(JCR)
Cuando hace seis meses me pidieron que me trasladara a la capital de Uganda, Kampala, para hacerme cargo de una revista, pensé que después de
18 años viviendo en remotas zonas rurales (y casi siempre en época de guerra) la vida en la ciudad tendría sus alicientes. Cuanto más pasa el tiempo más me doy cuenta de lo equivocado que estaba. Excepto para los cuatro ricachones que viven en barrios residenciales, para la mayoría de la gente la vida en la ciudad africana es un auténtico infierno. Y no estoy hablando de los terribles "slums" de Nairobi, sino de una ciudad como Kampala donde relativamente hay bastante seguridad y no suele haber miseria extrema. Aún así, vivir aquí es una dura prueba diaria.
Les escribo al empezar la noche, todavía con la camisa empapada en sudor después de una caminata de hora y media. No ha ocurrido nada extraordinario, sólo que eran las cinco y pico de la tarde, cuando casi toda la gente sale del trabajo, y hoy ha sido uno de esos días en que no
había medios de transporte público suficientes. En Kampala no hay autobuses municipales, sólo furgonetas conocidas como "matatus" que a veces no cubren determinadas rutas o cuando llegan van atestadas de gente y no paran. Así que los atardeceres en estas carreteras urbanas, generalmente sin aceras, ven pasar a largas hileras de personas que caminan durante largo tiempo hasta sus casas, simplemente porque no hay transporte público suficiente para todos. De todos modos, para muchos habitantes de Kampala que haya matatus o no es lo de menos, ya que una persona con suerte que tenga un empleo por ejemplo, de contable en una empresa, no ganará más de 60 dólares al mes, y el transporte público de ida y vuelta de casa al trabajo le puede salir fácilmente por un dólar al día. ¿Que hacer entonces? Simplemente trasladarse a pie, ya que cuando hay que cortar algún gasto hay que empezar por el transporte. Uno se puede imaginar la gran incomodidad que esto significa en una ciudad donde llueve la mayor parte de los días del año.
Ayer vine de visitar a una señora de 72 años a la que conozco desde hace bastante tiempo. Ha venido de su aldea, a 400 kilómetros al norte, a casa de sus hijos, en un suburbio de la capital. La mujer se ha desmayado ya varias veces en su casa y ha venido al médico, el cual después de realizarle un electro cardiograma le ha diagnosticado insuficiencia cardiaca y ha dicho a sus hijos que necesita urgentemente un marcapasos. En España, donde nos quejamos de tantas cosas, un marcapasos lo pagaría la seguridad social y hay muchos miles de personas que viven con él puesto y realizan una vida con bastante normalidad. Los hijos, que son de los que van a pie al trabajo y comen una vez al día, están preocupados, ya que el médico les ha dicho que tienen que pagar dos mil dólares por el aparatito.
A su madre no le han dicho nada todavía, y probablemente nunca le harán saber que vivirá poco tiempo porque no pueden ni soñar con reunir esa cantidad para que la anciana viva más años. Eso sí, en estos días los periódicos hablan mucho de que se ha completado la construcción del Serena Hotel, un enclave de cinco estrellas que en el mes de noviembre albergará a varios cientos jefes de gobierno y altos dignatarios que vendrán para participar en la cumbre de la Commonwealth.
Es típico del Tercer Mundo la existencia de pequeños enclaves de lujo en océanos de miseria, lo que da lugar a situaciones de lo más absurda, que rayarían en lo cómico y grotesco si no fuera porque en estas situaciones se genera muerte y tristeza de muchos seres humanos.
Pero de estos "enclaves de lujo" les hablaré en mi próximo blog.