A favor y en contra del Nuevo Concilio (J. Montserrat y otros)

a) Que la Iglesia Tradicional está anclada en un paradigma de poder ontológico, según el cual las cosas se definen y deciden desde arriba, como en la ontología y la política greco-romana (sin lugar para algún tipo de búsqueda común o concilio, pues todo está decidido de antemano).
b) Que ese paradigma (aunque tradicional) no responde al kerigma del evangelio, que es anuncio y compromiso de vida, en un mundo abierto a posibilidades distintas, en libertad y diálogo, no imposición religiosa.
c) Que por fidelidad al evangelio y honradez científica (desde la perspectiva del pensamiento y de la experiencia político/social de la actualidad) la iglesia debe cambiar de paradigma, volviendo al evangelio de la búsqueda compartida, en un mundo abierto y dialogante como el nuestro.
d) Que ese cambio implica y exige un Concilio (“El Nuevo Concilio”), donde la experiencia cristiana vuelva a presentarse en forma de diálogo y propuesta compartida, en línea de “kénosis” cristiana (no de imposición religiosa).
e) Ese concilio ha de ser “hermenéutico”, es decir, “de interpretación” del cristianismo como “kerigma kenótico”, anuncio y presencia del Dios que se introduce por Cristo en el “espacio borroso” de la realidad, no para definir algo desde arriba, sino para abrir un camino de evangelio creador.
Esta propuesta de J. Montserrat no ha recibido, a mi juicio, la atención debida, pues las fuerzas pensantes de la Iglesia parecen estar en otras lides, en línea de imposición religiosa y no de diálogo y ofrecimiento de evangelio (en el contexto borroso y riquísimo de la modernidad). Por eso vuelvo a presentarla y lo haré en cuatro momentos:
1) Empiezo presentando la tesis de Fernando (comentarios del 16. 05), quien piensa que los concilios no abren caminos (no lo han hecho históricamente), sino que sirven (han servido) para apuntalar mejor el orden establecido.
2) Evoco después las intervenciones de R. Puig (comentarios 17.5), quien afirma que, en este momento (siendo resultado de nombramientos sesgados de los últimos papas) los obispos actuales, reunidos en concilio, no sabrían decir sino “lo mismo”, lo que han dicho y dicen los que los nombraron.
3) Presento una breve reflexión, tomada de un trabajo mío, donde digo que es preciso un cambio de Iglesia para que sea posible el Concilio propuesta. En este tipo de Iglesia (la que nace de las reformas del siglo XI y de la Contra-Reforma del XVI, tras el fracaso de los conciliarismos de comienzos del XV) un Concilio no tiene sentido.
4) Dejo, finalmente, la palabra al mismo J. Montserrat, que insiste en su idea de Concilio, que supone una serie inmensa de cambios evangélicos y humanos dentro de la Iglesia.
Todo esto nos permitirá, si Dios lo quiere, volver a la posibilidad y necesidad de ese nuevo Concilio que, de formas distintas, parece que todos queremos. Para ello será necesario volver al tema de la “kénosis” cristiana (eclesial y conciliar) en que se expresa el evangelio. El nuevo Concilio ha de ser kenótico, o no será.
1. FERNANDO. LOS CONCILIOS SIEMPRE HAN MANTENIDO LO QUE HAY
¿Y por qué constatar que las cosas de la Iglesia suceden al revés de lo que parece indicar este autor? Es decir, si uno lee bien la historia de la Iglesia, parece suceder varias cosas tocante a los concilios:
1. Que los resultados teológicos y religiosos de su convocatoria 'salen' inesperadamente por una línea distinta de aquellos que creían que era la solución a todos los problemas. En definitiva, que las respuestas del concilio dejan abiertas muchas cuestiones e, incluso, acucian más las tensiones previas o generan distintas. Basta para ello estudiar la historia de los primeros concilios para darse cuenta..., sobre todo para los perdedores.
2. ¿Por qué suponer que un concilio va a determinar, de pronto, el redescubrimiento del 'verdadero' cristianismo? Esto es, creo yo, de una ingenuidad desarmante, porque en realidad suele ser al contrario, que la cadena de los concilios cristaliza el desarrollo hacia cambios y actualizaciones en nuevas perspectivas... para hacerlo más 'tradicional', es decir, más adaptado….
Es decir, lo que pretenden los concilios es asentar de paso la 'política' de asentamiento en la sociedad, y de cierto pragmatismo en su adaptación para querer transformar el mundo en sentido cristiano.
Conviene entonces desmitologizar los concilios como fuerza utópica a contracorriente, cuando son fundamentalmente creadores de tradición fija, reformulaciones de la misma y fuerzas que aspiran a misionar la fe todo el mundo... respecto a esos "otros" que son los herejes y cismáticos en su caso o doctrinas y formas de pensamiento no compatibles.
3. Los concilios no resuelven cuestiones de 'nuevos paradigmas', sino (que quieren) responder y poner al día el paradigma 'de siempre', es decir, ecumenizar la doctrina cristiana, universalizarla, o diríamos algunos, "hacerla viable" para el mayor número de personas con independencia de que se sientan o no a gusto con el asentimiento a su doctrina.
Parece desprenderse de las tesis que XP expone del autor, que la energía conciliar es una potente fuerza para dirigirse al paradigma del cristianismo de mayor hondura e ideal. Esto, con perdón, no creo que fuera cierto en el pasado, pero ahora menos, dado que el concilio es una convocatoria de arriba a abajo, o al menos de unos que son sus protagonistas respecto de otros que están "fuera" de las discusiones conciliares
En suma, que el concilio seguirá siendo reunión tipo sanedrín -por muy comprometidos que estén- de clérigos, profesores, obispos, cardenales, teólogos y/o laicos con galones. ¿Y los demás? A Twitter.
2. ROSER PUIG F. EN CONTRA DE UN NUEVO CONCILIO, EN ESTA IGLESIA
Yo no soy partidaria de un nuevo concilio. Y menos “desde arriba”. Por muy bien pensado y organizado que estuviera, no cambiaría lo que necesita cambiarse: el nefasto testimonio que da la ICAR de que se puede servir a Dios y al Dinero al mismo tiempo, en contra de la opinión de Jesús de Nazaret.
No se puede negar que existen dos iglesias en la Iglesia Católica: la del Poder y la del Espíritu. El CVII fracasó porque la Iglesia del Poder no había renunciado a detentarlo. Juan Pablo II y Benedicto XVI han sido los artífices de ese fracaso. Uno y otro han hecho todo lo posible por devolver al a ICAR (que parecía despertar bajo el soplo del Espíritu) el esplendor y la influencia mundial que podía perder si no conseguían convertir en papel mojado los propósitos y planteamientos verdaderamente cristianos que el CVII parecía haber recuperado. Lo llamaron la “nueva evangelización”. Y no mienten.
Es una evangelización de un evangelio propio de los que están asentados en el Poder y fingen adorar a Dios, mientras se adoran a sí mismos a través de las estructuras eclesiásticas que presentan como “sagradas”. Esta Iglesia del Poder no necesita de ningún concilio para consolidarse en el Poder. Nunca ha dejado de poseerlo.
En cambio, la Iglesia del Espíritu no puede celebrar ningún concilio porque no está estructurada. Si consiguiera estructurarse (como parece que desean algunos/as) correría el peligro de ser absorbida por la Iglesia del Poder. Y el evangelio de Jesús de Nazaret volvería a ser prostituido.
3. PIKAZA. UNA IGLESIA NUEVA PARA UN CONCILIO EVANGÉLICO
En este momento, un concilio de obispos al uso sería quizá contraproducente, no serviría para llegar a la raíz del evangelio. Para que el Concilio nos permita retomar el camino del evangelio es necesario que las comunidades sean autónomas, capaces de buscar y recorrer su vía cristiana: es tiempo bueno para que un tipo de jerarquía "dimita", dejando su autoridad en manos de las mismas comunidades, de manera que ellas asuman su responsabilidad e inicien un camino de búsqueda compartida. La nueva “asamblea” cristiana no puede ser concilio de este tipo de obispos actuales.
Para volver al evangelio hay que impulsar una nueva forma de vida cristiana. Muchos parecen resignados a mantenerse a la expectativa: observar lo que sucede, resguardarse mientras pasa la tempestad. En contra de eso, pienso que el proceso de reforma y recreación eclesial sólo tiene sentido si va unido a un nuevo impulso misionero.
-- Las comunidades deben constituirse a sí mismas, desde la misma vida de los creyentes, que se descubren llamados por la Palabra y Amor de Jesús, sin más finalidad que dialogar y ser comunión de personas, compartiendo la vida. Los mismos creyentes deben rehacer el camino de la fe, en formas de amor liberado, desarrollando sus ministerios y liturgias del pan y vino (o sus equivalente simbólicos en plano de comida). Ningún cristiano sustituir a otro en su camino, pero todos se acompañan y ayudan en el gesto redentor del amor mutuo y la entrega gozosa de la vida.
-- Las comunidades han de vincularse formando federaciones que se abren y extienden hasta llenar el mundo. Un mismo amor las empuja, una experiencia de gratuidad las une, integrando así comuniones más amplias, conferencias de iglesias reunidas, sea en torno a un obispo central (obispados mayores), o en torno a un consejo de obispos (conferencia episcopal etc.), o formando otro tiempo de vinculaciones (con otros tipos de ministerios, de varones y mujeres). Cada iglesia es por sí misma presencia de Reino (no recibe autoridad por delegación), pero todas pueden y deben unirse en comunión de espíritu y diálogo, como células de amor que se van expandiendo al mundo entero.
Es evidente que las comunidades tendrán estilos distintos para celebrar su fe y construir su unidad, sobre la base del único evangelio y la palabra clave de los primeros concilios. Pero más que la unidad en la expresión externa de la fe importará la comunión y comunicación, que supera las imposiciones de algunos o la dictadura del sistema. No será un camino fácil. Habrá que recorrer nuevamente grandes itinerarios de fe y amor, en un proceso enriquecido por el recuerdo de las viejas cristiandades. Se ayudarán unos a otros, pero cada comunidad deberá resolver sus problemas, recorriendo su propio itinerario creyente.
El camino será variado, habrá tentativas distintas, con el riesgo de perderse en las muchas experiencias, pero sólo así, dejando en libertad a los caminantes, podremos rehacer la gran marcha de la fe, como muestran los escritos del Nuevo Testamento. En ese contexto será fundamental la solidaridad misionera entre las diversas iglesias, con mayor movilidad y mayor presencia de las unas en las otras, en clima dialogal, en plano de pan, de casa y de palabra.
Es necesario que las iglesias recuperen su identidad y responsabilidad: que se enfrenten a la tarea de actualizar su mensaje a la cultura del tiempo y de recrear su organización ministerial, compartiendo experiencias, pero sin querer hacerlo todas de la misma forma. Que no haya control teológico, ni miedo a pensar y decir lo que se piensa (como en la actualidad), ni una Congregación unitaria y secreta de Doctrina de la fe, que se atreve a decirnos lo que debemos decir...
Ciertamente, tanto el Credo Romano como el Niceno-Constantinopolitano son básicos y los primeros concilios de la Iglesia universal siguen ofreciendo un canon de fe, pero después será preciso que aprendamos a dialogar sin presupuestos ni complejos de verdad con los demás cristianos (ortodoxos, protestantes, nuevos tipos de creyentes).
En este campo, me parece necesario que recuperemos, por amor al evangelio, la libertad para pensar en libertad y comunión, de manera que la misma dinámica de la verdad vaya abriendo nuevas comprensiones del misterio, sin ocultamiento o miedo, pues la "verdad del amor" (cf. Ef 4, 15) se irá sedimentando por su densidad, no por coacciones exteriores. Debemos confiar en el "sensus fidelium" o sensibilidad creyente de las comunidades, capaces de discernir y vivir la verdad, en diálogo comunitario, sin distinción de clérigos y laicos.
Sólo recorriendo su camino, en este nuevo mundo del sistema, las iglesias aprenderán a dialogar de forma evangélica, sin los miedos y reservas actuales, creando formas de vinculación, desde la fe común, en transparencia de amor. Sólo así podrá ser de nuevo importante la función petrina de la iglesia católica, pero no en clave de uniformidad, sino de diálogo entre las comunidades. Es posible que nuestra iglesia católica tenga que dejar muchas de sus obras actuales para potenciar otras, en línea de comunión gratuita de personas, conforme al modelo kenótico del Cristo, que ha entrado en el dolor y el amor de la historia para potenciarla por dentro.
Sólo allí donde se inicie este camino podrá (quizá deberá) darse un nuevo Concilio, entendido como experiencia de fe compartida, como impulso de fondo de evangelio.
4. JAVIER MONSERRAT: LA IGLESIA ESTÁ ABOCADA A UN NUEVO CONCILIO
(entrevista por Eduardo Martínez)
http://www.tendencias21.net/Javier-Monserrat-la-Iglesia-esta-abocada-a-un-nuevo-concilio_a5366.html
La Iglesia debería celebrar un nuevo concilio porque así lo exige la dinámica de la historia, explica en la siguiente entrevista Javier Monserrat, jesuita y profesor en la Universidad Autónoma de Madrid, autor del libro "Hacia un nuevo Concilio", que acaba de llegar a las librerías. El nuevo concilio debería introducirnos en el nuevo paradigma de la modernidad, añade Monserrat. Tras su celebración, la iglesia debería establecer los fundamentos para una nueva recristianización de los creyentes y establecer el marco para un compromiso final del cristianismo y de las religiones en la lucha contra el sufrimiento humano.
Javier Monserrat es jesuita y profesor en la Universidad Autónoma de Madrid. Estudió psicología y filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. También estudió teología en la Philosophische-Theologische Hochschule Sank Georgen, Frankfurt am Main. Ha sido investigador visitante en en el Institute of Cognitive Studies, de la Universidad de California en Berkeley, estudiando ciencia de la visión. Es miembro del Seminario X. Zubiri y Director de la revista PENSAMIENTO. Es también asesor de la Cátedra Ciencia, Tecnología y Religión, en la Escuela Técnica Superior de Ingeniería de la Universidad Comillas, editor de los primeros cuatro volúmenes de la serie especial Ciencia, Filosofía y Religión (2007-2010) de la revista PENSAMIENTO y editor de Tendencias de las Religiones en Tendencias21. Javier Monserrat edita asimismo los blogs Hacia un Nuevo Mundo y Hacia un Nuevo Concilioen la misma revista.
Su docencia e investigación en la UAM, y en las facultades eclesiásticas de la Universidad Pontificia Comillas, ha versado sobre percepción, ciencia de la visión, epistemología, filosofía y psicología de la cultura, filosofía política, filosofía de la religión y teología. Entre otras obras es autor de Dédalo. La revolución americana del siglo XXI (Madrid, 2002); Hacia un Nuevo Mundo. Filosofía Política del protagonismo histórico emergente de la sociedad civil (Madrid 2005); y Hacia el Nuevo Concilio, El paradigma de la modernidad en la Era de la Ciencia (Madrid 2010), sobre la que versa el contenido de esta entrevista.
Usted acaba de publicad un nuevo libro, Hacia el Nuevo Concilio, que tiene un título sugerente y protemedor…
Pienso que así es. No sólo sugiere, sino que enuncia una intención definida: la de incitar a caminar hacia el Nuevo Concilio. Es evidente que un concilio representaría para la iglesia algo muy importante que incita al optimismo. Sugiere muchas cosas. De salida, al leer el título, que ciertamente es un reto importante, unos tenderán a imaginar unas cosas y otros otras. Unos lo verán bien y otros mal. Unos pensarán: aquí tenemos un nuevo problema. Otros en cambio atisbarán un horizonte esperanzador. Pediría que no se juzgara el libro sin estudiarlo, sin entender correctamente su contenido.
Pero su propuesta también es atrevida para los tiempos que corren…
Es atrevido por cuanto es muy ambicioso en su diseño y en sus conclusiones. Se atreve a recapitular dónde se halla la iglesia, cuál es el problema que nos hunde en un desconcierto global que hoy todos sufrimos y a diagnosticar qué debería hacerse para que la proclamación del mensaje de Jesús, del que es depositaria la iglesia, pudiera hacerse en nuestro tiempo con la calidad que estamos moralmente obligados a intentar alcanzar. Reconozco que se necesita “atrevimiento” para proponer un concilio, e incluso hacer lo que llamo “la gran simulación” de su contenido. La verdad es que muchas personas han apuntado a la necesidad de un concilio; recordemos al Cardenal Martini. Sin embargo se ha tratado hasta ahora de deseos vagos e imprecisos. Por lo que yo conozco, no existe hoy en día en toda la iglesia, una propuesta seria, argumentada, precisa, de altura especulativa, similar a la que propongo en este libro. Para hacerlo, ciertamente, he tenido que ser “atrevido”, pero no ingenuo o irreflexivo.
Su propuesta está basada en un razonamiento de altura. ¿Cree que llegará a los ciudadanos?
Mi libro es un ensayo, con estilo propio que se explica en el Prólogo. Quise hacer un libro más divulgativo. Pero me di cuenta de que debía explicar las cosas bien, y esto exigía precisión y, naturalmente, más espacio. En realidad sólo hay dos capítulos (de los ocho de que consta) que tienen una mayor dificultad. El tercero sobre la historia de lo que llamo el paradigma greco-romano y, sobre todo, el capítulo cuarto en que expongo la imagen de la realidad en la Era de la Ciencia. El resto del libro es perfectamente legible para una persona culta que haya leído libros de ciencia, filosofía o teología. Naturalmente, no se pretende que una persona inculta o sin preparación adecuada pueda afrontar la lectura directa del libro. Sin embargo, con ayuda y con dirección de un, digamos, tutor, esta obra puede ser entendida y leída por muchísima gente. Para facilitar su estudio el libro está dividido en muchas secciones tituladas y el lector siempre sabe dónde está. No se perderá. Los índices son muy amplios y precisos. Además, hay bloques de información compactos en letra pequeña (más difíciles) que, a discreción del lector, pueden ser abordados o no, o aplazados. El libro permite que un lector avezado se haga una pronta y precisa idea de su contenido. Tiene una línea argumental muy clara y definida. Pero no hay duda que es un libro para estudiarlo.
Pero, ¿por qué un nuevo concilio?
En el capítulo octavo expongo una enumeración sistemática de las razones que, a mi entender, justifican apelar a la celebración de un concilio. Debo precisar que no afirmo que pasado mañana deba celebrarse un concilio. La iglesia no está preparada para ello. Mi libro debe entenderse como una propuesta que debería formar parte de un proceso de reflexión, con múltiples aportaciones, que condujera al concilio. ¿Es posible un nuevo concilio? Al menos es posible el concilio que se argumenta en mi libro; pero hay más: es la argumentación que muestra por qué el nuevo concilio es necesario. ¿Las razones del concilio? En una entrevista no es posible enumerarlas todas y explicarlas. Pero quiero hacer una observación. El concilio deberá celebrarse porque la dinámica de la historia lo exige. Lo exige la lógica de la misma fe cristiana situada en la historia. Cuando la lógica del cristianismo, la fuerza moral que brota de la fe cristiana, conduce hacia algo, acaba por hacerse inevitable.
¿A qué lógica del cristianismo se refiere?
La esencia del cristianismo es el kerigma proclamado por la iglesia que transmite la doctrina, las palabras y los hechos de Jesús. Ya desde el principio, la iglesia creyó con firmeza que la Voz del Dios de la Revelación era la misma Voz del Dios de la Creación. Por ello, la razón fue construyendo poco a poco una hermenéutica o interpretación de la fe cristiana en la cultura del tiempo. Se construyó así lo que llamo el paradigma greco-romano en el que todavía se halla la iglesia. Paradigma que tiene dos dimensiones, la filosófico-teológica, de carácter teocéntrico, y la socio-política, fundada en el teocratismo. Hablo de la iglesia, no de teólogos o escuelas concretas. Sin embargo, el hecho es que, por la dinámica histórica, la imagen de lo real en el mundo antiguo comenzó a variar sustancialmente al configurarse la modernidad en el renacimiento y en la ilustración. Fue un cambio en las dos dimensiones, la científico-filosófica y la socio-política.
El logos hermenéutico de la visión antigua del cristianismo quedó más y más desfasado. La iglesia se vio aislada y comenzó una larga tribulación histórica, todavía no concluida. Dos causas han dificultado hasta ahora que la iglesia hallara su nuevo “logos en la modernidad”. Primero, el pensamiento de la misma modernidad que no había llegado a la madurez y la iglesia se sentía agredida por la visión moderna del mundo y de la historia (por ejemplo, la ciencia ha sido “reduccionista”, casi hasta ahora). Segundo la carencia de alternativa viable al paradigma antiguo. No es posible cambiar si no existe una alternativa que sustituya con orden y concierto lo que ya se tiene. Pues bien, la tesis del libro es precisamente que la modernidad ha entrado en vías de madurez y, por ello, comienza a vislumbrarse la alternativa, el logos cristiano de la modernidad, es decir, lo que llamo el paradigma de la modernidad. Después de veinte siglos de historia cristiana en el paradigma antiguo ha llegado el momento en que la dinámica histórica nos lleve a vislumbrar el nuevo logos de la modernidad. La tarea del concilio debería introducirnos en el nuevo paradigma de la modernidad; es una obra tan importante que exige un nuevo concilio. Probablemente uno de los más importantes de la historia.
Sí, pero importantes pensadores cristianos han rechazado la “adaptación a la modernidad”…
Es claro que para la teología cristiana la iglesia es depositaria de la doctrina de Jesús. Por ello, en efecto, no tiene sentido teológico pensar que el kerigma cristiano pueda “adaptarse” a la modernidad. Es lo que es y la iglesia es servidora de ese kerigma. Estamos de acuerdo obviamente con Von Balthasar o con los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI que han insistido en esta fidelidad al kerigma. Mi libro no pone en cuestión el kerigma, sino la permanencia en una hermenéutica, la del paradigma antiguo. Mi libro habla de la hermenéutica del kerigma cristiano desde el logos de la modernidad. Es una cosa distinta. San Agustín y santo Tomás defendieron distintas hermenéuticas, una y otra compatibles con el kerigma cristiano.
A medida que el pensamiento moderno ha descrito mejor la naturaleza del universo real, de la vida y del hombre, entendemos mejor qué mundo ha sido creado por Dios. Y esta profundización en la Voz del Dios de la Creación nos permite emprender una hermenéutica más profunda del mensaje de Jesús como Voz del Dios de la Revelación. Esta nueva hermenéutica no es trivial: es una exigencia moral de la conciencia cristiana, depositaria de la Revelación para iluminarla desde dentro del logos de cada época.
Usted está hablando del paradigma de la modernidad, ¿en qué consiste?
Es el entendimiento o interpretación global (hermenéutica) del cristianismo desde la experiencia de nuestra época: o sea, desde la Voz del Dios de la Creación iluminada por los conocimientos alcanzados en la Era de la Ciencia y en la Cultura Moderna. El paradigma tiene muchos matices y contenidos que expongo en el libro. Pero me refiero aquí sólo a lo fundamental. El paradigma antiguo daba una descripción del hombre teocéntrica, abierto a Dios por una patencia absoluta de la verdad. No era posible un “humanismo sin Dios”. Dios se imponía por la estructura natural objetiva que guiaba la razón humana y por la revelación cristiana. Pero el hombre que entiende su existencia a la luz de la razón moderna se sabe en el interior de un universo enigmático en que se plantea del drama personal y de la historia. El “enigma” del universo y el “drama” de la existencia pesan sobre la conciencia del hombre moderno.
Dios ha creado el mundo con una borrosidad que permite una hipótesis puramente mundana que pueda dar sentido a la vida de quienes se colocan libremente al margen de Dios; pero es una borrosidad que permite también la hipótesis teísta que funda la religión universal. Pero esta borrosidad metafísica instala a todo hombre (teístas, ateos y agnósticos) ante un esencial problematismo natural que acompaña siempre sus vidas. Se expresa en dos preguntas que sintetizan la condición metafísica de todo hombre:
¿existe realmente un Dios oculto y en silencio que crea el “enigma” del universo y el “drama” de la historia? Este Dios oculto,
¿tiene una voluntad final de desvelarse y de liberar al hombre y a la historia?
Es la gran inquietud ante el posible Dios oculto y liberador.
Sin embargo, ese paradigma se refiere al cristianismo, ¿en qué sentido?
Así es, en efecto. El hombre real, desde la experiencia del mundo moderno, se encuentra con el kerigma cristiano en la iglesia y entiende que la Voz del Dios de la Revelación en Jesús es la misma Voz del Dios de la Creación. El libro hace un análisis pormenorizado de la armonía entre nuestra experiencia del mundo moderno y el kerigma. Así, refiriéndonos a lo esencial, la obra creadora de un universo enigmático, autónomo y dramático se entiende como el escenario diseñado para la libertad y la creatividad humana donde serán posibles el Misterio de Iniquidad, el pecado, y Misterio de Santidad, según el eterno designio trinitario nacido de la Sabiduría Divina. El pecado de la humanidad y el drama sangriento de la historia, que hubieran hecho la creación del mundo inviable, se han hecho posible por la aceptación del hombre y de su historia real, de su Redención por obra de la Sabiduría o Verbo Divino que en la persona divina de Jesús manifiesta y realiza en un momento de la historia el eterno designio creador y salvador de Dios.
El sentido del mundo real, el mundo de la modernidad, donde el hombre siente su libertad y ve que Dios no se le impone, ha sido posible y se ilumina por el Misterio de Cristo. La muerte de Dios en la cruz revela el ocultamiento, la humillación, la kénosis de Dios ante el mundo que crea el enigma del universo y el escenario dramático de la libertad en la historia. La resurrección de Cristo tras la muerte real anticipa que el designio trinitario es la filiación divina que realizarán los santos en la transcendencia metahistórica.
En el Misterio de Cristo el hombre moderno entiende que Dios responde a su inquietud metafísica esencial ante el posible Dios oculto (la cruz) y liberador (la resurrección). Por ello, el mundo moderno permite la hermenéutica en toda su profundidad de algo que es esencial en el kerigma cristiano de siempre: que el Dios del cristianismo es el Dios de la libertad, el Dios que apela a nuestra libertad para introducirnos maravillosamente por la filiación divina, hermanados con Jesús, en la corriente trinitaria del Espíritu del Padre, del Espíritu del Hijo y del Espíritu Paráclito que enciende en nosotros la vivencia del Amor trinitario en Dios.
¿Cómo se traduciría todo esto en la obra del nuevo concilio?
La iglesia ha pasado, y todavía atraviesa, una gran tribulación histórica que fue tomando consistencia a medida que crecía la fuerza de la modernidad. La iglesia se mantuvo numantinamente en las posiciones del paradigma antiguo. Tras el Vaticano II procuró ignorar en lo posible el paradigma greco-romano y tomó fuerza una teología kerigmática en el marco de un cierto incompromiso hermenéutico, realizándose también las adaptaciones ad hoc necesarias. Pero el paradigma antiguo, teocéntrico y teocrático, sigue estando ahí y sus huellas rebrotan continuamente.
Frente a esto el concilio debería ser el gran escenario en que la iglesia, ante el mundo, repensara su propia historia hermenéutica, explicara con toda claridad cómo y por qué la experiencia del mundo moderno permite una extraordinaria iluminación del kerigma cristiano y proclamara el mensaje de Jesús que llama a todos los hombres a confiar en la existencia de un Dios creador y liberador por encima de su lejanía y de su silencio, por encima del desconcierto ante el enigma del universo y el drama de la historia. La iglesia en la oscuridad de su camino en los últimos siglos era depositaria de una piedra preciosa que, tras veinte siglos en el paradigma antiguo, ha llegado el momento de sacar a la luz del mundo moderno para que brille en toda su fuerza y esplendor.
¿Cuáles serían las consecuencias del concilio?
El nuevo concilio sería eminentemente hermenéutico. La iglesia respaldaría una nueva hermenéutica y debería establecer los fundamentos para una nueva recristianización de los creyentes. No sería un concilio que contuviera definiciones dogmáticas. En mi libro he propuesto una posible gran simulación del concilio, con aquellos documentos que debería contener. Sin embargo, el concilio debería jugar también un papel importantísimo en potenciar un nuevo enfoque en las relaciones interconfesionales cristianas e interreligiosas. Deberían iluminarse por la idea de la “religión universal”, “cristianismo universal” e “iglesia universal” que se hace posible por el paradigma de la modernidad, tal como se expone en el capítulo VI. Igualmente, el concilio, al entrar en el paradigma de la modernidad en la dimensión socio-política, deberá también contribuir a establecer el marco para un compromiso final del cristianismo y de las religiones en la lucha contra el sufrimiento humano.
¿Cree que su propuesta será escuchada?
No lo sé. Como creyente pienso que, si Dios quiere que la iglesia se mueva en esta dirección, las cosas acabarán por ir de acuerdo con el espíritu providente de Dios sobre la historia. Pero la verdad es que no me atrevo con seguridad a establecer por dónde irán los misteriosos designios de Dios sobre la iglesia. No soy un profeta. Pienso, eso sí, que hay indicios para pensar que debemos evolucionar en esta línea. En otro caso no habría escrito este libro. Esto es claro. Sin embargo, no tengo hasta ahora ninguna seguridad subjetiva. Habrá que ver. Lo que sí puedo decirle es que mi responsabilidad personal es ofrecer a la iglesia y a la opinión pública de los creyentes esta propuesta que, ciertamente, creo construida con argumentos de alto nivel, con toda honestidad y dentro de la mayor fidelidad al kerigma cristiano del que somos depositarios como iglesia. Pediría a los creyentes que sintiéramos la tribulación y la oscuridad en que se halla inmersa la iglesia, desde hace siglos.
Que sintiéramos la obligación cristiana de hacer presente con calidad el mensaje de Jesús ante la historia. Que sintamos la libertad de buscar y ponderar las cosas con el ejercicio de nuestra razón cristiana y el soplo del Espíritu, dejando de lado los prejuicios y las exclusiones injustas. Soy consciente de que no es fácil pasar desde un mundo de seguridades y verdades absolutas al enigmático y borroso mundo de la modernidad. Pero pensemos que la debilidad del Dios kenótico, humillado, es la fuerza del cristianismo porque en ella descubrimos la fuerza del Amor de Dios en la Creación que se dona totalmente a la historia humana, la dignidad y la libertad de los hombres. Si la persuasión personal va creciendo, aparecerán sin duda la movilización cristiana necesaria para caminar hacia donde debemos ir. Cada uno es responsable ante su conciencia que, si es cristiana, urge a promover con la mayor calidad la proclamación ante el mundo del kerigma cristiano (Eduardo Martínez,Artículo leído 3297 veces).