¿Primera menstruación? Hacerse mujer, elegir la vida (Jesús)

He venido tratando de la menstruación y sus vinculaciones con la personalidad femenina y la religión. Por eso he comentado el relato de la hemorroisa: la mujer con menstruación irregular y Jesús. En ese contexto ha introducido Marcos a la hija del Archisinagogo (ministro religioso israelita), que parece morir (¡quiere morir!) cuando "sufre" su primera menstruación, hasta que llega Jesús y le da la mano, para levantarla de la cama. El problema no es la niña sino el padre y su entorno social, que deben cambiar, para que ella viva. La religión consiste en dar la mano a esa niña: que no tema, se levante de la cama y coma.

El evangelio vincula así la historia de dos mujeres: Una es joven, hija del Archisinagogo, y parece que no tiene más remedio que morir, habiendo cumplido doce años (al hacerse mayor); la otra es ya madura, lleva doce años de mal flujo de sangre. Ambas están vinculadas por una misma enfermedad: son signo de impotencia del pueblo israelita. Jesus las cura, pero no para volver al mundo antiguo sino para iniciar a su lado un camino de humanización evangélica (de iglesia) donde merece la pena crecer, ser mujer, realizarse en familia.


El texto, un emparedado


El relato está estructurado en forma de “emparedado”: (a) empieza con la hija del Archisinagogo (Mc 5, 22-24a) que viene donde Jesús, para pedirle que cure a su hija. (b) sigue con la hemorroísa (Mc 5, 24b-34) que viene por sí misma y quiere tocar a Jesús para vivir como mujer, persona. (a’) Vuelve a la hija del Archisinagogo (Mc5, 35-43).
Los dos textos se unen y, leídos así, forman la carta magna de la libertad de la mujer cristiana. Se trata, evidentemente, de una libertad que empieza por el cuerpo, pero que es libertad para la vida total, para ser ellas mismas, en relación con otros hombres y mujeres, dentro de la iglesia. En el lugar donde la Misná pone el código Nashim (De las Mujeres), centrado en rituales que consagran el sometimiento femenino, ha colocado Mc esta escena que avala para siempre la libertad de la mujer creyente. Aquí vemos su unidad el texto de la niña que se muere, la hija del buen Archisinagogo:


21 Y cruzando al otro lado, mucha gente se aglomeró junto a él a la orilla del mar.22 Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo. Al ver a Jesús, se echó a sus pies 23 y le suplicaba con insistencia, diciendo:
#Mi hijita está agonizando; ven a imponer las manos sobre ella para que se cure y viva.
24 Y fue con él....


(Queda en medio el texto de la hemorroisa (de 5, 24b a 5 34), curada de su menstruación irregular y del rechazo social que ella sufría, curada para dar testimonio de su vida ante todos los que parecían rechazarla)


35 Todavía estaba hablando cuando llegaron unos de casa del Archisinagogo diciendo:
#Tu hija ha muerto; no sigas molestando al Maestro.
36 Pero Jesús, que oyó la noticia, dijo al Archisinagogo:
#No temas; basta con que tengas fe.
37 Y sólo permitió que lo acompañaran Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago.
38 Llegaron a casa del Archisinagogo y, al ver el alboroto, unos que lloraban y otros que daban grandes alaridos, 39 entró y les dijo:
¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida.
40 Pero ellos se burlaban de él. Entonces Jesús echó fuera a todos, tomó consigo al padre de la niña, a la madre y a los que lo acompañaban, y entró adonde estaba la niña. 41 La tomó de la mano y le dijo:
¡Talitha koum¡ (que significa: ¡Niña, a ti te hablo, levántate¡).
42 La jovencita se levantó al instante y echó a andar, pues tenía doce años. Ellos se quedaron atónitos. 43 Y él les insistió mucho en que nadie supiera esto y les dijo que le dieran de comer.


Las dos mujeres (hemorroisa y niña que cumple doce años) están vinculadas por un mismo miedo a la vida y por un mismo deseo de superar ese mido. La hemorroisa vivía encerrada en su flujo constante e "impuro" de sangre menstrual, que duraba doce años (5, 25). Doce años de vida infantil ha recorrido la hija del Archisinagogo (5, 42): había estado segura, se hallaba resguardada en el espacio de máxima pureza de Israel (casa de un jefe de sinagoga) y sin embargo, al descubrirse mujer, con el primer flujo de sangre que enciende su cuerpo, ella decide por dentro apagarse; no tiene sentido madurar en estas circunstancias.
Son muchas las mujeres que han sufrido y sufren al llegar a esa edad: pueden sentir el temor de su propia condición, su cuerpo deseoso de amor y maternidad, amenazado por la ley de unos varones (padres, hermanos, posibles esposos) que especulan sobre ellas, convirtiéndolas en rica y frágil mercancía; se saben objeto del deseo de unos hombres que no las respetan, ni escuchan, ni hablan.

La niña del miedo

Parece que esta niña no se atreve a recorrer la travesía de su feminidad amenazada: es víctima de su propia condición de mujer en un mundo de varones y se siente condenada a muerte por las leyes sacrales de su sociedad. Hasta ahora había sido féliz, niña en la casa, hija de padres piadosos (sinagogos), resguardada en el mejor ambiente. De pronto, al hacerse mujer, se descubre moneda de cambio, objeto de deseos, miedos, amenazas, represiones. Le bastan doce años de vida para sufrir en su cuerpo adolescente, que debía hallarse resguardado de todos los terrores, un terror que sienten de forma especial cierta mujeres marginadas: hemorroísas, leprosas... Por su misma condición de niña hecha mujer empieza a vivir en condición de muerte.
Sabemos que la sinagoga era lugar donde se escondía el poseso (1, 21-28), espacio donde el sábado valía más que la salud del hombre de la mano seca (3, 1-6). Para la sinagoga vive el Archisinagogo, símbolo de la institución sacral judía. Parece tenerlo todo y, sin embargo, no puede educar a su hija, acompañándola en la travesía de su maduración como mujer: mantiene con vida a su comunidad, pero tiene que matar (como nuevo Jefté) a su misma hija para conseguirlo.
La niña debería ser feliz, deseando madurar para casarse con otro Archisinagogo como su padre, repitiendo así la historia de su madre y las mujeres "limpias", envidiadas, de la buena comunión judía. Pero a los doce años, edad de sus sueños, renuncia. No acepta este tipo de vida: carece de medios para iniciar un camino diferente; no le queda más salida que la muerte, en gesto callado de autodestrucción que, por la palabra final de Jesús ((dadle de comer!: 5, 43), parece tener rasgos anoréxicos.
Entramos en el centro de una crisis familiar. No sabemos nada de la madre (que aparece al final, en 5,40), aunque podemos imaginar que sufre con la hija, identificándose con ella. El drama se expresa y culmina desde el padre, capaz de dirigir una sinagoga (ser jefe de una comunidad) pero incapaz de ofrecer compañía, palabra y ayuda, a su hija. Por eso, el verdadero milagro de Jesús es la conversión del padre, que debe transformarse, a través del testimonio de la hemorroisa, a fin de acoger y educar a la hija para la vida y no para la muerta. Que la hija del judaísmo viva, (que el jefe de la sinagoga se abra a la fe, creadora de familia), eso lo que quiere el Jesús de Mc :

La escena. Breve análisis

1. Un Archisinagogo busca a Jesús para pedirle que cure a su hija, thygatrion (5, 22-24b)). Sólo al final (5, 42) se dirá que tiene doce años, edad de maduración como mujer casadera, años de enfermedad (menstruación irregular de la hemorroisa: 5, 25). Las dos están unidas por un mismo dolor, vinculado a su condición femenina, en el contexto social israelita. Esta debía ser (hacerse ya) mayor y sin embargo el texto la presenta por dos veces como niña, en palabra significativa (paidion, korasion: 5, 40-41) que acentúa eso que pudiéramos llamar su rasgo infantil, presexuado. Es como si negara su maduración de mujer, intentando quedarse en la infancia. Precisamente porque eso es imposible ella se muere. Como testigo de una estructura social y religiosa que no puede ofrecer vida a su hija, el Archisinagogo busca a Jesús pidiendo que le imponga las manos, ofreciéndole algo que él, jefe judío oficial, no puede darle (5, 23).

2. Jesús hace que el padre sinagogo, representante de un judaísmo que parece endemoniado (poseído por un espíritu impuro: cf. 1, 21-28; 3, 1-6), recorra un largo camino de fe (5, 35-36). Está la niña muriendo (eskhatôs ekhei) y sin embargo él se detiene con la hemorroísa (5, 24b-34). Es un retraso mortal, la niña muere. Dicen que no merece la pena que venga, no hay remedio (5, 35). Pero Jesús responde ofreciendo salud allí donde humanamente era imposible y diciéndole al padre: (No temas, sólo cree! (5, 36). En el caso anterior era la misma mujer quien creía (así le dice Jesús: (Tu fe te ha salvado!: 5, 34). Ahora es el padre quien tiene que creer, realizando el milagro. Jesús tiende de esa forma un nexo muy profundo entre dos personas que parecen hallarse en los extremos del tejido social israelita: la hemorroisa impura y el puro Archisinagogo. A los dos se pide lo mismo: (que tengan fe!.

3. Jesús entra en la habitación de la niña con su padre y su madre (5, 37-40). Llegan a casa. Ambos, padre y madre, unidos e iguales, pueden dar a la niña testimonio y garantía de futuro. Se ha convertido el padre, ha aceptado el gesto de la hemorroisa, está dispuesto a creer. Este es el milagro: que su niña se vuelva mujer, en estas circunstancias, que asuma con gozo la vida. En busca de Jesús había salido un padre antiguo e impotente, vinculado a la vieja estructura sacral israelita. Ahora viene con Jesús como hombre nuevo, pues ha aceptado el gesto y curación (limpieza) de la hemorroisa.

4. Jesús toma consigo a tres discípulos (Pedro, Santiago y Juan: 5, 37). No van como curiosos, ni están allí de adorno. Son miembros de la comunidad o familia cristiana que ofrece espacio de esperanza y garantía de solidaridad a la niña hecha mujer. Significativamente son varones, pero ahora penetran como humanos (respetuosos, deseosos de vida, no dominadores) en el cuarto de una enferma que probablemente ha muerto, está muriéndose, por miedo a los hombres. Su presencia convierte este pasaje en sacramento eclesial: superando la sinagoga judía (donde la niña parece condenada a morir) emerge aquí, con el Archisinagogo y su esposa, una verdadera iglesia humana donde la niña puede hacerse mujer en gozo y compañía. Esta iglesia se distingue de todas las sinagogas antiguas y modernas que ponen sus estructuras y dogmas por encima de la libertad de la mujer. Estamos ante un sacramento de la maduración personal de la mujer. Antes de pedir que sea judía o cristiana, en clave confesional, la iglesia ha de ofrecerla gozo de vivir en una comunidad donde nadie imponga su forma de ser sobre los otros. Este es un texto de iglesia, texto de familia: padres y discípulos penetran juntos en el cuarto de la enferma, ofreciéndole confianza de futuro.

5. Sólo entonces (con el padre convertido, la madre presente y los discípulos formando comunión) puede realizar Jesús su gesto: agarra con fuerza a la enferma (kratêsas) y dice (talitha koum!, niña levántate (5,41). No basta un toque suave que limpia (como al leproso: 1, 41); hace falta una mano que agarre con fuerza y eleve (como a la suegra de Simón: 1, 31), rescatando a la niña del lecho en que había querido quedarse por siempre y diciendo: (Egeire! (levántate! Frente al llanto funerario que celebra la muerte (5, 38-40) se eleva aquí Jesús como dador de vida y promesa de pascua: al misterio de la resurrección de Jesús, proclamada en Galilea, pertenece esta niña devuelta al camino de la vida.

6. Jesús pide que den alimento a la niña (5, 43), como insinuando que sufría de anorexia. Están en el cuarto los siete (los padres, tres discípulos, Jesús y la niña). Ella empieza a caminar. Jesús no tiene que decirla nada: no le da consejos, no le acusa o recrimina. Es claro que que las cosas (las personas) tienen que cambiar a fin de que ella viva, animada a recorrer un camino de feminidad fecunda, volviéndose cuerpo que confía en los demás y ama la vida. Tienen que cambiar los otros; por eso dice a todos (autois que incluye a padre y discípulos) que alimenten a la niña, que le inicien de forma diferente en la experiencia de la vida.

Milagro de mujer, milagro de vida

Este es un milagro de iglesia y familia. Jesús acepta a los padres judíos, pero sabe que en ellos hay algo insuficiente: no pueden ofrecer vida a su hija. Por eso introduce a los representantes de la comunidad mesiánica en la casa de la niña muerta, para ofrecer el testimonio supremo de la vida. Evidentemente, él sólo la podrá curar si el padre cambia, si viene a su lado la madre, para ofrecerle nuevo nacimiento (5, 40), si se comprometen otros miembros de la comunidad eclesial, ofreciendo a la niña espacio de libertad y amor humano.

La hemorroisa estaba enferma según códigos sociales y sacrales del entorno judío.Jesús le cure y dice que vaya en paz y quede libre de su dolencia (5, 34), pero a fin de que ella sane y pueda vivir han de sanar (cambiar de mente y vida) todos los Archisinagogos de la tierra.
La niña de doce años sufre también la enfermedad de falsa pureza del ambiente socialpero la hemorroisa era mayor, esta niña, en cambio, depende de su padre; para que ella viva tiene que cambiar el sinagogo, ofreciendo dignidad (espacio de vida y futuro) a las hemorroísas.
El Archisinagogo es con Jesús el personaje central de la escena. Sólo admitiendo a la hemorroisa puede dar vida a su hija. Para eso tiene que entrar en el cuarto interior de su casa con los tres discípulos de Jesús. Sólo allí donde el buen judío acepta la pureza de la impura (hemorroisa) y la comunidad de los discípulos del Cristo puede hacerse padre de una niña, puede darle vida.

En este contexto se sitúa el gran problema de la modernidad. Lograr que niñas se vuelvan mujer con gozo, conforme al título famoso de una película. Cómo ser mujer y no morir en el intento. Había antaño otros problemas, Hoy sigue el problema, para hombres y mujeres.
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