Un día entre rejas (Leonardo G., Argentina)

En este contexto de preparación de la Merced, junto al trabajo más teórico de M. R Losada, quiero presentar a mis lectores el testimonio de un sacerdote argentino, que me escribe: "Hola Xabier soy Leonardo el sacerdote de Argentina que te consulto por el trabajo en prisión. Aca te comparto un escrito, fruto de mi experiencia. Espero tus ecos fecundos.Un abrazo.P LEO". Gracias, Leo, tu experiencia me ha emocionado, y por eso quiero compartirla con los lectores de mi blog, en estas vísperas de la Merced, la Virgen de los encarcelados. Espero que ellos te ofrezcan sus comentarios. Otro abrazo, Xabier.


Un día entre rejas

La primera vez que llegue al complejo Penitenciario tuve la sensación de estar parado en la punta de un Iceberg enorme y desconocido. No solo por el frió que me trasmitía el lugar sino por el gran misterio que Dios me retaba a descubrir. Igualmente estar ahí trasciende cualquier propósito religioso que se traiga entre manos, ya que todo invita a vivirlo desde la humanidad más honda y profunda.
Es como entrar en un desierto de hierro y cemento, donde el silencio y la soledad soplan con violencia estrepitosa. A modo de huracán empuja y te mete cada vez más en los recónditos menos impensables de una humanidad herida. Es tocar un límite vital donde la frustración y el fracaso te encarcelan sin estar condenado por nadie.

Empezás a sentir en las fibras más intimas de tu existencia lo que ahí se padece y se sufre. Eso hace que te despojes de todo prejuicio que te invite a confirmar que quién está ahí es porque algo hizo, que se lo merecen por lo que hicieron, que nunca tendrían que salir etc. Claro que quien lo mira de afuera y no se involucra con esta realidad lo va aprobar siempre como un lugar de condena merecido.

Eso está claro para la sociedad y para los internos también. Ya están condenados y están pagando con el precio más alto que es la privación de la libertad. Algo que los que vivimos afuera, supuestamente, no experimentamos de manera externa. Pero bien sabemos que podemos estar libres y tener tantas esclavitudes que hagan de nuestra vida un calabozo eterno.

Sin ir tan lejos, la cárcel es una muestra palpable de lo que somos como sociedad y como seres humanos. Por eso quién penetra ahí encuentra un espejo donde se reflejan las miserias humanas de un mundo que todavía no sabe para donde ir ni como reconstruir lo que destruimos a diario. Automáticamente la situación te sitúa en un lugar que es un reto a plantearte, desde la profundidad de tu propia libertad, muchas preguntas sin respuestas y otras que las tienen pero que tenemos que hacer posibles entre todos.
Es parte de la idiosincrasia social no hacerse responsable de lo que a otro le pasa. Este termómetro se siente cuando recién nos toca de cerca a nosotros el padecer en carne propia la tragedia de los imprevistos de la vida o aquellos que se ven venir.

Las realidades se van asomando de a poco, hay que meterse bien adentro para tocar la verdad de lo que ahí se vive. Por eso no es apto para todos. Hay un don que se va desplegando a medida que vas entrando en comunión con esta parte de la humanidad que es lógicamente olvidada como los desechos que se tiran en los basurales, a las afuera de la ciudad, donde el silencio hace un ruido mortal que te deja sordo de superficialidades y banalidades mundanas.
Nada te sirve de escudo. Lo postizo, lo excesivo y lo impensable queda en lo que fuiste antes de entrar a formar parte de esta vida que adentro se lleva a cuenta gotas y con una lentitud extrema para todo. El tiempo no existe. Para ellos el tiempo es igual a su condena. Por eso cada segundo, cada minuto, cada día, cada año; se mide con el “mientras”…mientras tanto ¿qué?

Los “mientras” de la vida son terribles para todos los mortales que nos urge el aquí y el ahora, el momento, sin importar lo que vendrá, lo que se avecina en la incertidumbre del presente.

La mayoría de ellos vivieron la vida sin medir las consecuencias y adentro se sigue actuando sin medir los efectos colaterales de repararse en un lugar tan inhumano. Ellos también lo hacen así porque no conocen la calidad de lo humano y es eso esencialmente lo que tienen que aprender en este tiempo de recuperación vital.

Me duele que en los medios se hayan hecho programas mostrando un lado fenoménico de la vida en prisión, casi burlándose de lo exótico de sus vidas. En verdad es entrar en un tema que nos llevaría a otro y a otro, por eso solo quiero manifestar mi descontento y decir que las desgracias ajenas no se mediatizan sino que se presentan como desafío para hacerlas más livianas.

Cuando la vida se presenta jalonada con desafíos como estos, es bueno ponerse enteramente a disposición de lo que venga con unos buenos lentes receptivos de todo, sin importar quedar pegado o manchado con una vida ajena devastada.

Es muy fino el trabajo que se hace con una persona en estas condiciones. En principio todo lo que se haga tiene que reivindicarlos como” personas”, como seres humanos, seres aceptables y perdonados por quien se dispone a compartir un tiempo con ellos. No a la inversa como suelen ser tratados. La cárcel ya es en sí misma un lugar de condena, de desconfianza, de miedo y soledad.

Nada de eso tiene que estar presente. Ni en las miradas, tampoco en las palabras o en el contacto que se pueda establecer entre ellos. Más allá de sus situaciones pasadas, lo único que hoy tienen entre manos es su presente y nosotros estamos llamados a hacerles un día, aunque sea, más digno, más humano.

Es verdad que a ellos les cuesta entrar en confianza. Pero lo que manifiestan de una manera palpable es que quién viene de afuera y se les acerca equivale a una luz, a un poco de oxigeno, que es el principio de una gran puerta a la libertad interior.

Pensemos por momentos que ellos tienen en el mundo de sus vinculaciones, muchos afectos rotos, personas que los han abandonado, familiares que les exigen respuestas a sus acciones, hijos que preguntan: ¿Dónde está papá? ¿Por qué papá está ahí lejos y no viene a casa?
Muchas familias rotas a causa del hecho que los destino a esa situación de vida, perdidas de bienes, de su lugar en la sociedad, y lo más terrible, de una identidad. Ya no son los mismos para su gente y mucho menos para aquella sociedad que nunca les levantara la sentencia.

Para muchos de ellos tampoco son los mismos y no solamente a partir del “ahora”, sino que la vida que les toco los fue llevando a hacer pequeñas opciones de las cuales hoy tienen que dar cuenta. En muchos casos, no en todos, podemos decir que al conocer su historia, todo llevaba a caer en distintas maneras de trasgredir el límite de la libertad.
Pero es sano para lograr el primer objetivo no tener en cuenta la causa penal por la que están condenados. En definitiva por ello ya están pagando y a un precio muy alto. Lo que importa es que les den un lugar, un espacio, en el que se sientan “personas”, que no los miramos desde la falta y la culpa sino desde la benevolencia y la confianza que ellos necesitan para dar sus primeros pasos. La libertad humana es un bebé que cuando se reprime o se mal utiliza se transforma en un monstruo incontrolable. Por eso los primeros pasos en la sanación de ella son esos que los bebes dan con inseguridad y con miedo. Necesitan unos brazos que los espere del otro lado y con una sonrisa los confirme nuevamente en la capacidad de hacer las cosas bien.

Esa es la ternura que se necesita si queremos que realmente vivan este tiempo como un tiempo de restauración y no de condena estéril para seguir con la misma vida. Es mucha la vida que se desprende de alguien que siente que llego a un punto muerto. Para muchos es un tiempo de “protección” ya que en la noche oscura de una soledad profunda han llegado a la certeza de que era la cárcel o la muerte. El darse cuenta de que no vivían bien, de que la vida que llevaban no era buena, los pone en un principio de arrepentimiento sanador para seguir caminando en el camino de regreso a casa. Por eso es muy importante recuperar los gestos y las palabras que inyectan de esperanza y verdad la responsabilidad de un futuro nuevo en libertad.

La sintonía con la verdad propia y actual de cada uno es una luz que iluminara los próximos pasos. Pero no se hace desde la culpa y los reproches sino desde la seriedad de asumir una “nueva oportunidad” a conquistar.
Como en la sociedad, adentro hay códigos que respetar que son propios de un sistema decretado, los cuales no tienen que jugarles en contra de esa conquista sino a favor de ellos y por supuesto de todos. Sin olvidar eso, aventurarse a que ellos revisen en el baúl de su corazón quebrantado, las armas que hoy tienen para la pelea que la vida les exige. Que no son las mismas que usaron afuera y que evidentemente los metieron en una batalla peor. Armas que los que estamos afuera seguimos usando de manera sutil pero que van destruyendo de a poco el tejido de una convivencia más humana.

Más allá de la crueldad que irradian estas verdades la más terrible de todas es que como sociedad no estamos preparados para recibirlos otra vez. Ya no confiamos en ellos, están marcados por la ley del talión, han traspasado un límite que no perdonamos ni estamos dispuestos dejar que nos sirva a todos como una enseñanza.

Pero ellos si tienen la esperanza de regresar a casa, aun sabiendo todo lo que perdieron y todo lo que les espera. Ella es su pan cotidiano que da fuerza para no asfixiar la ilusión ni ahogar la poca respiración que les queda. Por eso es fundamental manifestarles la acogida que brinda el agua fresca del peregrino sediento, de cambiar el rumbo y la mano tendida para acompañar esos pasos que retornan a un mundo perdido.

Necesitan volver a sentirse queridos, tenidos en cuenta y lo más difícil de todo, que vuelvan a creer en ellos. Para ello necesitan que les enseñamos a creer en sí mismos, que pueden volver a conseguir la capacidad de que los valoren gratuitamente. Saber que cuentan con alguien que no les va a tomar examen de vida sino que le contagie las ganas de seguir viviendo. Desean ser escuchados desde un lugar que no tenga que ver con defenderse ni justificarse sino donde puedan expresar sus necesidades y sus propósitos de cambiar.

Si como sociedad no preparamos un andamiaje para que ellos puedan regresar a otra vida, todo lo que se haga adentro resultara en vano. Por eso hay tanta reincidencia en los internos que salen y vuelven porque es ahí donde únicamente encuentran “trabajo” bien remunerado. No encuentran dentro del sistema las vías adecuadas y suficientes para insertarse honradamente y vuelven a delinquir.

En el lenguaje de la cárcel se denomina “Ranchear” al espacio dentro del pabellón donde se comparte la mesa y los bienes que puedan llover para hacer de este tiempo, un espacio más familiar. Se van reagrupando y creando lazos de supervivencia en el “Rancho”. Allí se refugian haciendo comunión de bienes, de tristezas y de la confianza más honda. Hay gente que no hace rancho porque son “pareas”, esto significa que no tienen visitas, o sea, nadie que les traiga algo para compartir, y otros porque todavía no han aprendido a convivir y prefieren estar solos.
También están los que siguen delinquiendo adentro presionando con amenazas a quien les puede dar un mejor pasar, unas buenas zapatillas y hasta dinero depositándolos en cuentas por los familiares de los mismos internos.
El estar adentro no implica dejar totalmente la vida anterior. Ellos mismos arman el submundo de la corrupción y la delincuencia porque no conocen otros estilos de vida. Por tanto es ardua tarea de quienes trabajamos en el servicio penitenciario para brindar un aprendizaje tan profundo que los invite a vivir mejor.
Para algunos es una triste noticia que apostemos a los derechos de los internos. Sobre todo para aquellos que, justificadamente, quieren de las rejas un lugar de condena y no de restauración humana.

El único derecho que no tienen es el derecho a la libertad, o sea que después no se les puede privar de nada que nosotros afuera hacemos. Tienen todos los derechos humanos menos el de la libertad. Eso implica que vivan con los derechos básicos de una buena alimentación, de un espacio digno para descansar y convivir. Que puedan desplegar su creatividad en trabajos manuales que los haga sentir útiles y necesarios para la comunidad. Estas tareas resultan muy buenas cuando tienen el famoso “peculio” con el que pueden seguir manteniendo a sus familias. Es dinero que se deposita por su trabajo en una cuenta bancaria que después en libertad podrá contar como para volver a empezar sin robar. En el mejor de los casos lo retira su familia que ha quedado en la calle porque el padre de familia se ha ido y no tienen alguien que les traiga el pan de cada día. Eso les permite no sumar otra preocupación a la vida nada fácil que hoy tienen que llevar a los golpes. También cuentan con la oportunidad de “educación académica” para avanzar en los estudios que ya tienen o que nunca empezaron.

Eso también los hace salir preparados para vencer el duro desafío de la sociedad que los espera afuera.
Este es sólo un pantallazo que permite pisar las huellas de este lugar inexplorado desde una visión positiva del amor. Tenemos mucho para darles y para devolverles.

Ellos que nada tienen nos enriquecen cada vez más. Porque nos permiten amarlos desinteresadamente y en ellos a todos los hombres que todavía siguen clavados en una cruz irredimible para muchos.

Nos prueban y desafían constantemente mostrándonos muchas veces nuestras mediocridades e hipocresías. Ellos Tácitamente te enseñan que si seguís con una vida muy parecida a la de ellos podes terminar de una peor manera. Te trasmiten el valor primordial de vivir en una libertad sana e integrada a un mundo de ideales que todavía no comenzamos a construir.

Si el Iceberg sigue flotando en las aguas de nuestra dureza de corazón y no le acercamos el sol de nuestra misericordia y compasión, el mismo seguirá haciéndose más y más grande. Seguirá enfriando el mundo y nuestras vidas. Depende de nosotros que disminuya y pronto alcancemos entre todos el hermoso paisaje de la patria en la que deseamos vivir.

Padre Leonardo Gonzalbes
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