El tibio útero de La Diosa Madre (J. L. Herrero del Pozo)
Dios más que Dios es Diosa, la Diosa Madre.
Diosa necesaria y eternamente preñada del cosmos en la sobreabundancia irrefrenablede su maternidad. El ser y vivir del cosmos es fruto inseparable del amor pródigamente fecundo de la Madre. Orar es simplemente caer en la cuenta de que se es pequeño feto silencioso, amorosamente recibido y acogido en el calor tibio del útero divino. El ser de la Madre no consiste en poder existir vacía, sino como la perpetuamente engendradora que “nunca (ni hacia el futuro ni hacia el pasado) puedeolvidar al hijo de sus entrañas”, como canta el profeta. La realidadhonda del feto es la de ser eternamente concebido “en y desde la
madre”; y la de la Diosa consiste en ser fecunda y siempre dadora de
vida. El Amor es siempre relación interpersonal
Según tengo leído (en Soy un teólogo feliz, Madrid 1994), preguntado Schillebeecks sobre el sentido de la Trinidad, da una contestación que merece la más atenta consideración. Rechaza todas las especulaciones del dogma como inservibles y expresiones de un triteísmo y se limita a decir que la Trinidad “es el modo de Dios de
ser persona”. Sospecho que, históricamente considerado, este dogma emerge como derivación de la consideración progresiva de Jesús como Dios, entendida en clave ontológica la metáfora de la ‘encarnación’. Con ello se cavó un foso insalvable frente al monoteísmo judío y, luego, islámico. Las arriesgadas reflexiones de Schillebeeckx en el texto citado me inducen a considerar que, siendo razonable la atribución al Absoluto
de Dios del ser personal (base de la dialogía) en tanto cumbre del cosmos, el “modo de ser persona” es un atributo sustancial y eterno de Dios, es el Amor al universo creado entendido como lo hago.
Mística cristiana, dialogar con la Diosa
La experiencia del agnóstico es contentarse con el hecho bruto
de su realidad en el mundo, sin inquirir más allá. La del creyente es
intuir un cordón umbilical. El panteísta se vive a sí mismo como
feto tan integrado en el útero que, sacrificando lo múltiple a lo uno,
anula cualquier distinción en el conjunto de todos los existentes y
densifica la abstracción máxima de que hablo arriba -anulada toda
bipolaridad dialéctica- en un Totum concreto e indistinto, el Deus
sive Natura de Spinoza. La espiritualidad oriental busca ir perdiendo
la propia identidad en el Uno. El místico cristiano, en el diálogo
con la Diosa nutricia va ganando su propia identidad a medida
que se densifica la unión. En ambas experiencias “perder” y “ganar”
parecen antitéticos. ¿En qué medida lo son? Podrían constituir el
anverso y reverso de la misma realidad: “el que pierde su vida, la
gana”. Finalmente, el agnóstico se resigna a los estrechos contornos
de su propia identidad intramundana que, por más que vivida con
frecuencia con hondo sentimiento de precariedad, es aceptada no
sin estoica grandeza. El creyente le desearía que no cerrase definitivamente las puertas y, sobre todo, que no sucumbiese en la “distracción existencial”. Más de un agnóstico, a su vez, aconsejaría a más de un creyente que no se llenase la boca de Dios y trabajase en serio la alteridad fraterna ut si Deus non daretur, como si no existiese
Dios. El creyente se percibe en principio como asentado su ser y
actuar sobre la roca de Dios, mas, en la práctica, le acecha el peligro
opuesto al del agnóstico, hacerse propicio a Dios manipulándolo en
su beneficio o endosarle su responsabilidad histórica de la que él,
bajo pretexto de confianza orante y de esperanza, habría dimitido.
El agnóstico honesto lo es en la medida en que reconoce la absoluta
dignidad, “lo absoluto” de cualquier hermano que, leído por un
creyente, es tanto como reconocer en el hermano la latente y palpitante
presencia del Trascendente, “ut si Deus daretur”. . . en el otro.
Creer es confiar en Dios
Al creyente, en cambio, le es imprescindible en sumo grado confiar
en Dios como si todo dependiese de él, pero comportarse, mirar
hacia el futuro y actuar como si todo dependiese de sí mismo (como
intuyó genialmente Ignacio de Loyola), es decir, como si Dios no
existiese. Es la fase por la que va a transitar con frecuencia el creyente
en su evolución espiritual: desprendido de los ídolos (el poder,
el dinero, la ambición, el egoísmo, la misma religión tradicional. . . );
‘muerto’ el Dios de la magia y su cortejo de mediaciones sagradas,
remitido a su libertad autónoma y responsable de su futuro, acechado
por la mordedura del mal y del dolor, el creyente se siente como
desnudo y a la intemperie, vive a Dios como absconditus y a sí mismo
como ser abandonado y solo, como feto sin cordón umbilical.
En este sentido opino que fe y agnosticismo son, de alguna manera,
experiencias hermanas que el cristiano vive frecuentemente como
gemelas en lo secreto de su corazón.
Pienso que esta perspectiva alcanza las raíces del ser: un cosmos
eternamente incluido en el seno de la Diosa Madre. Quedaría superada
la percepción de la realidad visible, en especial la humana,
como lanzada fuera de Dios en el devenir histórico y sólo visitada
por él mágicamente (revelación, encarnación, redención. . . ) de vez
en cuando. Al contrario, la humanidad no abandona nunca el útero
materno donde reside la vida.
El mundo que se hace en Dios
Es otro de los hallazgos derivados de la Ilustración que no ha
encontrado aún carta de ciudadanía en el pensamiento popular de la
cultura occidental. Durante siglos, ésta ha sido configurada por una
visión estática del mundo. En el comienzo de los tiempos, mediante
el acto creador sale de las manos de Dios un universo completo,
terminado y perfecto, con la primera pareja varón-mujer habitando
el paraíso. A partir de ahí, puesto que Dios es el fundamento
de todo, todas las realidades que se mantienen en la existencia lo
hacen gracias a una acción de ‘creación continua’. No sólo eso. En
el caso de la aparición de alguna novedad real, algún salto de nivel
especialmente cualitativo, como sería el tránsito de lo inorgánico a
lo orgánico, de lo inanimado a lo animado, de esto a lo espiritual,
de una pareja a un nuevo ser humano, de la inmovilidad del astro
a su movimiento, del producto de las virtualidades de la mente a
lo sólo conocido por Dios, de la libertad en reposo a su acto, de las
posibilidades naturales de la libertad a lo gratuito sobrenatural. . . , en
todas estas ‘novedades’ de ser ha recurrido la teología a otras tantas
intervenciones especiales de la divinidad. El don creador se prodigaría
puntualmente y con cuentagotas. Dios no es sólo cercano, sino
actuante, providente, continuamente interviniente. Aún hay más.
Llegada la plenitud de los tiempos (¡), el Verbo de Dios se introduce
en la historia del universo. El Espíritu de Dios lo hace igualmente en
los corazones que él libremente elige. Por eso la historia intramundana
que llamamos profana es además sagrada, porque es el mismo
Dios quien interviene directamente en ella. Así es el imaginario religioso
cristiano