Mis otras Áfricas (V), Eritrea
(JCR)
Con una cultura semita milenaria, gentes hospitalarias y amables, playas limpias en el Mar Rojo y pueblos encantadores en paisajes de montaña, Eritrea sería un destino turístico digno de consideración. Sin embargo, es uno de los países más tristes de África. Primero, porque pasó por una devastadora guerra de 30 años y eso deja huella en las almas de las gentes y en las zonas rurales llenas de minas. Segundo, porque Eritrea está bajo la bota de una férrea dictadura del más puro estilo maoísta.
Este régimen totalitario se nota en todos los aspectos de la vida cotidiana: para poder usar un teléfono móvil hace falta un permiso especial del ministerio del interior, así como para viajar por muchas zonas del país; en todo el país sólo hay un periódico y una radio –huelga decir que gubernamentales- y los periodistas que se han atrevido a ser críticos del gobierno están en la cárcel. Una tupida red de inteligencia militar está presente en todas partes, y como consecuencia se nota un ambiente de miedo y desconfianza en todas partes. Además, Eritrea –como suele ser habitual en los regímenes despóticos- intenta desviar sus problemas internos con un lenguaje militarista y agresivo hacia su vecina Etiopía, con quien estuvo en guerra dos años hasta que Naciones Unidas arbitró en su conflicto fronterizo. Los jóvenes tienen que prestar un servicio militar obligatorio tres años, después de los cuales pueden ser aún llamados al ejército en cualquier momento. Los jóvenes que pueden se van del país. Hace pocos meses el gobierno expulsó del país a quince misioneros de diversas congregaciones, en un intento de controlar a la Iglesia Católica, que aunque minoritaria tiene una gran influencia social en el país. A nadie se le escapa que el régimen de Isaías Afeworki intenta tener a la mayoritaria iglesia Ortodoxa bajo su control, como una confesión religiosa oficial dispuesta a sancionar y apoyar los programas del gobierno sin rechistar.
Y es que la gente en Eritrea es muy religiosa, y la religión Ortodoxa está teñida de mil prescripciones calcadas del Antiguo Testamento, que impregnan la cultura local. Ayunos durante la cuaresma y el adviento son elementos muy extendidos, y es común oír las campanas de las iglesias tañer a las cuatro de la mañana los domingos y ver a hombres y mujeres orar apoyados en los muros de las iglesias cerradas, pronunciando lamentaciones sobre su indignidad de entrar en la casa de Dios.
Visité Eritrea durante tres semanas en noviembre de 2004 para dar unos cursillos sobre paz y resolución de conflictos organizados por varias congregaciones religiosas. Me impresionó profundamente escuchar a hombres mutilados, veteranos de guerra, expresando su frustración con una frase que me cansé de escuchar: “Para tener esta dictadura no luchamos 30 años”. Creo que lo decían con sinceridad y que su pena no podía ser más auténtica. Siempre se ha dicho que cada pueblo tiene el gobierno que se merece, pero en el caso de Eritrea por lo menos dudo que esto sea cierto.
Quienes estén interesados en aprender sobre la reciente historia de este país recomiendo encarecidamente el excelente libro de Michela Wrong “No Lo Hice por Ti”, disponible en castellano.
Con una cultura semita milenaria, gentes hospitalarias y amables, playas limpias en el Mar Rojo y pueblos encantadores en paisajes de montaña, Eritrea sería un destino turístico digno de consideración. Sin embargo, es uno de los países más tristes de África. Primero, porque pasó por una devastadora guerra de 30 años y eso deja huella en las almas de las gentes y en las zonas rurales llenas de minas. Segundo, porque Eritrea está bajo la bota de una férrea dictadura del más puro estilo maoísta.
Este régimen totalitario se nota en todos los aspectos de la vida cotidiana: para poder usar un teléfono móvil hace falta un permiso especial del ministerio del interior, así como para viajar por muchas zonas del país; en todo el país sólo hay un periódico y una radio –huelga decir que gubernamentales- y los periodistas que se han atrevido a ser críticos del gobierno están en la cárcel. Una tupida red de inteligencia militar está presente en todas partes, y como consecuencia se nota un ambiente de miedo y desconfianza en todas partes. Además, Eritrea –como suele ser habitual en los regímenes despóticos- intenta desviar sus problemas internos con un lenguaje militarista y agresivo hacia su vecina Etiopía, con quien estuvo en guerra dos años hasta que Naciones Unidas arbitró en su conflicto fronterizo. Los jóvenes tienen que prestar un servicio militar obligatorio tres años, después de los cuales pueden ser aún llamados al ejército en cualquier momento. Los jóvenes que pueden se van del país. Hace pocos meses el gobierno expulsó del país a quince misioneros de diversas congregaciones, en un intento de controlar a la Iglesia Católica, que aunque minoritaria tiene una gran influencia social en el país. A nadie se le escapa que el régimen de Isaías Afeworki intenta tener a la mayoritaria iglesia Ortodoxa bajo su control, como una confesión religiosa oficial dispuesta a sancionar y apoyar los programas del gobierno sin rechistar.
Y es que la gente en Eritrea es muy religiosa, y la religión Ortodoxa está teñida de mil prescripciones calcadas del Antiguo Testamento, que impregnan la cultura local. Ayunos durante la cuaresma y el adviento son elementos muy extendidos, y es común oír las campanas de las iglesias tañer a las cuatro de la mañana los domingos y ver a hombres y mujeres orar apoyados en los muros de las iglesias cerradas, pronunciando lamentaciones sobre su indignidad de entrar en la casa de Dios.
Visité Eritrea durante tres semanas en noviembre de 2004 para dar unos cursillos sobre paz y resolución de conflictos organizados por varias congregaciones religiosas. Me impresionó profundamente escuchar a hombres mutilados, veteranos de guerra, expresando su frustración con una frase que me cansé de escuchar: “Para tener esta dictadura no luchamos 30 años”. Creo que lo decían con sinceridad y que su pena no podía ser más auténtica. Siempre se ha dicho que cada pueblo tiene el gobierno que se merece, pero en el caso de Eritrea por lo menos dudo que esto sea cierto.
Quienes estén interesados en aprender sobre la reciente historia de este país recomiendo encarecidamente el excelente libro de Michela Wrong “No Lo Hice por Ti”, disponible en castellano.