Poder político y autoridad cristiana (En torno a Ramoneda)

1. La nueva cruzada.
Ramoneda supone que ha empezado a darse, en la Francia de Nicolas Sarkozy y en la España del PP y de los Obispos una nueva cruzada, que tiende al dominio de la religión sobre la democracia social. Es evidente que hay indicios. Es evidente que la actuación de algunos obispos de España puede entenderse como intento de ejercer un “protectorado religioso” sobra la sociedad laica. En esa línea, en la línea de Ramoneda, somos muchos los cristianos y católicos que no son sentimos representados del todo por ciertas afirmaciones de la cúpula episcopal, no porque los obispos no puedan decir una palabra sobre la realidad social (¡tienen pleno derecho de hacerlo!), sino porque nos parece que los tonos y ámbitos de su intervención podrían (y deberían) ser distintos, desde la misma raíz del cristianismo o de la religión que representan.
Ciertamente, se puede discutir, desde el cristianismo, el tenor de algunas afirmaciones de los obispos, pero la respuesta de algunos políticos (que critican a los obispos) me parece desmesura. Da la impresión de que algunos (de un lado y de otros) no saben encajar el pluralismo y la crítica. Esa es mala señal. Ser buenos políticos no implica querer tener la verdad sobre todo. Hay en la plaza de la vida humana otras cosas que política de Estado (y otras cosas que religión establecida).
2. El juicio de Ramoneda sobre la situación religiosa
Opinión de Ramoneda.
¿Se puede hablar de un retorno de la religión en las sociedades secularizadas del Primer Mundo? ¿Estamos ante un fenómeno pasajero o ante un cambio de fondo, como si la cruzada del presidente Bush encontrara eco en Europa? Probablemente, estamos ante uno de los epifenómenos del proceso de globalización. Al hacerse el mundo mucho más pequeño, porque las ideas, las mercancías, los dineros y, en parte, las personas se desplazan con mucha más facilidad de un lado a otro, la competencia en el mercado de las almas se ha hecho extremadamente dura. En el pasado, las principales religiones gozaban de un régimen de monopolio en sus territorios propios. Ahora, cada vez será más difícil defender la exclusiva sobre una nación o sobre un espacio supranacional. La Iglesia católica se ve desafiada en su propia casa por religiones protestantes cada vez más fuertes en recursos y capacidad expansiva y por diferentes familias del Islam, que ha vuelto a las tierras de las que fue expulsado. Pero también por las sectas, por las religiones a la carta, por las iglesias fast-food, por los productos de espiritualidad manufacturados con sello de oriente, e incluso por la literatura de autoayuda que ofrece alpiste emocional a una ciudadanía en pérdida de referencias. El mercado se ha hecho muy competitivo y hay que defender la parroquia sin demasiados miramientos. La debilitación de las ideologías clásicas, el triunfo del poder económico como fuente de normatividad social y referencia de comportamiento, y la sensación de inseguridad y riesgo que sienten muchos ciudadanos que ven que el suelo se mueve y los referentes adquiridos se desdibujan, es un cultivo muy abonado para que la religiosidad vuelva a asomar la cabeza en sociedades que parecían destinadas a la laicidad para siempre.
Personalmente,
pienso que ese juicio es quizo algo general y apresurado. Tiene parte de verdad, pero el fenómeno religioso es mucho más profundo y el “encuentro de las religiones” no es puro fast-food o comida a la carta. Una cosa es la simple mezcla fácil de ciertas experiencias y otra muy distinta un diálogo de religiones, desde su diferencia y radicalidad. Como tales, las religiones no son producto del miedo, ni una lucha de competencias y mercados en “aguas revueltas”, sino experiencia de libertad y de gratuidad, algo que sólo ellas pueden ofrecer a quien tenga oídos para escuchar su palabra. De todas formas, en un nivel, el diagnótico de Ramoneda resulta certero.
El juicio de Ramoneda sobre la situación española
Dice Ramoneda:
España salió a finales de los setenta de un régimen que tenía en el nacional-catolicismo su principal fuerza ideológica. Franco había confiado a los obispos la tarea de adoctrinamiento ciudadano. Desde los sesenta, la hegemonía ideológica se fue agrietando. Durante la transición la Iglesia sufriría la penalización por su alianza con el régimen franquista. Y ya no se recuperaría. La ley del divorcio fue la primera gran batalla perdida por la jerarquía eclesiástica. Desde entonces han ido encadenando derrotas hasta llegar al matrimonio homosexual y a la asignatura de la Educación para la Ciudadanía.
Personalmente,
pienso que esa opinión también un poco apresurada. Nada de lo que dice Ramoneda afecta al cristianismo en cuanto tal, a la experiencia de gratuidad de Jesús, a la tarea de comunicación personal de los creyentes… Centrar el cristianismo en esos temas de las leyes del divorcio, del matrimonio homosexual o de la educación por la ciudadanía resulta simplista... Lo que pasa (para defensa de Ramoneda) es que algunos obispos parecen haber centrado el cristianismo en esos temas…Muchos cristianos pensamos ciertos obispos han dado pie a esa equivocación y a esa "mentira" (ocultación de la verdad radical), como si el evangelio se centrara en esos temas, mirados, además, desde una clave de poder.
El tema de los dineros
Dice Ramoneda:
Pero han conservado los dineros. Hoy España es una sociedad plenamente secularizada en que la Iglesia pierde autoridad e influencia, a pesar de su alianza con el PP. Y, sin embargo, el Estado, oficialmente aconfesional, sigue protegiendo a la Iglesia católica, incapaz de financiarse por sí misma, tratándola con privilegios económicos y legales. España no ha alcanzado todavía la fase del Estado laico, por el temor de Dios -y de los electores católicos- que sufren los gobernantes ante una Iglesia que ha tenido funciones estructurantes en la sociedad española y quiere seguir teniéndolas, a pesar de que la secularización se ha impuesto a gran velocidad, sin que pudiera hacer nada para evitarlo. El ataque al laicismo por parte de la alianza entre la derecha y la Iglesia ha llegado antes de que el Estado laico exista.
Personalmente,
creo que aquí Ramoneda tiene mucha razón. La iglesia debería, en cuanto Iglesia, renunciar a todos los dineros que vienen de la mano del Estado. Debía hacerlo ya, ahora mismo, sin esperar mañana. Ciertamente, las instituciones sociales de la iglesia pueden y debe pedir dineros como otras instituciones, para labores sociales de educación, sanidad o conservación del patrimonio cultural y artístico…, pero no como Iglesia, sino como grupos de creyentes.
Finalmente los tres temas discutidos
Ramoneda termina su ensayo con tres afirmaciones y una conclusión:
1.Las religiones son inefables -se sitúan fuera de toda posibilidad crítica-.
2.Las religiones pretenden tener la exclusiva de la verdad e imponérsela a todos los hombres. "¿Qué puedo hacer para que otros se salven y para que surja también para ellos la estrella de la esperanza?", es una pregunta imperativa que el Papa Ratzinger hace en la encíclica Spe Salvi.
3.Las religiones entienden que la legitimidad del poder emana de Dios y no de los hombres.
Estas tres características las hacen incompatibles con las bases del sistema democrático. Por eso deben mantenerse al margen de las decisiones políticas. La coartada religiosa no es argumento para saltarse las leyes democráticas. Y, sin embargo, el Estado democrático tiene la libertad de expresión y de creencia como principio fundamental. Por eso, no debe intervenir sobre las ideas religiosas. Esta clara división de papeles es la que quiere confundir en Europa una nueva santa alianza de la derecha y el altar.
Una respuesta final a Ramoneda
Resumiendo: Quiero felicitar a Josep Ramoneda por su trabajo,que en gran parte suscribo. Pero me permito algunas matizaciones, pues una rápida rápida de su ensayo nos podría la impresión de que "en esta España de Dios", tendríamos por fin un “estado santo y civilizado”, mientras que la iglesia sería “invasora, dictatorial y cavernícola…”. Ya, ya sé que Ramoneda no piensa así, conozco sus análisis políticos certeros, sobre tantas y tantas cosas. Pero pienso que algunas de las cosas que aquí diece deberían matizarse, como él mismo lo haría, estoy seguro.
Ante eso me permito cinco matizaciones:
1. Me gustaría tener menos seguridades ante el Estado… Tampoco el Estado es Santo, tampoco es democracia pura, tampoco es transparencia, tampoco es verdad… Acepto el Estado, pero críticamente. Acepto los partidos políticos que gestionan la “cosa pública”. Tienen valores; quiero que existan y presenten alternativas de Gobierno… Pero me temo que son partidistas y a veces un poco ciegos... De todas formas, decir que un partido es mejor que otro como parecen hacer los obispos me parece aventuradísimo… Pienso que en este momento concreto, en esta circunstancia política, donde los temas de fondo son muy complejos, ellos no tienen derecho de decir (ni implícitamente) que un partido como mejor que el otro, desde su instancia religiosa (eclesial); particularmente pueden pensar y obrar como quieran; como representantes de la Iglesia deberían tener mucho más cuidado.
2.Las tres proposiciones sobre las religiones (son inefables, son exclusivistas y tienen un poder que dimana de Dios)... no pueden sitarse en un plano “racional” de política de Estado. Colocar sobre un mismo nivel Estado y Religión (como si fueran realidades que pudieran homologarse) es peligroso, puede llevarnoa a confundir lo propio del Estado y lo propio de las religiones... Ya sé que el mayor riesgo de confusión de planos los corren los obispos, pero no sé si Ramoneda ha superado del todo ese riesgo (a pesar de lo que dice al final de su ensayo). El poder de las religiones no se sitúa en el plano del Estado, ni la verdad de las religiones es la verdad del Estado… Ciertamente, creo que Ramoneda quiere distinguir los planos, pero no estoy seguro de que lo logre (o yo no le he entendido bien). De todas formas, el problema es más de algunos obispos, que han corrido el riesgo de meterse en la trama del Estado con una pretendida palabra superior.
3. El Estado no puede llenar todo el espacio público y si lo hiciera se volvería dictatorial. El Estado ocupa (debe ocupar) una franja de realidad, pero una franja limitada… Un Estado que no acepta otras palabras que las suyas se vuelve peligroso… Y aquí (en este país) estamos corriendo el peligro de que algunos quieran un Estado que pueda decirlo todo. Ciertamente, el Estado tiene que resolver sus problemas y servir a los ciudadanos, sin miedo, sin dejarse dominar por voces exteriores... pero escuchando la palabra de todos los ciudadanos, que son más que puro Estado.
4.La Iglesia (la religión) debe renunciar a toda imposición en el Estado, . Ciertamente, los obispos pueden apelar a una verdad "inefable y divina", pero no "sobre el Estado", para decirle lo que tiene que hacer, sino en un plano de humanidad, sin emplear medios de fuerza. Antes he dicho que el Estado no puede hacerse absoluto... Pero, por favor, que tampoco la Iglesia se haga absoluta e intente imponer su verdad, diciendo a los políticos lo que tienen que hacer. Por favor, que los obispos no quieran dictar su política sobre el Estado, que no marquen y subrayen desde su “arriba” lo que debemos pensar todos, que dejen que el Estado sea Estado, sin miedos ni complejos, totalmente laico (en su plano)… Sólo así, saliendo del ámbito del poder del Estado en cuanto tal (sin recibir dineros del o por el Estado, sin utilizar cauces de influjo y política del Estado), los obispos podrán decir una palabra significativa, no para el Estado en cuanto tal, sino para los ciudadanos, que son más que Estado.
5. Si no hubiera religiones… habría que inventarlas… Dejar al Estado como dueño absoluto de la plaza de la vida acaba siendo empobrecedor (como sabe todo buen Estado). Tiene que haber voces críticas y utópicas, desde más allá del Estado. Esas voces, independientes, creadoras están en la línea de las religiones y de otras experiencias humanas... en en plano de las tradiciones culturales y sociales, de la Ilustración y de las grandes revoluciones sociales (pues la Iglesia y las religiones no tienen el monopolio de lo humano). En esa línea, deseo que la Iglesia tenga mucha autoridad, mucha palabra, pero no la única, ni para dominar sobre la política, sino para trazar líneas de utopía y gratuidad, de humanidad y de esperanza en la gran plaza de la vida humana (que no es sólo la plaza del Estado).