La cárcel de todos. Surgimiento y sentido del sistema penitencia actual


1. VIOLENCIA JERARQUIZADA. SISTEMA ESCLAVISTA.
La esclavitud es un fenómeno extenso y multiforme, de manera que parece difícil ofrecer una visión general de su estructura y funciones, pues son muchas las formas que ha venido revistiendo. A pesar de eso, hemos querido presentar sus rasgos principales, suponiendo desde ahora que los encarcelados ocupan en la actualidad un lugar estructural semejante al de los esclavos antiguos. En una sociedad donde los amos controlaban de manera directa a sus esclavos y la sociedad (o el clan/familia) organizaba su justicia y se vengaba directamente de los «culpables» apenas había lugar para las cárceles. Los encarcelados actuales ocupan de algún modo el lugar de los antiguos esclavos. Estas eran las razones antiguas que permitían la existencia de la esclavitud:
1. Fundamento filosófico: las razones (ideológicas) del poder. Muchos filósofos han justificado la esclavitud, como expresión de las desigualdades sagradas de la naturaleza humana. Platón suponía que Dios habría creado a unos de oro, otros de plata, otros de bronce... Unos nacen para dominar, otros para ser dominados. La naturaleza humana se expresa, según eso, de formas jerárquicas, conforme a un principio de gradación de la realidad. Esta es la visión que ha estado en el fondo del sistema hindú de las castas. Nosotros, en occidente, creemos ya que todos los hombres nacemos con igual dignidad, pero luego, de hecho, se buscan razones para que unos puedan estar por encima de otros.
2. Estratificación social. La sociedad se ha estructurado así en forma clasista, en grupos jerarquizados, por motivos de dominación, a partir de unos principios o razones de tipo racial y/o religioso, cultural, económico y jurídico. Los privilegiados del sistema han querido buscar y han buscado racionalizaciones religiosas y filosóficas para justificar su dominio y así han apelado a la ley del poder (Dios asiste a los victoriosos) o han destacado el valor de la humildad sagrada (es bueno someterse; la obediencia es una virtud etc.). Pero en el fondo de esas racionalizaciones late y se expresa un egoísmo racional: los privilegiados no se contentan con ser más, sino que quieren probarlo. .
3. Concreción política. El estado esclavista. Decimos que hay un estado esclavista cuando los portadores de un tipo de orden o los miembros de unas «castas superiores» quieren perpetuar su poder, teniendo sometidos a otros grupos (de distinta raza, religión, cultura o condición social). En general, la función represora no la ejerce el estado, sino aquellas familias, que controlan y sancionan sus privilegios, manteniendo sometidos a otros grupos. Desde una perspectiva bíblica es iluminadora la visión de Hobbes, que concibe el estado como sacralización fáctica de los poderes establecidos, representados por Leviatán, monstruo de rasgos divinos. Sin duda, el estado tiene en la Biblia otros aspectos positivos, al servicio de la paz y, incluso, de la plenitud mesiánica. Pero tanto el Antiguo Testamento (Dan 7), como en el Nuevo Testamento (Ap 13) se habla de un estado que esclaviza a los contrarios.
4. Conexión económica; el gran engaño. La esclavitud surge y se mantiene finalmente allí donde las necesidades del sistema social requieren un tipo de mano de obra sumisa al servicio de los triunfadores. La vida de la mayoría de la población no vale en sí misma, sino en la medida en que sirve para una determinada economía clasita (de las familias libres), religiosa (de los templos) o estatal (del aparato administrativo). La mayoría de los hombres acaban siendo así mercancía, mano de obra del sistema o de los ciudadanos libres. Resulta asombrosa la forma en que algunas filosofías más clarividentes (como la de Platón) e incluso las religiones más excelsas (incluso cierto tipo de cristianismo) han podido aceptar de hecho la esclavitud. Platónicos y cristianos antiguos, por poner dos ejemplos, no eran menos inteligentes que nosotros. Si aceptaron la esclavitud no fue sólo por maldad o injusticia, sino por imperativo del sistema económico. Por eso, la esclavitud no puede superarse solo con teorías o principios abstractos, sino a través de unos cambios económicos y sociales, que expresen y despliegan el sentido de la libertad. Pero esos cambios económicos tampoco pueden realizarse sin unos ideales teóricos o religiosos.
Estas razones de la esclavitud pueden aplicarse de algún modo para justificar la racionalidad (y necesidad) de la cárcel, dentro de un estado de derecho. Allí donde la justicia se entiende y aplica de forma violenta, como expresión de un poder que ratifica las desigualdades humanas , puede legitimarse siempre un tipo de esclavitud o cárcel, para bien del sistema. Pero dejemos los principios generales. Una sociedad esclavista es esencialmente violenta: necesita controlar por fuerza a unos hombres, al servicio de los otros, para mantener así la estabilidad del conjunto. Esclavos dentro del sistema serán los miembros de razas dominadas (cautivos de guerra) y los grupos que representan una amenaza para los triunfadores. También lo serán aquellos que no caben en los círculos dominantes y, sin embargo, resultan necesarios para que funcione la economía del conjunto social, de manera que no pueden ser matados. Dentro de un sistema esclavista, que sanciona y garantiza la supremacía y poder de unas elites aristocráticas, la cárcel resulta secundaria. Para los esclavos no hace falta cárcel: pueden y deben ser controlados por el mismo conjunto social, dirigido por los aristócratas, que dictan y sancionan unas "leyes" fuertes, con pena de muerte, para mantener el control del orden social
(X. Pikaza, Dios preso. Teología y pastoral penitenciaria, Secretariado Trinitario, Salamanca 2005, 32-41).
2.. LOS CAUTIVERIOS. HISTORIA Y SENTIDO
En un momento dado, dentro de la historia de occidente, a lo largo del siglo XIX, pudo parecer que los ideales de igualdad y libertad iban a cumplirse a corto plazo. Se prohibió la esclavitud de manera que todos los ciudadanos, iguales ante la ley, podían participar en las tareas de la nueva organización social; triunfaban los proyectos de la razón en Europa y América, pronto podrían extenderse a todo el mundo. Pues bien, en contra de esas expectativas, a pesar de los avances conseguidos, la opresión humana continúa y en algún sentido aumenta. Ya no existen esclavos en sentido estricto (a no ser en algunos enclaves que parecen menos importantes), pero en su lugar han aumentado aquellos que nosotros presentamos aquí como cautivos (sometidos a opresión, marginación, sometimiento), que aparecen como sucesores de los sacrificados y esclavos; son los nuevos rechazados de la sociedad, por razones de tipo social o psicológico, cultural o económico, racial o religioso, y así forman el último eslabón de la cadena de opresiones.
Ya en la antigüedad había cautivos, que no eran esclavos sino personas que, habiendo nacido en libertad, y siendo jurídicamente libres, habían "caído" en manos de pueblos o grupos sociales distintos. Cautivos eran en principio los capti o captivi (de capio, captivus): prisioneros de guerra, personas que perdían su libertad anterior y, sin haber sido sometidos a una esclavitud propiamente dichos, quedaban a merced de los triunfadores. En línea bíblica, suele llamarse cautiverio la situación de los judíos que el año 587 a. C. fueron vencidos y desterrados a Babilonia, lejos de su tierra original, bajo dominio babilonio, en una situación que en hebreo se llama sabah, galah. Tenían cierta libertad, pero se hallaban confinados, en una tierra ajena y lejana, que podía interpretarse de algún modo como cárcel. Habían perdido su autonomía política, aunque conservaban cierta capacidad de reunión y cierto margen de libertad (no eran 'ebed o esclavos).
Estos cautivos hebreos eran un pueblo “transplantado” por fuerza a otro lugar, donde no podían ser independientes ni dominar a otros (como harán los europeos en América), sino que quedaban bajo el dominio del sistema imperial. Así corrieron el riesgo de perder su libertad y ser asimilados por el orden dominante, como ha sucedido a muchos pueblos de la tierra, que han sido conquistados y asimilados por otros, a través de un proceso de sometimiento, que ha veces se ha convertido a veces en un fecundo mestizaje. Pues bien, los judíos de Babilonia ni se sometieron ni se mezclaron, perdiendo su identidad, sino al contrario, la cultivaron y aumentaron, de manera que el cautiverio se vino a convertir para ellos en principio de nuevo nacimiento.
La situación de los cautivos judíos de Babilonia puede presentarse como paradigma para nuestro tiempo. Ya no existen sacrificios humanos, ni hay esclavitud jurídica; pero una gran parte de la población de las zonas más pobres de nuestro mundo vive "cautiva" (clausurada y vigilada). Existen, sin duda, cautivos que pueden responder de manera creadora, fortaleciendo su identidad (como hicieron antaño los judíos, que se mantuvieron y siguen existiendo, mientras han muerto los imperios que les cautivaban). Pero otros muchos cautivos corren el riesgo de perder no sólo sus valores (vendiéndose al sistema), sino también de perderse a sí mismos, hundidos en una espiral de violencia, como sucede actualmente en multitud de casos (sobre todo en eso que llamamos el cuarto mundo). Por eso insistimos en la imagen del cautiverio. Ciertamente, el sistema moderno (sucesor de los imperios de Babilonia o Roma) tiene sus ventajas: supone un triunfo de la racionalidad, lleva consigo la superación de la esclavitud legal. Pero, al mismo tiempo, corre el riesgo de volverse principio de nueva y más fuerte opresión allí donde impone su método de vida y su cultura a los grupos dominados (cautivos). Desde ese fondo se entienden los elementos principales de la nueva situación que puede surgir (está surgiendo) al interior de la misma sociedad opulenta de occidente, un cautiverio al que pertenecen miles de emigrantes y trabajadores extranjeros.
En el pasado existieron muchos hombres y pueblos cautivos, en el sentido fuerte del término: cristianos bajo predominio de los musulmanes (y viceversa), grupos culturales sometidos y en gran parte destruidos en Europa, aborígenes de pueblos y tierras conquistadas por aventureros y naciones "civilizadoras", en América, África y Asia. Actualmente siguen existiendo y quizá han aumentado, por las rupturas sociales y las migraciones de diverso tipo que se han dado (se están dando) sobre el mundo. Podemos hablar de cientos millones de cautivos, entre exilados y desplazados, pueblos sin patria o naciones sin estado (indios y kurdos, grupos étnicos marginados de África y Asia), refugiados, indocumentados, trabajadores extranjeros y "nómadas" de diverso tipo... Se cuentan por millones los que no logran (no pueden y/o no quieren) integrarse, pues el sistema dominante les utiliza y expulsa de su centro
(X. Pikaza, Dios preso. Teología y pastoral penitenciaria, Secretariado Trinitario, Salamanca 2005, 42-45).
3. EL ORIGEN DE LA CÁRCEL. LA ÚLTIMA VIOLENCIA
Nuestro sistema ofrece libertad formal a la mayoría de los ciudadanos, alimentando en ellos un deseo de independencia y de bienes económicos. Pero, al mismo tiempo, les impide disfrutarlos, pues no puede (o no quiere) que todos compartan los mismos medios culturales y sociales. Por eso termina negando la libertad (encarcelando) a los que juzga peligrosos, pagando con dinero público su confinamiento. Esta es quizá la mayor contradicción de nuestro tiempo: el mismo sistema que exhibe sus bienes ante todos y les promete libertad para gozarlos hace que muchos no puedan disfrutarlos, engendrando así unas forma de violencia "ilegal" a la que responde con su violencia "legal" (policía y cárcel). Ciertamente, se dice que sólo la democracia, el progreso y la libertad pueden vertebrar la vida del conjunto social, pero luego, de hecho, la sociedad se vertebra a través de los aparatos judiciales, policiales y carcelarios.
Como institución universal de represión y re-educación, la cárcel sólo ha podido surgir en una sociedad donde el estado ha racionalizado el sistema económico y burocrático, pues la cárcel implica dinero y organización, al servicio de un orden social entendido en forma jurídica, es decir, a partir del siglo XIX (desde finales del XVIII). Ciertamente, siguen existiendo otras formas de coacción y expulsión, sobre todo económica, que afectan al conjunto de los ciudadanos, pero todas culminan y se centran en la cárcel, entendida como infierno o basurero donde nuestra sociedad expulsa por un tiempo (que suele ser para siempre) a los que juzga peligrosos. Sólo conociendo nuestras cárceles podremos conocer lo que somos y hacia donde nos dirigimos, a no ser que cambiemos el rumbo de la marcha.
La cárcel, entendida como lugar y tiempo de detención vigilada, nació con el surgimiento de un sistema judicial “racionalizado” y con las nuevas condiciones sociales y jurídicas de los estados modernos, tras la Revolución Francesa. Ella es uno de los elementos distintivos de la cultura ilustrada que, por un lado, quiere ofrecer libertad a todos y, por otro, (para defender esa libertad) necesita sancionar a los que parecen más "peligrosos". La cárcel funciona así como chivo expiatorio de nuestra cultura. En ella desembocan y se visibilizan las contradicciones de una sociedad que, para mantener su "libertad" condena a la falta de libertad a los "otros" (apareciendo así como liberadora).
Ciertamente, parece que por ahora no se ha implantado en ningún lugar el sistema carcelario pleno, pero tanto las "democracias" socialistas soviéticas como el actual imperio USA, se habían acercado y se acercan peligrosamente a ese límite: en un caso por falta de libertad (las repúblicas soviéticas eran una gran cárcel) y en otro por exaltación hipertrófica de un tipo de libertad que, al no fundarse en nexos reales de comunicación, suscita el desamparo y violencia de muchos, a los que el estado responde encarcelando, para aparecer así como bienhechor ante el resto de la "buena sociedad". En un caso (marxismo soviético) la cárcel era el principio del sistema; en otro (USA y capitalismo mundial), ella es la respuesta del sistema para mantenerse. El modelo soviético fracasó por falta de libertad. El modelo USA corre el riesgo de perderse porque su visión de la ley y la libertad, llevada locamente hasta el extremo, genera un estado de discriminación y ruptura social que es incapaz de mantenerse a sí mismo.
Uno de los mayores sociólogos de nuestro tiempo (L. WACQUANT, Las Carceles de La Miseria, Alianza, Madrid 2001) ha mostrado cómo a finales del siglo XX las sociedades occidentales, especialmente USA, están abandonando el ideal social (liberal) de rehabilitación que había estado en el fondo de las cárceles a lo largo del siglo XX y cómo han quedado dominadas por una nueva ideología penal antiigualitaria y tendencialmente racista. El autor comienza estudiando la Cárcel Central de Varones (Men Central Jail), de Los Ángeles con 7000 detenidos, amontonados de seis en seis, en celdas de doce metros cuadrados, distribuidos según el color de la piel porque la única ley real de la cárcel es la distinción de raza. En los últimos veinte años, California ha aumentado en 22 veces el presupuesto destinado a la administración penitenciaria (pasando de 200 millones de dólares en 1975 a 4,3 mil millones en 1998). El Estado destina más dinero a las cárceles que a la enseñanza y cada cuesta 21.470 dólares al año, frente a los 7.229 que costaría mantener a una familia de cuatro personas. Todo esto refleja una elección política: se ha querido transformar el estado de bienestar liberal en un estado carcelario, de tipo penal, donde se busca la seguridad a través de la detención neutralizadora de las clases populares negras y latinas (tres cuartas partes de los detenidos son afro- y latinoamericanos y el resto asiáticos; los blancos –mayoría en el país– son en la cárcel una absoluta minoría).
Las teorías criminológicas de comienzos de los 60 y principios de los 70 del siglo XX habían intentado sustituir la detención por medidas alternativas, pensando que la cárcel había era un instrumento inadecuado para la represión de la criminalidad. Pero partir de 1973 la población reclusa empezó a crecer de modo hipertrófico y la "lucha contra el crimen" se convirtió en la prioridad del gobierno, que empezó a encarcelar en masa a personas por delitos (tráfico de drogas) a los que podía resolver de otra manera. Surgió, por otra parte, la industria penitenciaria, pues el Estado tiende a confíar la gestión de las cárceles a empresas privadas, que cotizan en bolsa, con grandes ganancias. El imperio abandona el ideal de rehabilitación y manda a los presos al infierno de la cárcel, neutralizando a la población negra y latina, para que los buenos blancos puedan seguir viviendo en el paraíso que el Dios bíblica habría concedido a los americanos. La cárcel y el gueto formarían una jaula para contener a la underclass negra. El trabajo de Wacquant se centra básicamente en USA, pero el autor destaca el influjo creciente de ese modelo sobre Europa (y en especial sobre España): la cárcel se está convirtiendo en una forma de segregación racial y social, para mantener el control político y económico de una población hegemónica, que ha tomado los poderes del Estado, frente a los disidentes y distintos, a los que se toma sin más como peligrosos (de otra raza, pobres). El autor supone (¿de forma exagerada?) que, siguiendo ese camino, occidente corre el riesgo de destruir sus valores de libertad y humanismo, destruyéndose a sí mismo y pudiendo destruir el mundo entero (si sigue queriendo aplicar su política social y económica de "control" violento sobre los pretendidos ejes del mal)
(X. Pikaza, Dios preso. Teología y pastoral penitenciaria, Secretariado Trinitario, Salamanca 2005, 56-58).
4. LA EXPANSIÓN DE LA CÁRCEL. SISTEMA UNIVERSAL DE REPRESIÓN
La sociedad antigua mataba a los condenados, manteniendo de esa forma su unidad. En muchas culturas, el derecho de sangre lo han ejercido los parientes o familiares más cercanos del ofendido (goeles, vengadores de sangre), encargados de castigar a quienes hubieran ofendido a un miembro del clan, conforme a una visión grupal de la justicia, en claves de talión. Lógicamente, no era necesaria la cárcel. Tampoco el sistema esclavista, de fuerte estatificación social, como el de la Edad Media europea, necesitaba cárceles (a no ser para nobles o eclesiásticos), pues seguía matando a los más “peligrosos”, mientras esclavizaba al resto, dentro de un orden donde no todos tenían las mismas libertades. La cárcel resultaba innecesaria, pues los ciudadanos libres, casi siempre varones (padres de familia), ejercían su control sobre los esclavos.
La cárcel como sistema ha sido y sigue siendo una creación del estado moderno, que ha asumido el monopolio de la justicia legal y de la violencia, encerrando y vigilando “por justicia” a los peligrosos o "culpables". Ella forma parte de un sistema jurídico cuyo representante fundamental es el Estado, que ha asumido el derecho y deber de "proteger" a los ciudadanos. El Estado aparece así como garante de la ley, conforme a unas normas de derecho que resultan semejantes en casi todas las naciones de occidente. Pero, de hecho, la institución carcelaria supera los niveles estatales, apareciendo como una institución básica del sistema económico-social de la modernidad, con sus valores (garantías jurídicas) y sus deficiencias. Lógicamente, en ciertos lugares, el estado parece dispuesto a encargar la gestión de las cárceles a grupos capitalistas, más celosos de su dinero que la justicia social. Nos hallamos en un momento clave de la historia, que puede convertirse en final de una etapa de democracia y de valores humanos: si seguimos en la línea actual, corremos el riesgo de que occidente (y el mundo entero) venga a convertirse en un sistema de vigilancia carcelaria universal y pactada entre los estados y el sistema.
Es evidente que la sociedad podría defenderse y marginar de otras maneras a los “disidentes o distintos”, en plano económico (reparto del dinero), social, cultural y administrativo, como acabamos de indicar. Pero en estos últimos siglos (en algunos países sólo en los últimos decenios) la cárcel se ha vuelto norma típica y sanción universal que se impone sobre todos aquellos que han cometido "delitos" o resultan peligrosos para un tipo de sociedad. Ciertamente, el estado de derecho quiere respetar los derechos de los “sancionados” a quienes trata de manera equitativa, sin imponerles más castigos que la privación vigilada de libertad; de esa manera, la cárcel aparece así como señal de democracia y justicia racional, propia de un Estado que asume la "carga" de encerrar, vigilar y reeducar, a sus costes, a los miembros conflictivos o "peligrosos", para que el resto de la sociedad esté tranquilo. Esta es la teoría, pero de hecho, por su incapacidad rehabilitadora y sus condiciones de vida, la cárcel ha venido a convertirse en uno de los síntomas fundamentales de la enfermedad humana de nuestro tiempo. Tal como ahora existe y se ejerce, la cárcel aparece como eslabón final de un proceso de degradación de la sociedad que destruye a sus miembros más débiles, haciendo primero que delincan y castigándolos luego por ello.
La cárcel ha sustituido en casi todos los países a la pena de muerte y a las sanciones corporales (torturas). Nuestra "buena" sociedad no quiere castigar, ni torturar, sino que se limita a encerrar y vigilar a los hombres y mujeres que juzga peligrosos. El estado de derecho no mata, sino que se limita a encerrar a los “culpables”. De esa manera, la cárcel aparece como signo de poder legal y de impotencia. Es signo de poder: el Estado aparece por ella como expresión de un Dios justo y legal que se eleva por encima de las arbitrariedades de los individuos. Es signo de impotencia: el Estado se siente incapaz de resolver de otra manera sus conflictos internos, de manera que necesita encerrar a loa pretendidos delincuentes, de manera que la cárcel viene a presentarse así como expresión y compendio de las nuevas formas de esclavitud que hemos preferido llamar cautiverio.
La mayor parte de los encarcelados provienen de situaciones sociales de opresión o de injusticia, de manera que la cárcel constituye una forma de sometimiento para ciertos colectivos marginados de nuestra sociedad. Hay un profundo feedback: por un lado, el Estado crea la cárcel, para que los ciudadanos pacíficos no corran el riesgo de ser atacados (robados, matados) por los “asociales” del entorno; por otro lado, la cárcel va creando un tipo de Estado policial, que sólo puede mantener su producción y consumo, sus estructuras y formas de organización social, dentro del sistema mundial, expulsando y encerrando a un determinado tipo de ciudadanos, especialmente enfermos y débiles. Así hemos llegado a la contradicción actual. (1) La cárcel es signo de racionalidad: el estado asume el monopolio de la justicia y así libera a la “buena sociedad” de aquellos individuos que suponen un peligro para ella. (2) Pero, de hecho, ella se ha convertido en signo de falta de racionalidad: no cumple su objetivo, no consigue detener la violencia del sistema, ni rehabilita a los detenidos. Ciertamente, algunos encarcelados han actuado (y pueden seguir actuando) con violencia y peligrosidad sobre el sistema social, amenazando la vida de ciudadanos pacíficos e indefensos; ellos pueden (o deben) seguir apareciendo como culpables en sentido estricto. Pero en muchos casos (quizá en la mayoría) ellos son "víctimas" del sistema social: chivos expiatorios de una mayoría cualitativa dominante que se defiende a sí misma y se siente segura imponiendo su orden aplastando (enviando a la cárcel) a quienes lo amenazan. Como viene declarando desde hace tiempo el director del Departamento de Pastoral Penitenciaria del Estado Español, por cada uno de los encarcelados actuales podría haber en la cárcel otros nueve, que han cometido los mismo o mayores "delitos", pero que no son condenados de hecho por impotencia o dejadez de sistema Cf. Sesma, J. (y otros), La fábrica del llanto, CyJ 45, http://www.fespinal.com/espinal/llib/es45.rt.
(X. Pikaza, Dios preso. Teología y pastoral penitenciaria, Secretariado Trinitario, Salamanca 2005, 56-62).