Tonj (Sudán), baloncesto y algo más

Durante los próximo días ustedes me permitirán que presente algunos posts sobre experiencias de deporte y desarrollo que he conocido. Muchas de ellas, como la que presento hoy, están relacionadas con la ONG en la que trabajo, Red Deporte y

Cooperación
, cuya página web recién renovada les animo a que visiten: www.redeporte.org

Alex Deng acaba de salir de clase. Sentado a la sombra de una acacia, este muchacho de 16 años repasa con Jane, una de sus hermanas, los apuntes que acaba de tomar en un cuaderno que guarda siempre en un zurrón de tela del que no se separa nunca. Son las 11:30 de la mañana y con el sol en su zénit el ambiente sofocante nos recuerda que con más de 40 grados a la sombra lo mejor es parar unas horas antes de seguir las clases.

Alex y sus padres viven en Tonj, una pequeña ciudad de la región de Bahr-el Ghazal, en el sur de Sudán. Hace diez años la guerra que asoló cada rincón de esta extensa región les obligó a realizar la misma opción que a muchos otros cientos de miles de personas: o alistarse en las filas rebeldes del SPLA (el grupo que luchó desde 1983 contra el gobierno islamista de Jartum) o salir del país para vivir en un campo de refugiados. La familia eligió esta última opción y durante varios años residieron en Adjumani (Uganda), uno de los centros donde el ACNUR se ocupó de los refugiados sudaneses. Otros que se quedaron en Sudán terminaron por esconderse en el bosque, donde vivieron como desplazados internos en pésimas condiciones.

La guerra entre el SPLA y las fuerzas de Jartum –que se saldó con unos dos millones de muertos- terminó oficialmente en 2005 y hace dos años que Alex, sus hermanas y sus padres regresaron a Tonj. En esta localidad situada a orillas del río que lleva el mismo nombre, la familia de Alex, como muchas otras, intentan rehacer sus vidas en su propio país que un día tuvieron que abandonar y al que han tenido la suerte de poder regresar. Pero el reasentamiento no ha sido fácil y, como reconoce Alex, “en el campo de refugiados nos lo daban todo: comida, educación y medicinas gratis, pero aquí la vida es dura porque hemos tenido que empezar por construirnos una nueva casa y mis padres ya no tienen vacas”. Como casi todos los habitantes de Tonj, Alex pertenece a la etnia dinka, un grupo que tradicionalmente se ha dedicado al pastoreo. El terreno muy árido y seco hace prácticamente imposible la actividad agrícola. La mayor parte de la gente tiene que comprar sus alimentos, y el encarecimiento exagerado de éstos hace que comer cada día sea una tarea nada fácil.

Otros problemas tienen más que ver con tradiciones culturales que suponen un freno para el progreso. Jane, la hermana de Alex, es una de las pocas chicas que tienen la suerte de poder estudiar. Cuando una muchacha dinka llega a los 14 ó 15 años puede esperar que su padre decida con quién se va a casar sin consultarla para nada. Una vez formalizado el matrimonio, el padre recibirá una generosa dote en forma de cabezas de ganado y su hija se quedará sin estudios. En la escuela secundaria principal de Rumbek, de 1.200 alumnos sólo 50 eran chicas, y en el colegio de la misión de Mapourdit, situado a unos 100 kilómetros al sur de Tonj, sólo una de sus escasas alumnas ha conseguido terminar todo el ciclo de secundaria en los 15 años de historia de la escuela.

Como Alex y su hermana, varios cientos de niños estudian en el colegio de los Salesianos en Tonj. La mayor parte de ellos han vivido en campos de refugiados en Kenia o Uganda y han llegado hace uno o dos años. Otros, los que se quedaron, han sido niños soldado en las filas del SPLA. Los responsables de esta escuela, los padres salesianos John Peter Savarimuthu (natural de India) y Cyril (nigeriano) se las ven y se las desean para ofrecer a estos alumnos una educación de calidad que pueda orientarles hacia un futuro distinto y curar las heridas del pasado. Varios jóvenes voluntarios italianos, norteamericanos y eslovacos viven con ellos y ayudan en la realización de varios proyectos relacionados con la escuela. En una comunidad vecina viven varias hermanas salesianas que trabajan en un dispensario en el mismo recinto del centro escolar y se ocupan del internado de las chicas.

Y es que después de tantos años de guerra en Tonj hace falta de todo. Los salesianos no pueden albergar en el internado a todos los alumnos que lo desearían por falta de espacio. Cuando me dirijo muy temprano por la mañana para presenciar el comienzo de las actividades escolares, me encuentro con varios cientos de niños y niñas uniformados y en filas delante de un podio donde se iza la bandera de Sudán y, tras pronunciar una oración, el director de la escuela da los avisos del día y me presenta ante los alumnos, como es de rigor en el África más profunda que valora la hospitalidad. El recinto es amplio y está vallado, pero dentro faltan aulas y algunas están aún a medio construir. Como explica el padre John Peter Savarimuthu, “conseguir materiales de construcción es muy difícil porque hay que traerlos de los países vecinos y a menudo por carreteras peligrosas, pero más difícil aún es conseguir maestros”. Más de 20 años de guerra han dejado un país sin profesionales preparados y los pocos profesores que se encuentran proceden de Uganda y Kenya. La diócesis católica de Rumbek –a la que pertenece Tonj- acaba de poner en marcha la primera escuela de magisterio en esta extensa región, y para ello cuenta con varios religiosos marianistas norteamericanos que acaban de llegar para comenzar este trabajo de formación.

Red Deporte y Cooperación empezó una colaboración con los salesianos de Tonj en el año 2004 para identificar las necesidades del lugar. El año pasado el ayuntamiento de Las Rozas concedió unos fondos para llevar a cabo el proyecto formulado y tres voluntarios de RDC estuvieron en Tonj realizando algunas actividades deportivas y educativas con los alumnos. El pasado mes de julio acaban de concluir las obras con las que hemos aportado nuestro granito de arena a este centro escolar: se han construido unas pistas deportivas para que puedan ser usadas por los alumnos, y también un pozo de donde se extrae agua por medio de una pompa accionada por energía solar.

Llegan las 5,30 de la tarde y, con el sol más bajo, Alex y algunos de sus compañeros abandonan las aulas y corren hacia la pista de baloncesto, un deporte del que los dinka son grandes aficionados, seguramente por la alta estatura que caracteriza a sus miembros. Como suele ocurrir en otros lugares en África, las chicas parecen inclinarse más por el voleibol. En Red Deporte nos alegra pensar que tanto ellos como ellas, que hasta hace no muchos años han conocido las tristes realidades de la guerra, dan ahora un nuevo rumbo a sus vidas gracias a que pueden asistir a una escuela. Una escuela en la que al finalizar las clases pueden, además, disfrutar haciendo deporte.
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