Mis otras Áfricas (IX), Camerùn
(JCR)
Apenas pasé cinco días en Camerún en julio de 1989, a la ida y a la vuelta de un viaje por la República Centroafricana y Chad. Aunque estuve muy pocos días, no dejó de llamarme la atención el contraste entre la lucidez de las muchas “cabezas pensantes” que encontré en este bonito y exuberante país y la tiranía y corrupción de sus dirigentes. Su presidente, Paul Biya (siempre designado como “papa”), con 40 años en el poder, es el decano de los dictadores del continente africano. Durante muchos años Camerún ha estado el primero en las listas que la organización Transparencia Internacional elabora de países más corruptos del mundo. Nada más llegar al aeropuerto casi me roban las maletas los mismos funcionarios de allí y terminé forcejeando con ellos y saliendo a la carrera.
Otro contraste con el que me quedé fue el aire relajado de la capital, Yaundé, con sus hermosas colinas y sus gentes amables (creo que fui a pie a casi todas partes, casi siempre acompañado por personas que no tenían inconveniente en mostrarme el camino), y la agresividad de la caótica ciudad portuaria Douala, donde abunda el crimen y caminar solo puede ser peligroso. En Yaundé encuentra uno arte africano del bueno, sobre todo en el museo del monasterio benedictino de Mont Febé, y sabiendo mirar también en algunos mercados que ofrecen máscaras y estatuas de calidad. Me llamó también la atención la cantidad de estudiantes universitarios que estudiaban español, y que no perdían ocasión de practicarlo cuando se presentaba la ocasión, demostrando además que seguían con interés la liga de fútbol española.
En Yaundé disfruté de la compañía de dos grandes intelectuales africanos, ambos sacerdotes católicos, que han sido víctimas de la intolerancia de los que detentan el poder en Camerún. Pasé una mañana con Jean-Marc Ela, uno de los grandes de la teología africana. Vivía muy austeramente en una casita en uno de los barrios populares en una de las colinas. Autor de libros de cierta consistencia como “Voici le temps des héritiers” y “Ma foi d’Africain”, su reflexión crítica le convirtió en personaje incómodo para muchos, incluso dentro de la Iglesia. Pocos años después de verle en su casa se exilió en Canadá, donde creo que todavía vive.
Si no hubiera salido del país le habría ocurrido lo que a su amigo el jesuita Engelbert Mveng, en cuya casa me hospedé los días que estuve en Yaundé. Creo que fue en 1995 cuando fue asesinado por una de las bandas armadas, sectas secretas relacionadas con personajes en el poder que imponen su ley en el país. Mveng, además de ser un gran teólogo, era también un artista que creó un estilo religioso africano dominado por círculos ovalados en negro, blanco y rojo. Algunas de sus pinturas decoraban la bonita catedral de Yaundé. La mayoría de las iglesias que conozco en África son copias de templos europeos, o bien simples edificios funcionales con poca imaginación decorativa, por eso encontrar una iglesia con motivos artísticos africanos como aquella me produjo una gran alegría. El padre Mveng había compuesto también música litúrgica con ritmos de su país. Acudí a dos misas presididas por él y a pesar de durar más de dos horas me daba pena cuando terminaba la ceremonia. Hombre de gran sencillez y afabilidad, a todas horas ocupadísimo pero siempre sonriente y acogedor, había fundado una congregación religiosa femenina, la Familia de las Bienaventuranzas, que fue un loable intento de inculturar la vida religiosa en África, haciéndola más sencilla y cercana a la gente.
Apenas pasé cinco días en Camerún en julio de 1989, a la ida y a la vuelta de un viaje por la República Centroafricana y Chad. Aunque estuve muy pocos días, no dejó de llamarme la atención el contraste entre la lucidez de las muchas “cabezas pensantes” que encontré en este bonito y exuberante país y la tiranía y corrupción de sus dirigentes. Su presidente, Paul Biya (siempre designado como “papa”), con 40 años en el poder, es el decano de los dictadores del continente africano. Durante muchos años Camerún ha estado el primero en las listas que la organización Transparencia Internacional elabora de países más corruptos del mundo. Nada más llegar al aeropuerto casi me roban las maletas los mismos funcionarios de allí y terminé forcejeando con ellos y saliendo a la carrera.
Otro contraste con el que me quedé fue el aire relajado de la capital, Yaundé, con sus hermosas colinas y sus gentes amables (creo que fui a pie a casi todas partes, casi siempre acompañado por personas que no tenían inconveniente en mostrarme el camino), y la agresividad de la caótica ciudad portuaria Douala, donde abunda el crimen y caminar solo puede ser peligroso. En Yaundé encuentra uno arte africano del bueno, sobre todo en el museo del monasterio benedictino de Mont Febé, y sabiendo mirar también en algunos mercados que ofrecen máscaras y estatuas de calidad. Me llamó también la atención la cantidad de estudiantes universitarios que estudiaban español, y que no perdían ocasión de practicarlo cuando se presentaba la ocasión, demostrando además que seguían con interés la liga de fútbol española.
En Yaundé disfruté de la compañía de dos grandes intelectuales africanos, ambos sacerdotes católicos, que han sido víctimas de la intolerancia de los que detentan el poder en Camerún. Pasé una mañana con Jean-Marc Ela, uno de los grandes de la teología africana. Vivía muy austeramente en una casita en uno de los barrios populares en una de las colinas. Autor de libros de cierta consistencia como “Voici le temps des héritiers” y “Ma foi d’Africain”, su reflexión crítica le convirtió en personaje incómodo para muchos, incluso dentro de la Iglesia. Pocos años después de verle en su casa se exilió en Canadá, donde creo que todavía vive.
Si no hubiera salido del país le habría ocurrido lo que a su amigo el jesuita Engelbert Mveng, en cuya casa me hospedé los días que estuve en Yaundé. Creo que fue en 1995 cuando fue asesinado por una de las bandas armadas, sectas secretas relacionadas con personajes en el poder que imponen su ley en el país. Mveng, además de ser un gran teólogo, era también un artista que creó un estilo religioso africano dominado por círculos ovalados en negro, blanco y rojo. Algunas de sus pinturas decoraban la bonita catedral de Yaundé. La mayoría de las iglesias que conozco en África son copias de templos europeos, o bien simples edificios funcionales con poca imaginación decorativa, por eso encontrar una iglesia con motivos artísticos africanos como aquella me produjo una gran alegría. El padre Mveng había compuesto también música litúrgica con ritmos de su país. Acudí a dos misas presididas por él y a pesar de durar más de dos horas me daba pena cuando terminaba la ceremonia. Hombre de gran sencillez y afabilidad, a todas horas ocupadísimo pero siempre sonriente y acogedor, había fundado una congregación religiosa femenina, la Familia de las Bienaventuranzas, que fue un loable intento de inculturar la vida religiosa en África, haciéndola más sencilla y cercana a la gente.