelizar a los pobres; b. Le ha enviado para proclamar la libertad, cumpliendo las promesas de la Biblia israelita.


Esta liberación que ofrece Jesús no es materialista ni espiritualista, sino integral y universal, libertad de la persona (de todas las personas), por encima de la división de judíos y gentiles. El judaísmo decía (y sigue diciendo) que la libertad completa es imposible en este mundo, porque no ha llegado todavía "la hora", el hoy mesiánico de Dios: estamos en un tiempo de esperanza y resistencia, dominados todavía por fuerzas opresoras; sólo cuando llegue el Mesías cesarán las opresiones. Jesús, en cambio, afirma que el tiempo de la libertad y plenitud ya ha llegado (cf. 4, 21), retomando los motivos centrales del jubileo israelita:

‒ Me ha "ungido" para anunciar la buena noticia a los pobres, es decir, para ofrecerles y compartir con ellos el evangelio de Dios. Esta es la afirmación general, el punto de partida del mensaje de Jesús y del compromiso “jubilar”, es decir, liberador, de la iglesia
‒ Me ha "enviado" para proclamar la libertad a los prisioneros (=cautivos, presos), es decir, a los primeros pobres de la tierra, aquellos que han caído bajos el poderío de los fuertes. Prisioneros de una violencia universal son los humanos y de un modo especial los últimos del mundo, los vencidos y esclavos, expulsados y encadenados de la historia.
‒ (Me ha "enviado") para proclamar (=ofrecer) la vista a los ciegos.... Ciegos son, sin duda, los pobres y presos, aquellos a quienes la misma historia (la violencia del sistema) ha reprimido, encerrándoles en su impotencia ciega. Jesús ofrece a los ciegos del mundo un más alto nivel de conocimiento, haciéndoles capaces de expresarse como humanos.
‒ (Me ha" enviado") para enviar en libertad a los oprimidos. Lo que antes era anuncio (proclamar la libertad a los encarcelados) aparece ahora como gesto realizado: Jesús ha venido para "ofrecer libertad".
‒ (Me ha enviado) para proclamar el año de gracia (=aceptable) del Señor. Así culmina la unción de Jesús y los momentos anteriores de su acción mesiánica.
Volver arriba