P. Zabala, Males del sufragio universal

La democracia es necesaria, pero exige una formación personal y social, unos compromisos éticos y unos medios de control... al servicio de la tarea común. La democracia es un ejercicio ético antes que político.
La política se inscribe dentro de un contexto superior de relaciones personales y sociales, de respeto y colaboración. Sin ellas, el voto puede resultar un gesto vacío o manipulado por los profesionales de la toma y ejercicio de poder a servicio de sí mismos y de sus intereses, que después de robar y robar dicen ser bienhechores del pueblo (eso no lo digo yo sin más, lo decía Jesús de Nazaret, según Mc 10).
Gracias, Pedro, como siempre. Después de unas votaciones como las celebradas en nuestra tierra es buena una palabra como la tuya. Todo lo que sigue es tuyo
Pedro Zabala, Males del sufragio universal
En vísperas de las recientes elecciones municipales y autonómicas celebradas en el reino de España, leí varios comentarios, de variada inspiración, alertando de los riesgos que nos podía traer nuestra ingenua confianza en el sufragio universal. Barrunto que coincidían en el temor de los posibles resultados alterasen el mapa político al que estaban acostumbrados y al temor de unos cambios inciertos. Seguramente pensarán que no estaban equivocados, aunque no se haya dado la debacle que sus pesadillas auguraban. El bipartidismo está herido, pero no ha muerto. Por eso su sueño ¿imposible? sería una gran coalición a la alemana.
Los argumentos que esgrimen frente a la universalización del sufragio descansan en un criterio elitista: ¿cómo puede valer lo mismo el voto de cualquier o cualquiera desgarramanta que el de una persona sensata y bien formada?. Claro que quienes eso afirman pertenecen a este último grupo selecto. El colmo es el de aquel erudito que adujo el ejemplo de la primera democracia, la ateniense, en que el voto estaba reservado a los varones libres, mayores de 30 años, que habían cumplido con sus deberes militares con la polis.
Los griegos que solían usar la razón, a veces presentándola en forma de mitos, llegaron a decir que Júpiter repartió los dones desigualmente entre los humanos, salvo el sentido de la justicia que la concedió a todos. Eso no quita para que, en contra de una ingenua confianza en el acierto popular, se hayan dado condenas como la de Sócrates por la asamblea ateniense, la de Hitler que llegó al poder tras unas elecciones democráticas en la culta Alemania, o el relato evangélico de la elección de Barrabás ante Pilatos para que fuera liberado en contra de Jesús.
Sí, el pueblo puede equivocarse, y mucho a la hora de ejercer su derecho a votar. ¿Quiere esto decir que sea preferible un régimen donde no exista y sea la voluntad de un dictador o de una camarilla la que ejerza el poder político?. Ya lo padecimos 40 años en nuestra Patria y pocos hay que manifiestamente se atrevan a decir que quieren volver a aquel ominoso régimen. El argumento de que si se ha equivocado el pueblo, en las siguientes elecciones pueden descabalgar al anterior y elegir a otro, es un sofisma, cuando, a menudo, sólo se diferencian en su afán a quedarse con el pesebre y consideran el voto como un cheque en blanco.
Si se piensa que no todos los votos deben valer igual o que sólo algunos deberían tener acceso al sufragio activo, hay que preguntar con qué criterio se efectuaría esa discriminación. ¿Sólo los que posean un determinado nivel de renta, como fué el sufragio censitario en los albores de las democracias occidentales?. ¿Sólo los varones que monopolizaban el voto hasta que valientes sufragistas reclamaron la igualdad?. ¿O los titulados superiores, dejando sin capacidad de votar a los analfabetos?; ¡pues anda que hay cada merluzo con estudios e iletrados que dan diariamente lecciones de equidad!. ¿O los que profesan una determinada religión, excluyendo a los de otras o sin ninguna?. Cualquier criterio que se pretendiera imponer sería una injusticia y una arbitrariedad ilógica.
Mal que les pese a esos timoratos el pueblo habla y, a veces, hasta acierta. Lo peor es cuando se decide el voto sólo en función de la querencia por una marca o una cara conocida, como si se tratara de un producto comercial. O, pensando en los favores recibidos o en los que se piensa recibir en función de un clientelismo corruptor y corrompido. Lo que tenemos es una democracia imperfecta, manifiestamente mejorable, si hay voluntad abajo y arriba por avanzar en el camino de la justicia y la libertad.
Esto requiere:
*Demócratas convencidos el día de las votaciones y el resto de los días del año.
*Listas abiertas, para que sea el propia elector quien realmente a elija los candidatos y no vengan impuestos desde la cúpula de los partidos.
*Limitación a dos legislaturas del mandato de todos los cargos públicos.
*Límite en las remuneraciones de los políticos, fijado en un múltiple pequeño del salario mínimo.
*Publicidad de los bienes de los cargos públicos y sus familiares al iniciar y concluir su mandato.
*Una sociedad civil fuerte, con asociaciones cívicas, sindicales y de consumidores que no vivan de subvenciones públicas, sino del trabajo voluntario de sus miembros y de sus cuotas.
*Supresión del aforamiento de todos los cargos políticos electos.
Ha llegado la hora de los pactos. ¿Cuáles serán los criterios que los presidan?. ¿El de reparto de cromos?: Si tú me apoyas aquí, yo te apoyo en el otro sitio. A ese juego, estaban acostumbrados los partidos tradicionales, con la reserva para los bisagras de puestos clave en el control del dinero, como las concejalías de urbanismo en los ayuntamientos. ¿Cómo actuarán los partidos emergentes?. ¿Pondrán por encima sus querencias ideológicas con la vista fija en las próximas elecciones?. ¿O serán capaces de fijarse en las personas, en especial en los millones que están bajo el umbral de la pobreza?. Esto último requiere:
*El pago de una renta mínima de inserción para las personas cuya ingresos no lleguen al salario mínimo interprofesional.
*Supresión de los recortes en educación, en sanidad, pensiones y dependencia.
*Reducción de gastos en cargos políticos y de asesores. Eliminación de las Diputaciones Provinciales en las Autonomías Pluriprovinciales y del Senado, (salvo que se convierta en verdadera Cámara Territorial, con dos representantes por Autonomía, designados por la Asamblea Legislativa correspondiente).
*Reducción del IVA en los productos de primera necesidad, incluyendo los culturales.
*Reforma del IRPF, de forma que las grandes fortunas sean las que tributen más.
*Persecución implacable del fraude fiscal y publicación de los grandes defraudadores.
¿No habrá que ir pensando en cambiar de raíz el sistema electoral? ¿No deberíamos llegar, a imitación británica, al distrito unipersonal, de forma que el vínculo del elegido sea directo con sus votantes y no a través de las cúpulas de los partidos?.