Todas las sangres. Violencia universal y victoria de las víctimas

La fiesta judía de pascua (de la que hemos hablado ayer) mostraba que existe una sangre bien derramada (la del cordero sacrificado), pues ella se vincula a la sangre de los egipcios muertos (para reunir y salvar a los hebreos) y una sangre mal derramada (la de los hombres asesinados). Pues bien, Jesús no distingue esas sangres. No habla de una sangre bien sacrificada (la de los egipcios) y una sangre mal sacrificada (que seria la de los hebreos “inocentes”). No habla de unos que matan bien y de otros que matan mal, sino que condena todas las sangres derramadas, que se identifica con la sangre de los profetas perseguidos y asesinados.

Todas las sangres.

Éste es el título de la novela genial de J. M. Arguedas, que está en la base de la obra de G. Gutiérres, Teología de la liberación. Pues bien, el evangelio ha visto que todas las sangres derramadas se vinculan y culminan en Jesús:

«Por eso, la misma Sabiduría de Dios dijo: les enviaré profetas y apóstoles y a unos los matarán y a otros los perseguirán, de manera que a esta generación se le pedirá cuentas de la sangre de todos los profetas asesinados desde la creación del mundo, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, que murió entre el altar y el templo. Si, en verdad os digo, se le pedirá cuentas a esta generación» (Lc 11, 49 51).

El sentido principal del texto es claro. «Esta generación» está formada por los que edifican los sepulcros de los profetas antiguos mientras matan a los actuales, que la Sabiduría de Dios sigue enviando ahora en nombre de Jesús. Los miembros de «esta generación» son los se hacen guardianes y testigos del orden sacral (¡avalado por Dios!) para oprimir y expulsar con más firmeza a los hijos de Dios sobre la tierra. Éstos son los «renteros» de la parábola de Mc 12: los que piensan que la vida humana se establece en fórmulas de imposición, que llevan a la muerte de los profetas y del mismo «hijo querido». Desde este fondo se distinguen, a juicio del evangelio, las dos actitudes básicas de los hombres.

Ciertamente, sigue habiendo una violencia sacral pervertida, propia de de aquellos que, con pretexto de venerar a los mártires antiguos (edificando sus sepulcros), crean nuevos mártires, es decir, siguen matando, lo mismo que Caín. Pero aquí triunfa una impotencia evangélica positiva que es propia de los asesinados como Abel, sean quienes fueren. Toda la historia humana está representada por la sangre de los asesinados, que eleva su voz ante Dios. Esta es la voz de la sangre de todos los asesinados, como Abel y como los profetas.

En nombre de todos ellos, como portavoz de la sangre de los asesinados, eleva su voz Jesús. Desde este fondo tenemos que decir que el Dios de Jesús «pide cuentas» de la sangre derramada, no sólo de la suya (de la de Jesús, de la sangre cristiana), sino también de la sangre de los profetas antiguos y de todos los hombres, judíos o no judíos, profetas o no profetas, sacrificados a lo largo de la historia, lo mismo que Abel (que no era judío, ni cristiano, y que no tuvo más «mérito» que el haber sido asesinado. Esta es la revelación suprema que seha manifestado a través de la muerte de Jesús, el justo asesinado. En esta generación que edifica los sepulcros de los viejos profetas, que mata a Jesús y persigue a los nuevos profetas del Reino, se vuelve visible la unidad de todos los que matan (cometen un mismo pecado) y la unidad de todos los que mueren (de todos los que han sido asesinados) (cf. Ap 18, 24).

La novedad del evangelio.

Éste es un descubrimiento desolador y confortante al mismo tiempo.

Es desolador, pues, por primera vez en la historia de los hombres, se puede ya decir que somos responsables de todos los asesinatos de la tierra. Es como si todas las cabezas de las víctimas se hubieran unido en la cabeza de Jesús, como si al matarle matáramos al conjunto de la humanidad. Este es el pecado original: contribuir de un modo directo o indirecto a la muerte de Jesús, es decir, a la muerte de todos los asesinados de la historia humana.
Es un descubrimiento consolador: podemos sentirnos resguardados por la sangre de Jesús que ha muerto por todos, como sangre que da vida. Ésta es la última generación y sabe ya el secreto de las cosas. Las anteriores no sabían: se encontraban como hundidas en la dispersión de muchas historias, muchas muertes, sin que pareciera existir una dirección de vida y un sentido unitario sobre el mundo. Solo ahora, en torno al sepulcro de Jesús, formulamos el gran meta-relato que se aplica a todos los hombres.
Hay una unidad del mal, vinculada a la ley de la venganza y al orden del sistema, que se expresa en el asesinato de todos los profetas (Le 11, 50) o justos (Mt 23, 35), de todos los que han sido y siguen siendo asesinados como Abel.
Hay una unidad de bien, pues Jesús, asesinado con todos y por todos, revela el sentido supremo de la realidad, como amor gratuito y salvador, superando así la violencia destructora de los hombres.

Nota final. Apocalipsis.

La sangre tiene en el Apocalipsis dos sentidos básicos: expresa la acción destructora de los hombres (que matan, derramando sangre) y la gracia redentora de Jesús (que salva ofreciendo vida, sangre, como harán los mártires). Estos son sus significados. (a) La sangre es signo de pecado (asesinato). La Prostituta (Roma) está borracha de la sangre de los mártires de Cristo (Ap 16, 6), de los profetas y de todos los degollados de la tierra (18, 24). Este es el pecado central de la humanidad: el lagar de la historia no produce vino sino sangre, inundando el mundo entero (Ap 14, 19-20). (b) La sangre de los asesinados es principio de vida. Retomando el motivo de Abel, el Apocalipsis sabe que la sangre de los asesinados pide «justicia», desde el fondo del altar de la historia (Ap 6, 10) y sabe que se grito será escuchado: Dios juzgará a los asesinos, en gesto de talión histórico (hará beber sangre a quienes la han derramado: 16, 6; 19, 2). Pues bien, la “justicia” que pide la sangre de los asesinados es justicia de perdón según todo el evangelio.
El autor del Apocalipsis interpreta el proceso de la destrucción del mundo como inundación de sangre, que empieza por la luna (6, 12), continúa como lluvia de muerte (8, 7; cf. 8, 9; cf. 11, 6) y culmina allí donde las aguas todas de la tierra se hacen sangre (Ap 16, 3-7), como había sucedido en el Nilo (Ex 7, 17-20). Pero esa sangre destructoria no puede triunfar sobre la sangre salvadora de Jesús y de sus mártires. Jesús, Cordero degollado (cf. Ap 12, 11), expresa su amor derramando su vida (sangre) para salvación los humanos (1, 5; 5, 9). Así invierte la violencia y supera el pecado: vence la guerra muriendo, empapado el manto con su sangre (19, 13). Por la sangre del Cordero pueden triunfar los creyentes, venciendo al Dragón (cf. Ap 12, 11), blanqueando en gloria celeste sus vestidos (7, 14).

(cf.R. GIRARD, La violencia y lo sagrado, Anagrama, Barcelona 1983; J. P. ROUX, La sangre. Mitos, símbolos y realidades, Ediciones 62, Barcelona 1990; F. VATTIONI (ed.), Sangue e Antropologia biblica I-II, Centro Studi Sanguis Christi, Roma 1981;).
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