La tarea de la Iglesia. Una manifiesto desde Córdoba

He dirigido un curso sobre la iglesia, en Córdoba, Argentina, de donde acabo de volver a España. Hemos tenido un intercambio intenso de ideas y experiencias, llegando a la conclusión de que la Iglesia se halla viva, más vida de lo que muchos podían suponer. Ha merecido la pena dialogar con más de 150 especialistas de toda la República. Partiendo de ese diálogo he redactado este tipo de "manifiesto", que asume y despliega, en un contexto muy cambiado, las ideas básicas de aquel Manifiesto de Córdoba, que los mercedarios redactamos y publicamos en 1978, desde una perspectiva de honda represión política, de intensísimo deseo de liberación cristiana.


Introducción

Han pasado más de XVIII desde el surgimiento de la iglesia católica y episcopal que ha pervivido hasta la actualidad. Pero ahora ese modelo de Iglesias parece estar en crisis. El problema no lo hemos inventado nosotros. Han cambiado las cosas: empezamos a entender el diálogo con el judaísmo de otra forma; el influjo del helenismo sacral parece estar acabando; el modelo de unidad vinculada al imperio romano ha perdido gran parte de su eficacia. La iglesia establecida en su modelo actual en la segunda mitad del siglo II ha entrado en crisis.
La culpa no es nuestra. El tiempo nos ha puesto en una encrucijada y debemos tomar una decisión, pues dejar las cosas como están, manteniendo el sistema actual, parece la peor, al menos desde el punto de vista de occidente. No se trata de romper con violencia lo que existe. Tampoco Jesús derribó el templo, sino que lo hicieron celotas y romanos luchando por el control del sistema; pero aquel templo estaba ya vacío, muerto, antes que ardiera en las llamas de la guerra. Un tipo iglesia oficial parece que debe cambiar, para realizar de forma nueva lo que hizo en el siglo II de. C.
Desde entonces han pasado muchas cosas: la conversión del Imperio Romano al cristianismo (siglo IV-V d. C.), el surgimiento de la Iglesia occidental latina (con la separación de las iglesias ortodoxas de oriente), las rupturas del protestantismo, la expansión colonial con la globalización posterior… Han pasado muchas cosas, positivas y negativas. Pero todo nos permite suponer que el modelo clásico de iglesia, surgido en el siglo II d. C. ha perdido ya su capacidad de expansión y de diálogo con el mundo. La iglesia parece que está dejando de ser cristiana, es decir, “mesiánica”. Ya no responde a lo que quisieron los “apóstoles” (es decir, su creadores), tras la pascua de Jesús. Por eso es necesario un cambio radical, en el que pueden destacarse los siguientes puntos, que deben aplicarse de maneras distintas en Oriente y Occidente, en el Primer Mundo de “origen” cristiano y en otros países y culturas donde el cristianismo nunca ha sido dominantes. Éstos pueden ser algunos momentos de ese cambio:

1. Partir de lo que existe. Algunos sienten prisa: les gustaría que llegaran nuevos romanos imperiales (como el 70 d. C.) para destruir la sacralidad externa de la iglesia actual. Otros sostienen es tiempo apocalíptico: acaba la iglesia, termina el cristianismo, pero acaba también la vida sobre el mundo. En contra de eso, pienso que las realidades actuales siguen teniendo un sentido y que es mejor apoyarse en lo que existe, pues mucho de ello es bueno: fruto de un largo proceso de fe y sufrimiento, de un camino esperanzadamente abierto. Lo que a veces nos parece simple iglesia en ruinas (conforme a la visión de Francisco de Asís) contiene elementos que deben aprovecharse y restaurarse, según el ejemplo de aquel que no quiso quebrar la caña cascada, ni apagar la mecha humeante (cf. Mt 12, 20). Aquí debe aplicarse la paciencia histórica, hecha de ternura ante lo que parecen ruinas. Según eso, no se trata de destruir por la fuerza nada de lo que hay, ni de luchar con violencia (y mucho menos con resentimiento) en contra de las instituciones actuales de la Iglesia. Sin duda, muchos “edificios” que hemos construido pueden y deben desaparecer, como tuvo que desaparecer el templo de Jerusalén (cf. Mc 11, 15-16 par). Pero en principio no queremos destruir nada, sino asumir como propia la herencia de la Iglesia para transformarla.

2. ¿Un cambio en la cabeza? Algunos piensan que lo más importante es cambiar las estructuras externas, llegando incluso a decir que debe desaparecer le “curia vaticana” en cuanto “curia” o casa señorial del “kyrios” que administra desde arriba la suerte y vida de sus subordinados. Posiblemente, debe ser así, pero ese no es el único problema, ni quizá el primero de la Iglesia. El problema no es que cambie la Curia de Roma (¡como si tuviéramos que echar toda la culpa a la cabeza!), sino que todos vivamos el Evangelio y seamos Iglesia. Desde hace siglos se viene hablando de una reforma "in capite et in membris" (de la cabeza romana y del conjunto de los miembros de la cristiandad), pero ha llegado el momento de recordar que ese modelo no responde al evangelio.
Conforme a la visión de 1 Cor 12-14 y de Rom 12, 4-6, todos los cristianos formamos un cuerpo unitario en la diversidad, sin que se pueda hablar de una cabeza superior. Ciertamente, Ef 1, 22 y Col 1, 18 hablan de “cabeza” de la Iglesia, pero esa cabeza es sólo el Cristo, ningún hombre de este mundo. Por eso, no podemos empezar hablando de un cambio en la cabeza (esa cabeza está bien puesta, es Cristo), sino de un cambio de todos, desde abajo. Por eso, lo que más importa no es el cambio en el Estado o en la Curia del Vaticano, sino la conversión de todos los cristianos.
En contra de lo que podía pasar en otro tiempo o en otras circunstancias (en tiempos de Lutero, en ciertos estamentos de las iglesias orientales), la inmensa mayoría de nosotros, de origen católico sentimos una gran ternura por el Vaticano (su historia y actualidad), pero pensamos que sus funciones centralizadoras y burocráticas han de cambiar pronto. No se trata de pequeñas reformas externas, sino de cambio teológico de fondo. Hay algunos que tienden a identificar el Reino de Jesús con un sistema sacral, que identifican la comunión de los creyentes con la uniformidad administrativa. Pues bien, en contra de eso, debemos afirmar que en el principio y centro de todo cambio debe estar la vuelta al evangelio.
Ciertamente, debe cambiar la Curia Vaticana y, en algún sentido, se podría decir que debe incluso desaparecer, pues no existió curia vaticana en los primeros siglos de la Iglesia y mucho menos hasta la segunda mitad del siglo II, en que no había ni siquiera un “obispo de Roma”, en la forma posterior. Pero pienso que debemos aceptar con gozo el surgimiento del episcopado (aunque haya iglesias, como las presbiterianas, que no lo admiten). Más aún, pienso que el papado ha sido y sigue siendo una bendición de Dios, en la línea de la tradición petrina. En esa línea, lo que importa no es el mantenimiento de un tipo de curia vaticana, sino helecho de que los cristianos seamos capaces de crear iglesias, como hicieron en el tiempo del Nuevo Testamento los galileos y los doce, las mujeres y los parientes de Jesús, los helenistas y otros grupos, no para la dispersión, sino para la comunión.

3. A favor de la comunión de las iglesias (y del servicio del Papa). Dicho lo anterior, pensamos que la historia no ha corrido en vano. Ciertamente, el obispo de Roma en cuanto tal no es necesario, pues no lo hubo hasta entrado el II EC (la primera iglesia de Roma estaba dirigida por presbíteros), pero de hecho surgió el Papa y ha realizado una función de pacto y unidad, sintiéndose vinculado a Pedro (y Pablo), cuya memoria y confesión mantiene Roma. Pero no está primero el Papa y luego las iglesias, sino que están primero las iglesias, las comunidades de los seguidores de Jesús, y luego, como signo de la comunión que se establece entre ellas, está el Papa.
A mi juicio, un tipo de Curia Vaticana (que empezó en el siglo XI d. C., se consolidó en el siglo XVI y sólo ha terminado de estructurarse en los siglos XIX y XX) puede cambiar (e incluso desaparecer), para que puede realizarse mejor la función de diálogo y encuentro concreto entre las iglesias que ha querido realizar la Iglesia de Roma, siguiendo la inspiración de Pedro. La forma de administración del papado (Curia Vaticana) no parece ser ya la de Pedro, ni la de los primeros obispos de Roma, a partir de la segunda mitad del siglo II, en comunión con las restantes iglesias.
Tras veinte siglos de historia (que nos permite ser lo que hoy somos), tenemos que volver a retomar el reto de los primeros cristianos, para reconstruir de esa forma la Iglesia de Jesús. En esa línea deberá surgir un modelo distinto de unidad en comunión, que no sea un simple retorno a los primeros diez siglos (con sus encuentros y concilios, sin un gobierno centralizado), ni tampoco una continuidad de los diez siglos siguientes (con la toma de poder de Roma), sino experiencia de comunión dialogal entre iglesias hermanas y autónomas, dentro de un mundo que se unifica, a otro nivel (no en clave de comunión humana, como quiso Jesús, sino en clave de puro sistema. En esta comunión aún no explorada deberá mantener su palabra de recuerdo, de impulso en caridad y de concordia en la fe el obispo de Roma, como signo personal (histórico, presente) de comunicación entre las comunidades.

4. Creatividad comunitaria, a partir de los pequeños y expulsados. La Iglesia es lugar donde nacemos a la fe y aprendemos a vivir; pero sobre todo es casa donde compartimos el pan y dialogamos, como hermanos-hermanas y madres (cf. Mc 3, 31-25), en madurez humana y búsqueda comunitaria. En ese sentido, decimos que ella es comunidad de iglesias, pero comunidad que se construye a partir de los últimos, de esos que en lenguaje cristiano llamamos los “pobres” (los expulsados de las sociedades establecidas, los ninguneados y oprimidos) a los que Jesús ofrece y confía el evangelio, de manera que ellos fueron portadores de su mensaje (la primera iglesia de Galilea se funda a partir de los itinerantes pobres, que evangelizan a los más ricos).
Muchos de nosotros, hemos querido construir las iglesias siguiendo el modelo de la sociedad triunfadora, del imperio romano, de la filosofía griega, del gran templo de Jerusalén, con sus sacerdotes. Hemos edificado iglesias sabias, poderosas, santas (en el sentido sacral de la palabra), iglesias que han llegado a “controlar” (muchas veces para bien), la vida de los pueblos cristianos. Pues bien, ha llegado el momento en que debemos retomar el impulso de Jesús, que construyó su comunidad desde “las ovejas perdidas de la casa de Israel”, es decir, desde los expulsados de su mundo. No construyó su iglesia sobre los grandes sacerdotes y sabios, sobre los gobernadores y los sacerdotes de Jerusalén, sino partiendo de los pecadores, enfermos, desclasados y hambrientos de la sociedad galilea de su tiempo. Con aquellos que eran la “escoria” de un mundo que quería ser brillante y poderoso (como el nuestro), con los que no servían para los grandes edificios sacrales y sociales (las piedras des-echadas) construyó Jesús su grupo, es decir, dejó que ellos lo construyeran.
No se trata de hacer una iglesia desde arriba y de hacerla nosotros, “los buenos arquitectos”, sino de dejar que la hagan ellos, los mismos expulsados, los negados de la historia actual. Ciertamente, nosotros, los que venimos quizá e las “grandes tradiciones” teológicas y eclesiales, tenemos una palabra que ofrecer, una historia que contar… Pero no vamos a ser nosotros los que construyamos la Iglesia del futuro: tendrán que hacerla “ellos”, los expulsados de las nuevas sociedades industriales, poscoloniales, a los que debemos ofrecer la “antorcha” del evangelio, de un evangelio que no es nuestro, sino de los hambrientos y sedientos, de los tristes y expulsados de este mundo, de aquellos que parecen que no tienen nada que aportar.
Se dice que muchos de los problemas que actualmente tenemos en la Iglesia provienen de la falta de “inserción” de muchos cristianos (e incluso de un tipo de iglesia oficial) en el mundo de esos pobres. Pero esa palabra (inserción) es ambigua. Los pobres de verdad no tienen que insertarse en la pobreza, simplemente “son”, como fue Jesús, un hombre pobre, un artesano, que asumió la suerte de los artesanos y los pobres de su tiempo, para iniciar desde ellos y con ellos el camino del Reino. No se trata de anunciar desde arriba el evangelio, sino de hacerlo desde dentro de la misma sociedad actual, de manera que los mismos “pobres” (es decir, los hombres y mujeres de nuestra sociedad concreta) asuman el camino de Jesús y nos trasformen a los otros (a muchos de nosotros, que venimos también de la iglesia de “arriba”, de lo que pudiéramos llamar la “High Church” católica). Sólo allí donde los pobres (de diverso tipo: económico, social, cultural) asumen y anuncian el evangelio podrá haber renovación de la Iglesia.

5. ¿Líderes eclesiales? No se trata de crear buenos líderes al modo actual (¡como nosotros!), sino de dejar el evangelio en manos de sus destinatarios, los pobres (los no gobernadores, no sacerdotes… en el plano antiguo), para que ellos abran caminos nuevos. Una y otra vez, en la tradición de los evangelios, Jesús aparece como un hombre que se opone a la “búsqueda de protagonismo” de los buenos líderes de la Iglesia (Pedro, los Doce). Una y otra vez rechaza Jesús su pretensión de “tomar el poder”, fundando así una Iglesia desde arriba, como indica toda la tradición sinóptica (cf. Mc 9, 33-37; Mt 18, -5; Lc 9, 46-48; Mc 10, 35-45; Mt 20, 20-28; Lc 22, 24-29.
Sin duda, los líderes actuales (obispos y presbíteros) son importantes (somos importantes). Pero si nos cerramos en este tipo de líderes corremos el riesgo de crear una iglesia patriarcalista, jerárquica, desde arriba, como un tipo de “protectorado espiritual” que va dirigiendo a los otros, pero que no les deja que sean ellos mismos, que asuman su libertad, que desplieguen su responsabilidad. Está en juego el sentido del “apostolado cristiano”, como sabe el Nuevo Testamento.
La Iglesia no ha empezado con el surgimiento de unos obispos o de una jerarquía (como quería decir 1 Clemente), sino a partir de unas comunidades que se han formado tras la Pascua de Jesús. Ciertamente, para el surgimiento de esas comunidades han sido importantes unos líderes (como Pedro y Pablo, Santiago y la Madre de Jesús, Maria Magdalena y Felipe, Bernabé y los autores anónimos de los evangelios), pero ellos no han sido el centro de la vida de la iglesia, sino animadores y guías de un camino realizado por todos. El evangelio quiere que las iglesias se formen desde abajo, a partir de los itinerantes a quienes envío Jesús, de los “exilados y peregrinos” de 1 Pedro, de los rechazados del orden social del Apocalipsis.
Los líderes eclesiales del principio del cristianismo no han sido formados en una escuela clerical de apostolado, sino en el mismo camino de la vida, por la fuerza del Espíritu, en diálogo con sus comunidades. Desde ese fondo ha de surgir nuevamente (siempre), dentro de la Iglesia. No se pueden planear, pues no son administradores de una empresa. Pero surgirán, allí donde se vida conforme a la experiencia del Espíritu. Estamos convencidos de que están surgiendo ya en las comunidades cristianas nuevos “animadores” en línea de evangelio, hombres y mujeres capaces de percibir el rumbo de los tiempos y de impulsar la tarea del Espíritu Santo, desde el interior de las mismas comunidades. No se pueden empezar buscando (queriendo crear) buenos líderes en el sentido organizativo, sino de suscitar Iglesia, es decir, de vivir conforme al Espíritu de Jesús, sabiendo que así surgirán líderes eclesiales.

6. Se trata de crear (de dejar que surja) un nuevo tipo de liderazgo, que no vaya en la línea del sistema político o administrativo, un liderazgo en el amor, en la línea de lo que el mismo Ignacio de Antioquía quiso descubrir en la iglesia romana (cf. Rom, Introducción), diciendo que ella tenía la “presidencia en el amor”. No se trata de una presidencia administrativa (¡la Iglesia no administra!), ni de de una presidencia de honor (¡la Iglesia no es un sistema de honores!), sino una presidencia de amor, que consiste en dejar que el mismo amor presida y vaya suscitando formas de vida liberada, compartida. Presidir en el amor (agape) significa simplemente “amar”, no “organizar el amor” en forma de sistema, de manera jerárquica o impositiva, sino dejar que el mismo amor, desde los últimos del mundo, se vaya expresando como principio y experiencia de comunión.
Los líderes actuales de las diversas “empresas” (políticas, económicas, mediáticas…) se crean y forman de un modo programado, con una finalidad concreta (obtener votos, lograr rendimientos y liquidez monetaria, conseguir audiencias…). Pero las iglesias de Jesús no son empresas de producción y consumo, sino comunidades de vida gratuita y gozosa. El liderazgo en ellas pertenece al plano del despliegue de la misma vida en gratuidad como valor supremo, vida que cada creyente tiene que est ar dispuesto a “perder” (en plano individual) para que se extienda la vida compartida, en gratuidad. Crear líderes significa animar a vivir el evangelio.
La Iglesia de los últimos siglos ha sido experta en crear líderes de tipo jerárquico y espiritual, formándolos para ello, en línea de conocimiento bíblico y teológico y de administración comunitaria. Aquí estamos nosotros, que hemos nacido de esa formación. Pero ha llegado el momento en que los líderes de las Iglesias deben surgir desde la misma vida eclesial, como en el comienzo del movimiento cristiano. Necesitamos “grupos cristianos”, como los de los galileos y jerosolimitanos, como los helenistas y los del Discípulo Amado. Los líderes cristianos no se programan y forman a partir de un tipo de jerarquía previa, sino desde la misma dinámica del evangelio.

7. Hogar contemplativo. En la línea anterior, muchos de los que ya somos mayores hemos recorrido un camino de compromiso que ha venido marcado, en los años setenta y ochenta del siglo XX, por la teología de la liberación. Lo que entonces sentimos y dijimos continúa siendo válido. Pero ahora, pasado un tiempo, pensamos que, para lograr aquello que quisimos (en línea de evangelio), debemos insistir quizá más en la experiencia contemplativa (es decir, en la capacidad de escucha de la voz de Dios que nos habla a través del evangelio).
Eso significa que no podemos programar lo que han de ser los cambios de la Iglesia en el futuro, sino “escuchar” lo que dice el Espíritu de Jesús, en comunión con el Evangelio. Eso es contemplar: dejar que el Espíritu de Cristo hable en nosotros, en libertad, eclesialidad y encarnación. 1. Libertad. El Espíritu habla sin ningún tipo imposición de varones sobre mujeres (o viceversa), sin dictados de una jerarquía sobre los laicos, de manera que los mismos contemplativos (¡todos!) busquemos y exploremos un camino de misterio. 2. Eclesialidad. La Iglesia es lugar de contemplación, espacio donde todos los creyentes pueden dejarse trasformar por el Espíritu de Jesús, para compartir la experiencia de fe, en la comunidad total de los creyentes o en grupos menores, de diverso tipo, por un tiempo o por toda la vida, ofreciendo al conjunto de la iglesia el testimonio de lo que el Espíritu hace en ellos. 3. Encarnación. Como se ha dicho muchas veces, el siglo XXI que ahora empieza debe ser un siglo de contemplación o, de lo contrario, el hombre se destruirá. Pues bien, esa contemplación tiene que ser abierta a los pobres, en solidaridad con los últimos del mundo, desde los últimos, en respeto hacia la naturaleza. Debe ser contemplación para el amor, en forma de comunidades donde se celebre la vida y se pueda aceptar la muerte con esperanza.

7. La Iglesia, una mutación humana. Lo distintivo de Jesús es vivir, querer vivir, con gozo, transmitiendo la vida, compartiendo vida. Eso es lo que quiso Jesús, con sus palabras y sus milagros: que los hombres y mujeres fueran capaces de aceptar la vida como don y cultivarla, comer y beber, amarse y esperar el “Reino”, la revelación de Dios en la misma vida. Se ha extendido entre muchos la impresión de que la iglesia es una instancia que prohíbe, como los “gnósticos” de Colosas: “No tomes, no toques, no gustes…” (Col 2, 21). En contra de eso, el Dios cristiano ha hecho las cosas para que se tomen, se toquen y se gusten las cosas (comunión personal), en camino de amor agradecido y compartido. La Iglesia ha de ser una escuela de gozo en el amor, un semillero de vida.
La Iglesia debe ser un “hogar” para los nuevos hombres y mujeres del siglo XXI que se sienten carentes de hogar (como sabía 1 Pedro). Ella ha de ser experiencia de libertad por encima de la ley, experiencia de universalidad, por encima de las diferencias nacionales y sociales, culturales y políticas, como sabía Pablo (Gal 3, 28). La iglesia debe ser un hogar donde los hombres puedan descubrir el sentido de la vida y crecer como hermanos, en intimidad emocionada, en amistad cercana (como quiso el Discípulo Amado). Para que eso sea posible no se pueden programas las cosas con leyes y estructuras impuestas desde arriba, sino que se debe vivir desde la libertad del evangelio.
En esa línea nos atrevemos a decir que la Iglesia ha de ser el lugar donde se expresa e impulsa una mutación humana, no una mutación de tipo biológico (como en los vivientes inferiores), sino una mutación en gratuidad y comunión. Las mutaciones anteriores se han realizado básicamente por azar, a través de un proceso de cambios fortuitos y de selección de aquellos que han permitido que los vivientes se adaptan mejor a su “nicho ecológico”. Pues bien, la mutación de la que hablamos es una “mutación ya experimentada en Jesús”, una “nueva humanidad” recibida y querida, por gracia y gratuitamente compartida.
Esto es lo que han experimentado los primeros cristianos. Ellos descubrieron de pronto que su humanidad “había cambiado”. Ellos podían vivir y vivían de otra forma, no como resultado de un esfuerzo propio o de un mérito especial, sino de un don que habían recibido. Ellos se descubrieron portadores de un “gen” de humanidad mesiánica, que se trasmite y se comparte a través de la Palabra y el Amor. Así fueron hombres y mujeres nuevos, en Jerusalén y Galilea, con Pablo o con el Discípulo amado… Fue un cambio o mutación centrado en Jesús de Galilea, en su vida y mensaje, en su muerte y su presencia resucitado. Todos estaban seguros de ellos, aunque fueran grupos distintos y aunque lo expusieran de modos distintos, como dice Pablo en 1 Cor 15, 4-8.
Por eso surgieron desde Jesús “diversas iglesias”, pero todas vinculadas por la misma experiencia de la “vida nueva”, del cumplimiento mesiánico de la humanidad. Es lógico que los portadores de esa experiencia se vincularan entre sí, dialogando y compartiendo su novedad mesiánica, a pesar de la diversidad de sus perspectivas. Por eso, desde la diversidad dialogaron y se vincularon, siendo distintos, desde el mismo Cristo, los grupos de Pedro y Pablo, de Santiago y del Discípulo Amado, de Magdalena y de Felipe… Todos se vincularon, formando iglesias que integraban la gran “ekklesia” o comunidad mesiánica, de la que Pedro pudo un portavoz privilegiado. Muchos de nosotros pensamos que seguimos estando en una situación como aquella: somos portadores del “gen” mesiánico de Jesús; debemos encontrar la manera de compartirlo y expandirlo, desde las diversas perspectivas de nuestras comunidades, partiendo siempre de la inspiración de aquellos que están más alejados de los puestos de mando y de dominio de este mundo viejo.
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