Resurrección: Misterio y Tarea, experiencia de Iglesia

Quiero hoy terminar (¡por ahora!) esta serie, que habrá parecido quizá larga a muchos lectores, con un post sobre el sentido último de la resurrección, como realidad de Dios y plenitud humana, y, sobre todo, como experiencia de Iglesia.
-- El hombre cristiano es un "resucitado", alguien que supera de antemano, con su vida y entrega a los demás, el poder de la muerte, en esperanza.
-- El Dios cristiano es aquel que resucita a los muertos, compartiendo la muerte de los hombres, e introduciendo en ella el "poder" de su, en entrega amoroso, como ha mostrado en Cristo.
-- Cristo se define como como resurrección y vida, la misma vida de Dios revelada, expresada en forma humana,superando asíla muerte (desde dentro de ella, muriendo) en compromiso de amor (de justicia) por los otros...
-- La Iglesia es, en fin (ha de ser) experiencia y signo de resurrección, . Si alguien ve la Iglesia y no ve resurrección es que mira mal (no sabe ver)... o es que la Iglesia ha dejado de ser lo que era (lo que debía ser)
Así lo quiero destacar en este último post dedicado al tema. Gracias a todos los lectores que me han seguido a lo largo del último mes.
La resurrección no es "una cosa más" junto a las otras, es la "cosa de Dios", la experiencia y vida de Cristo en la historia de los hombres, en forma de comunidad de creyentes.
Con esto acaba, por ahora, mi serie pascual. Buen día a todos.
1. Principio. Cuatro bases para entender la resurrección
La resurrección conforma la figura de Jesús y la vida de sus seguidores, definiendo su manera de entender a Dios y de interpretar la historia. Sólo en este fondo se puede hablar de cristianos, es decir, creyentes mesiánicos: personas que creen que Jesús ha resucitado y vive en ellos, haciéndoles capaces de recorrer su camino pascual:
1. La pascua es el acontecimiento escatológico, fin y plenitud del tiempo. Esperaban muchos judíos y cristianos primitivos la irrupción apocalíptica de Dios, en un nivel externo y material, a través de signos cósmicos (caída de astros, fuego destructor, resurrección externa de los muertos...). Nada de eso ha sucedido y, sin embargo, ha culminado el tiempo, se ha cumplido la esperanza: se ha revelado al fin y se ha expresado dentro de la misma historia el sentido más hondo de la realidad, la verdad de lo divino. En un nivel material (de ciencia física, química o biológica) todo sigue como estaba, de forma que a ese plano carece de sentido probar la resurrección (cosa que sería contraria al evangelio).
Podemos y debemos hablar del signo de la tumba vacía, pero tan pronto como quisiéramos probar físicamente que Jesús ha resucitado, buscando un tipo de mutación verificable (o desaparición material) de su cadáver, iríamos en contra de la fe cristiana: la resurrección es el acontecimiento escatológico, no un hecho físico o histórico en sentido antiguo.
2. Es acontecimiento cristiano o mesiánico, pues pertenece a la figura y camino de Jesús. Expresa su verdad más honda, responde a lo que ha sido su entrega y comunión de gracia con los pobres y excluidos, en un plano que supera las leyes del sistema. En ese sentido decimos que la resurrección ratifica lo que ha sido (y es) la vida de Jesús, de manera que en ella culmina su camino mesiánico: Buda no tiene que haber resucitado para que su iluminación tenga sentido, ni Moisés, Krisna o Mahoma, para que sea verdadero su proyecto o mensaje religioso. Por el contrario, si Jesús no está resucitado, su mensaje ha sido mentira y vana la fe de sus seguidores (cf. 1 Cor 15, 17).
Por eso, en un nivel, la resurrección puede y debe presentarse como novedad respecto a todos los aspectos anteriores de la vida de Jesús; pero, en otro, ella aparece como la verdad más honda de esa misma vida, que ha venido a expresarse y culminar en su plenitud, como regalo de Dios y comunicación gratuita. El resucitado es el mismo Jesús crucificado que, precisamente por haber dado su vida y por haber a favor de los demás, renace en dimensión de gratuidad, desde la matriz de la muerte, como aquel que ha sido y es en sí mismo al haber sido y ser para los otros.
3. Es un acontecimiento teológico, propio de Dios, que no es ya puro nirvana o trascendencia, totalidad abarcadora o ley del cosmos, sino vida que se regala y comparte de un modo personal, de tal manera que cada persona sólo existe y alcanza su verdad, descubriendo su propio ser al darse y ser en otra. La dogmática cristiana posterior ha formulado este misterio en clave trinitaria, al afirmar que el Padre se da al Hijo y el Hijo al Padre en el Espíritu y cada uno existe sólo al entregarse y morir, siendo en el otro. Pero aquí podemos prescindir en lo posible de esa clave, quedándonos sólo en una perspectiva mesiánica. Por eso decimos que el Dios de Jesús es cristiano: revela y despliega su verdad de un modo pascual. Por eso, la resurrección de Jesús (y de aquellos que le acogen y siguen) no es algo que Dios simplemente “hace” (y que podría no haber hecho), sino que se identifica con el mismo ser de Dios, que así aparece como verdad escatológica, palabra final y sentido de todo lo que existe, de manera que podemos afirmar que Dios mismo es resurrección.
4. Es mutación final para la historia. Siendo verdad original de Dios y cumplimiento mesiánico de Jesús, la resurrección de Jesús viene a mostrarse en la experiencia de la iglesia como principio y sentido de una nueva historia humana, que se abre en formas de gratuidad y comunicación sobre las mutaciones biológicas (regidas por azar y necesidad) y las leyes del sistema (en las que domina la racionalidad judicial del talión, que expulsa y oprime o destruye a los más débiles). Este es el acontecimiento escatológico, que se visibiliza como iglesia, en una comunidad de personas que superan la violencia, pues cada una existe dando a las otras y recibiendo de ellas lo que es y tiene. De esa forma se despliegan y existen los humanos en la historia, siendo, al mismo tiempo, en Dios, es decir, en un nivel de vida eterna en el que permanecen para siempre .
Estos cuatro puntos, que han estado en la raíz de nuestras reflexiones anteriores, nos seguirán guiando en la parte final de este capítulo (sobre la resurrección) y en el capítulo siguiente (sobre encarnación y nacimiento). Aquí los condensamos en dos: uno sobre el Dios que resucita a Jesús; otro sobre Jesús resucitado. Ellos definen la existencia humana, de tal forma que nos permiten entender al hombre como viviente que resucita, esto es, que recibe la vida por gracia y por gracia la puede regalar a los demás para que sean, resucitando en ellos y con ellos, desde Dios.
2. Dios resucita a Jesús. Todo es gracia.
Los poderes del sistema religioso y político le han sacrificado, para mantenerse a sí mismos, pero Dios ha rechazado y superado el sacrificio del sistema, resucitando a Jesús, no para vengarse o darle simplemente vida tras la muerte, sino para acompañarle y acogerle por la muerte. Frente al asesinato del poder establecido, que maldice y expulsa a Jesús, para mantenerse y triunfar a través de su propia violencia, se desvela el engendramiento de amor, propio del Dios que acompaña y recibe a Jesús, culminando por él el despliegue supremo de su Vida.
Por eso, su resurrección no es un hecho privado, entre Jesús y Dios, sino expresión y despliegue del mismo ser de Dios que se revela y existe en aquellos que acogen a Jesús, asumiendo su mutación pascual. Así avanza el evangelio sobre el judaísmo previo, ofreciéndonos su nueva imagen o figura de Dios:
– Dios de Abraham, Dios judío, es, según Pablo, aquel que resucita a los muertos y da vida (hace ser) a quienes antes no eran, no vivían (Rom 4, 17). Significativamente, Pablo empieza presentado a Dios como portador de esperanza apocalíptica (resucita a los muertos) y desde ese fondo añade que es creador (da vida a quienes no vivían). Sólo la esperanza final nos capacita para entender y cultivar nuestra experiencia actual, de tal forma que podemos afirmar que somos y vivimos en cuanto esperamos.
– El Dios cristiano avanza en la línea anterior y se expresa de un modo pascual, de manera que podemos afirmar que es aquel que ha resucitado ya a Jesús de entre los muertos (Rom 4, 23). Siguen hallándose en el fondo los dos elementos anteriores (Dios resucitará; Dios ha creado), pero en el centro de su revelación viene a colocarse ahora la pascua de Jesús ya realizada: no creemos simplemente en Dios porque esperamos su venida, sino porque le hemos visto y encontrado por Jesús como el Viviente.
La resurrección de Jesús no es algo que esperamos sólo para el fin del tiempo, como reacción o revancha de Dios a la acción precedente de los hombres, sino que expresa (es) la verdad original de Dios, que ha querido y podido revelarse ya del todo, por Jesús, a quien llamamos Hijo, Mesías de los hombres, Señor y sentido de todo lo que existe. Por eso, los creyentes no podemos buscar al Dios de Cristo en una tumba, ni traerle a la memoria levantando un monumento a su grandeza. Al contrario, descubrimos la abundancia de Dios en la vida y mensaje de Jesús, abierto a todos los humanos, y lo expresamos al dar y compartir nuestra existencia, superando así un modelo de historia violenta, de envidia y oposición (como el de aquellos que le mataron).
3. El Dios que resucita
Jesús resucitado es experiencia de vida regalada y compartida. Sólo somos de verdad haciendo que otros sean, dándonos la vida y siendo unos en otros, como Jesús que al darla y entregarla plenamente hasta morir se hace presente y vive de manera más honda en aquellos que le acogen (mujeres, discípulos de Galilea, parientes de Jerusalén, helenistas misioneros.) De esa forma, viene a mostrarse como Aquel que Vive, siendo, al mismo tiempo, en Dios (de quien proviene) y en los creyentes (a quienes salva o plenifica).
En este fondo podemos afirmar que Dios se manifiesta como aquel que es (Yahvé, Dios en sí mismo), siendo, al mismo tiempo, aquel que actúa (Padre del Señor Jesús y en él de todos los humanos). Esta es la eternidad pascual de Dios que vive desde siempre y para siempre resucitando a Jesús, sosteniendo y acogiendo a quienes dan (pierden) su vida al darla unos a otros, como futuro, pasado y presente de los hombres:
1. Dios futuro. Es aquel que actuará, como han sabido los judíos cuando afirman que "resucitará a los muertos". La vida actual es corta, el tiempo breve: lo que importa es aquello que vendrá, lo que será por siempre. En este aspecto, la experiencia cristiana de la resurrección tiene un momento esencial de esperanza que define a Jesús como el Hijo de Hombre futuro, nueva humanidad de vida (concordia) que se expandirá por gracia, superando de esa forma los poderes de imposición y muerte que habían dominado sobre el mundo. En ese plano, los cristianos siguen esperando la llegada y cumplimiento de los signos finales de la pascua, la plenitud de la historia de Dios que se ha revelado por Cristo.
2. Dios, pasado salvador. Los cristianos confiesan y celebran el acontecimiento que Dios ha realizado ya en Cristo, que ellos entienden como verdadera mutación: Dios no ha venido como esperaban casi todos, destruyendo lo anterior (como fin del mundo), sino introduciendo su Vida de gracia creadora, que triunfa de la muerte, en la misma trama de la historia humana, a través de Jesús, como han querido narrar los evangelios y nosotros hemos intentado mostrar al ocuparnos de los rasgos principales de la figura de Jesús, a quien llamamos el Viviente, porque Dios le ha resucitado ya de entre los muertos. En ese pasado pascual de Jesús nos apoyamos; en él se expresa Dios y nosotros existimos. Jesús constituye, según eso, nuestro verdadero antepasado, no como héroe o filósofo, político o guerrero, sino como aquel a quien Dios ha resucitado de entre los muertos, introduciendo su mutación de vida en el proceso anterior de la historia, que no es ya tiempo de muerte, sino de esperanza creadora y Reino.
3. Dios presente, resurrección en la historia. La pascua ratifica y confirma la presencia de Dios en la vida de aquellos que se encuentran vinculados a Jesús, es decir, en todos los hombres y mujeres que se abren al futuro y triunfan (culminan su existencia) en la medida en que la pierden y se entregan, poniéndola al servicio de los otros. Nadie existe en sí mismo, aislándose de los demás, nadie puede pervivir buscando el triunfo propio y sacrificando para ellos a otros. Sólo podemos ser y pervivir (resucitar) en la medida en que nos damos (acogemos, regalamos) mutuamente la existencia. De esa forma se revela Dios por Cristo, a través de la pascua, como realidad personal concreta y fuente de comunicación, en el presente de la vida humana, siendo ya realidad escatológica.
Futuro, pasado y presente constituyen dimensiones temporales que sólo tienen sentido en la medida en que nos permiten entender y vivir la realidad como don que Dios nos hace y que nosotros nos hacemos, poseyendo la vida en la medida en que la regalamos, de tal forma que nacemos (resucitamos) muriendo. Sólo somos al dejar de ser, entregándonos la vida, de manera que Dios mismo nos hace (nos crea) por gracia allí donde nosotros nos creamos, al darnos la Vida y morir unos por (en) otros. Divinos somos siendo humanos: del proceso pascual de Dios hemos nacido, en él nos criamos y existimos como resucitados de la muerte, en Vida compartida.
4. Jesús resucitado, hombre en plenitud
Siendo poder y presencia de Dios, la pascua es expresión de amor humano: ella nos descubre que la vida entregada por gracia a los demás no la perdemos, sino que la recibimos y recuperamos, no como negocio (doy para que me den, por talión), sino como despliegue paradójico y gozoso de gracia. De este modo se vinculan el nivel humano y el divino: Jesús ha dado su vida al mismo tiempo (y en un mismo movimiento de amor fiel) a Dios y a los hombres, por el Reino y por los pobres. Así podemos añadir que ha resucitado en Dios haciéndose presente en los expulsados de la tierra: le ha recibido Dios en su amor engendrador, le han acogido los hombres, aquellos que han creído en su palabra y en su vida (mujeres, galileos, parientes, helenistas). Esos momentos, divino y humano, de su resurrección son inseparables (como las dos naturalezas del dogma cristológico).
Así culmina el proceso de la creación, como obra de Dios y acción humana. En los estadios anteriores de su despliegue (como materia y vida) el mundo no se conocía a sí mismo, ni podía colaborar con Dios, limitándose a recibir la existencia. En ese nivel podemos afirmar que Dios crea desde la nada. Pero en el nivel de la humanidad Dios lo hace desde la voluntad y opción comunicativa de los hombres, expresando su amor creador en el nacimiento y su amor recreador en la muerte de aquellos que acaban dando su vida a quienes les siguen.
Allí donde los hombres se entregan Vida unos a otros, en proceso de comunión personal, queda superada la muerte, de forma que Dios mismo aparece recreando en amor la vida de los que mueren, superando la muerte o, mejor dicho, convirtiéndola en principio de existencia. Desde este fondo, recuperando en otro nivel lo que hemos dicho en el primer apartado de este capítulo, podemos distinguir y vincular algunos tipos de pervivencia, a partir de una imagen empleada por Pablo en 1 Cor 15:
– Hay una pervivencia pre-individual, propia de la vida total o del conjunto de los seres que no han alcanzado identidad o no se han diferenciado unos de otros. En ese nivel cósmico o de especies vegetales y animales, no existe muerte propiamente dicha, sino cambios cósmico-biológicos. La individualidad no cuenta, sino que es algo pasajero y efímero. Lo que existe es la corriente de la vida que se despliegue, a través de un proceso de generación y corrupción, en el que nada se crea ni destruye, sino sólo se transforma.
– La muerte ha entrado en el mundo a través de la individualidad, con el surgimiento de seres particulares (almas, personas) que empiezan a desarrollar un tipo de existencia propia (capaz de pervivencia) sobre el flujo de la vida. Sólo unos vivientes que se sienten y saben distintos y autónomos, con autoconciencia y deseo de vivir en sí mismos, pueden experimentar la muerte, entendida como ruptura o destrucción y fracaso (que algunas religiones han vinculado con el pecado).
– La resurrección cristiana implica una pervivencia personal, que puede compararse con los procesos vegetales (el grano de trigo que muere da fruto: cf. Jn 12, 24; cf. 1 Cor 15), pero que sólo alcanza su sentido y puede realizarse en un plano personal, en línea de gratuidad y comunicación. En este plano podemos afirmar que resucita aquel que regala lo que tiene (se regala) viviendo de esa forma en otros que acogen su vida (pues la acoge el mismo Dios por ellos), conforme al modelo de entrega y comunión que hemos ido descubriendo en Jesús.
Esto significa que la resurrección constituye una experiencia de comunicación humana en gratuidad y de revelación del Dios que es vida compartida, ser de unos en otros. Una resurrección que se impusiera por fuerza o se entendiera en claves de talión sería contradictoria y opresora, el mayor de los castigos, el infierno. En contra de eso, la resurrección constituye la forma suprema de creación en gratuidad: ella se ofrece, no se impone; se regala, no se exige. Como hemos dicho ya, Dios comienza suscitando vida a través de un proceso biológico de engendramiento en el Espíritu (como evocará el capítulo siguiente). Pero en el momento culminante de su acción, para suscitar en plenitud su Vida, Dios se implica de un modo íntimo y personal, pues quiere que los hombres puedan re-nacer de la muerte, superando la dinámica de lucha y violencia del sistema, en gesto de comunicación gratuita.
5. Todo es pascua, una metafísica de la resurrección
En un primer momento, nacemos a la vida por generación: del amor creador de unos padres a través de los cuales se expresa el Espíritu de Dios. Pero, al culminar nuestro camino histórico, nacemos por donación personal, en la resurrección: sólo podemos alcanzar nuestra realidad regalando a los demás aquello que somos y tenemos, de manera que únicamente poseemos aquellos que "perdemos", como hemos podido descubrir en Cristo. De esta forma, la resurrección queda integrada en el espacio de la creatividad personal, esto es, del engendramiento que se expresa y realiza a través del amor mutuo, como nacimiento evangélico, es decir, en perspectiva de gratuidad y Reino, sobre todo juicio y ley del mundo:
– La pascua es engendramiento por comunicación de gracia. Dios se revela en todo lo que existe, pero de un modo especial en el surgimiento y despliegue de una vida propiamente humana, que se define como libertad y gracia, más allá de la pura biología y de los esquemas racionales de acción y reacción, mérito y paga. En ese nivel de nacimiento en gracia, esto es, en donación y libertad, desde el Espíritu de Dios, se puede hablar de resurrección cristiana.
Dios no es un objeto exterior, alguien extraño a los hombres, sino la misma hondura y verdad de la entrega mutua entre personas. Es amor originario y creador, comunión que desborda las fronteras que oponen y dividen a los hombres, haciendo que ellos puedan vivir unos en otros, superando así la muerte, no por evasión, sino profundizando en ella. Sin esa experiencia de engendramiento y comunicación (in-habitación) de uno en otro carece de sentido la supervivencia personal. Por eso, la resurrección cristiana no es la inmortalidad del alma, ni la reencarnación de los espíritus, sino experiencia radical de donación creadora, por la que unos viven en los otros, desde el Dios de Cristo.
– La pascua es experiencia de un amor que supera el juicio, esto es, que triunfa del talión, como dijo y vivió Jesucristo. Ella no proviene de la justicia de Dios, que sanciona a los hombres, premiando a los buenos y castigando a los malos, en gesto de dominio que termina pareciendo siempre una revancha. No es algo que los hombres merezcan y puedan exigir, salario justo, sino expresión de una gratuidad que desborda todo salario, triunfando así de la misma muerte.
Jesús no ha sido en ese plano un profeta apocalíptico: no ha querido la revancha de Dios, ni la destrucción de los enemigos, ni la victoria de los antes derrotados (oprimidos), dentro de una espiral infinita de acción y reacción, resentimiento y venganza. En contra de eso, superando la dialéctica del juicio, él ha sido y sigue siendo gracia creadora que se expresa como fuente de perdón, culminación del tiempo: acaba la historia de luchas infinitas (pecado y castigo, muerte que se quiere vencer con otra muerte) y comienza ya la realidad definitiva, el amor compartido, la vida que triunfa como gracia de la muerte, no en forma de escapismo vacío, sino de implicación positiva, gozosa, de todos los humanos, fundados en el perdón infinito de Dios.
– La pascua es el signo supremo de la gracia que se comunica, del amor y de la vida que se regala y expande, abriendo espacio y presencia de vida para quienes quieran recibirla. Eso significa que no es una inversión o antítesis de aquello que existía ya (un cambio de lugar entre los polos de una dialéctica previa de violencia), sino que implica el surgimiento de un orden superior de realidad, en donde caben todos los humanos, más allá de la oposición entre bien y mal, ofensa y venganza, pero no a partir de los triunfadores, a modo de sistema, sino precisamente desde los antes derrotados.
Este Dios de la pascua (del más alto nacimiento) se expresa por Jesús como hogar infinito de Vida donde pueden integrarse y se integran, en comunión personal, todos los humanos, desde los expulsados y pobres, los pecadores e impuros del sistema. El mismo paso del tiempo, que todo lo destruye, se vuelve cumplimiento donde se acogen e incluyen todos los tiempos y personas, que así quedan elevadas y asumidas por el amor de Dios.
6. En medio de este mundo
En perspectiva externa (material) todo sigue como estaba, pues la pascua es gracia que supera la expectativa apocalíptica de venganza y destrucción de condenados o perversos. Ella no está unida al fin externo del mundo, ni a los signos de la ira, sino que es despliegue de amor que acoge en su Vida a los que se dejan transformar por ella. Todo es en ella natural y pertenece al despliegue de nuestra más honda realidad personal y comunitaria, dentro del mundo. Pero, en otro nivel, todo puede presentarse y se presenta en ella como signo de gratuidad: es la expresión y cumplimiento de un encuentro de vida que desborda las fronteras de ley y muerte del sistema.
El mundo viejo, que condenó a muerte a Jesús, sigue actuando, los sistemas de tipo económico, social y político se mantienen, porque en ese plano no hay resurrección, ni gratuidad o entrega de la vida, sino sólo acción y reacción, ajustes sociales y venganzas. Pues bien, por encima de ese plano de sistema se revela el Dios del amor personal, gratuito, donde todo es don de vida y todo se regala y comparte; sólo a ese nivel se puede hablar de pascua, según el mensaje de Jesús y la experiencia de la iglesia.
Esta pascua no destruye las leyes de la naturaleza y del sistema, que siguen conservando su vigencia en un nivel de juicio racional, dentro de un todo donde los diversos elementos están entrelazados; pero ella introduce, sobre ese nivel de muerte, donde cada cosa empieza y acaba, otra dimensión de realidad, que es gracia original, regalo y vida compartida. Sólo a ese nivel puede hablarse de resurrección: Vida de Dios, revelada por Jesús, sobre la muerte del sistema y la pura biología
Esta presencia del Dios de gratuidad pascual constituye la verdadera revolución de la historia. Esta es la innovación definitiva, que permite a los hombres y mujeres existir (habitar) unos en otros, habitando todos en Dios, que es la Vida gratuita, que se regala a sí misma, en debilidad creadora de amor, superando los principios de lucha mutua, las leyes de selección biológica dura, los imperativos del sistema social... Sólo en este nivel descubren los humanos su propia identidad personal (divina) y su diferencia sobre los demás vivientes. Entre el plano natural (biología, sistema), con sus leyes de poder, y el plano superior (de gratuidad y pascua) hay una conexión, que Dios mismo ha instaurado y expresado, al revelarse en Cristo. Ciertamente, se puede afirmar que mismas plantas y animales trazan ya un camino que se abre hacia la pascua; pero estrictamente hablando, ella sólo aparece en la experiencia de amor y gratuidad de los humanos, tal como se expresa en las diversas culturas y religiones (especialmente de la interioridad e historia) y, de un modo peculiar, en el cristianismo.
La pascua no es una experiencia de complementariedad dual, como el yin-yang del tao, ni una antítesis hegeliana con su impulso de elevación (Aufhebung), ni una conciencia espiritual difusa de superación del mundo, sino la acción creadora-acogedora de Dios que se expresa del todo por Jesús, superando los niveles anteriores de naturaleza y sistema. Ella pascua es una experiencia radical de gratuidad o presencia mutua, por encima de las leyes del sistema. Más allá de los modelos científicos y sociales, que se aplican al hombre en un nivel de ley, se revela desde Dios la Realidad suprema como presencia personal de unos en otros y comunicación que supera la muerte, pues los hombres siguen viviendo en aquellos a quienes han dado-transmitido la existencia, como Cristo en quienes le reciben.
Entendida de esa forma, la pascua ratifica la esperanza de Jesús en la llegada del Hijo de hombre, abierto al Reino de Dios, en comunión mutua de fidelidad y existencia. En ese aspecto, ella está esencialmente vinculada al despliegue de la iglesia: al nacimiento de una comunidad de hombres y mujeres que viven de un modo gratuito y que en gratuidad se regalan lo que son y lo que tienen, superando así las fronteras de la pura individualidad y de la muerte.
Ampliación y ejercicios.
La pascua de Jesús nos sitúa ante la experiencia de una Vida, que sólo nace en la medida en que la recibimos y sólo perdura en la medida en que la damos. Ella forma parte de la historia mesiánica y en ella culmina todo lo que hemos venido diciendo en los capítulos anteriores.. Desde ese fondo:
1. Ver la resurrección como gratuito, no como exigencia de la naturaleza o necesidad cósmica y biológica. Distinguir una ley física según la cual “nada se crea, nada se destruye, sino que todo se transforma” de la experiencia cristiana de la resurrección, vinculada a la gratuidad y acción de Dios, que todo lo crea.
2. Resurrección y comunión. Distinguir y relacionar los momentos de la resurrección (en Dios, en los demás y en uno mismo). ¿Se puede añadir un cuarto momento, de resurrección de (en) la naturaleza, como experiencia de transformación cómica¿ ¿Por qué identifica Ap la resurrección con unas bodas o vida mesiánica compartida?
3. Jesús, resurrección. La novedad pascual del cristianismo es el mismo Jesús “primogénito de entre los muertos” (Col 1, 18), el primer nacido de la muerte, principio de la resurrección. Aplicar al tema a todos los cristianos.