Mis otras Áfricas (VII) República Centroafricana
(JCR)
Creo que no conozco país más triste y desesperanzador que la República Centroafricana. Aunque lo visité hace ya bastantes años, en 1989, no parece que las cosas hayan mejorado mucho. Uno de los diez países más pobres del mundo, lugares como este lugar pueden exhibir tanto las desastrosas consecuencias de una pésima colonización y peor neo-colonialismo. El país ha estado convulsionado por mil motines e intentos de golpes de Estado, a pesar de la presencia militar francesa que supuestamente están allí para garantizar la estabilidad del África central.
Por no tener, la República Centroafricana no tiene ni población. A pesar de tener casi la misma extensión de Francia apenas cuenta con tres millones de habitantes. La colonización francesa impuso un odiado sistema de trabajos forzados que obligó a muchos de sus habitantes a marcharse del país. El sistema colonial de reagrupamientos forzosos erosionó seriamente la cultura tradicional de la gente, y las enfermedades venéreas (además de la enfermedad del sueño) se han encargado en décadas recientes de limitar la fertilidad de los centroafricanos. Tal vez por esta escasa población sus selvas han sido y continúan siendo lugar de refugio de grupos de bandidos y guerrilleros propios y foráneos que convierten sus zonas rurales en lugares inseguros. La última de estas milicias, formada hace apenas un par de años, está apoyada por el régimen islamista de Sudán (que también apoya a los rebeldes del vecino Chad), y es una amenaza seria para el régimen de Ange Patassé.
Aunque es posible que decir que la República Centroafricana no tiene nada no haga justicia a la realidad. Tiene maderas muy caras en sus bosques, pero las explotan los árabes y los franceses. Tiene diamantes, pero los beneficios obtenidos por su comercio no van a parar a la población, sino a una serie de gobernantes corruptos que han esquilmado el país. El más conocido de ellos fue el autoproclamado “emperador” Jean Bedel Bokassa, derrocado en 1979 después de varios años sostenido en el poder por su amigo el mandatario francés François Mitterrand. Cuando visité el país, unos bizarros y suntuosos arcos imperiales jalonaban la ancha avenida que llevaba del aeropuerto a la capital Bangui, cuyo barrio más popular, el “kilómetro cinco” albergaba a miles de personas venidas del campo que vivían sumidas en la miseria más absoluta.
Visité una vez uno de los ríos donde varios cientos de hombres buscaban diamantes, bajo la atenta mirada de vigilantes árabes armados de fusiles, y me pareció contemplar la imagen más chocante de la esclavitud en tiempos modernos. En los poblados que visité las mujeres se quejaban de que sus maridos abandonaban el campo, atraídos por el señuelo de conseguir dinero rápido, pasaban uno o dos años en los terrenos de aluvión buscando diamantes y regresaban a sus casas con los bolsillos vacíos, alcoholizados y una buena colección de enfermedades. Cuando un hombre encontraba un diamante en su criba recibía una pequeña comisión, que casi siempre se gastaba en uno de los campamentos de prostitutas establecidos en la vecindad. El último día que estuve en Bangui me presenté por la cara en la oficina de dos hermanos españoles que manejaban importantes negocios de diamantes y me echaron en cuanto les dije que venía a recoger información para escribir un artículo para la prensa.
Los poblados de los pigmeos presentan otra estampa deprimente en la República Centroafricana. Hábiles cazadores semi-nómadas, con la explotación maderera salvaje, estas personas se están quedando sin su hábitat natural de selva tropical y perdiendo su cultura y su identidad. Me dio una gran pena ver a estos hombres de pequeña estatura trabajando en los cafetales sin ser pagados, excepto por algo de comida y cigarrillos. De aire pasivo y poco dados a la confrontación, son despreciados por el resto de sus compatriotas.
Creo que no conozco país más triste y desesperanzador que la República Centroafricana. Aunque lo visité hace ya bastantes años, en 1989, no parece que las cosas hayan mejorado mucho. Uno de los diez países más pobres del mundo, lugares como este lugar pueden exhibir tanto las desastrosas consecuencias de una pésima colonización y peor neo-colonialismo. El país ha estado convulsionado por mil motines e intentos de golpes de Estado, a pesar de la presencia militar francesa que supuestamente están allí para garantizar la estabilidad del África central.
Por no tener, la República Centroafricana no tiene ni población. A pesar de tener casi la misma extensión de Francia apenas cuenta con tres millones de habitantes. La colonización francesa impuso un odiado sistema de trabajos forzados que obligó a muchos de sus habitantes a marcharse del país. El sistema colonial de reagrupamientos forzosos erosionó seriamente la cultura tradicional de la gente, y las enfermedades venéreas (además de la enfermedad del sueño) se han encargado en décadas recientes de limitar la fertilidad de los centroafricanos. Tal vez por esta escasa población sus selvas han sido y continúan siendo lugar de refugio de grupos de bandidos y guerrilleros propios y foráneos que convierten sus zonas rurales en lugares inseguros. La última de estas milicias, formada hace apenas un par de años, está apoyada por el régimen islamista de Sudán (que también apoya a los rebeldes del vecino Chad), y es una amenaza seria para el régimen de Ange Patassé.
Aunque es posible que decir que la República Centroafricana no tiene nada no haga justicia a la realidad. Tiene maderas muy caras en sus bosques, pero las explotan los árabes y los franceses. Tiene diamantes, pero los beneficios obtenidos por su comercio no van a parar a la población, sino a una serie de gobernantes corruptos que han esquilmado el país. El más conocido de ellos fue el autoproclamado “emperador” Jean Bedel Bokassa, derrocado en 1979 después de varios años sostenido en el poder por su amigo el mandatario francés François Mitterrand. Cuando visité el país, unos bizarros y suntuosos arcos imperiales jalonaban la ancha avenida que llevaba del aeropuerto a la capital Bangui, cuyo barrio más popular, el “kilómetro cinco” albergaba a miles de personas venidas del campo que vivían sumidas en la miseria más absoluta.
Visité una vez uno de los ríos donde varios cientos de hombres buscaban diamantes, bajo la atenta mirada de vigilantes árabes armados de fusiles, y me pareció contemplar la imagen más chocante de la esclavitud en tiempos modernos. En los poblados que visité las mujeres se quejaban de que sus maridos abandonaban el campo, atraídos por el señuelo de conseguir dinero rápido, pasaban uno o dos años en los terrenos de aluvión buscando diamantes y regresaban a sus casas con los bolsillos vacíos, alcoholizados y una buena colección de enfermedades. Cuando un hombre encontraba un diamante en su criba recibía una pequeña comisión, que casi siempre se gastaba en uno de los campamentos de prostitutas establecidos en la vecindad. El último día que estuve en Bangui me presenté por la cara en la oficina de dos hermanos españoles que manejaban importantes negocios de diamantes y me echaron en cuanto les dije que venía a recoger información para escribir un artículo para la prensa.
Los poblados de los pigmeos presentan otra estampa deprimente en la República Centroafricana. Hábiles cazadores semi-nómadas, con la explotación maderera salvaje, estas personas se están quedando sin su hábitat natural de selva tropical y perdiendo su cultura y su identidad. Me dio una gran pena ver a estos hombres de pequeña estatura trabajando en los cafetales sin ser pagados, excepto por algo de comida y cigarrillos. De aire pasivo y poco dados a la confrontación, son despreciados por el resto de sus compatriotas.