¡Qué a gusto me quedé cuando dije que no!

JCR)
Hace varias semanas me llamaron por teléfono de una productora que estaba preparando una serie para televisión. Me explicaron que en la historia aparecía un diálogo en lengua acholi (del Norte de Uganda) y que –queriendo ser fieles a la realidad- deseaban que los personajes hablaran realmente en ese idioma. Se habían enterado que yo conocía la lengua en cuestión y me pedían que tradujera las frases que necesitaban, y acudiera un día con ellos a su estudio para enseñar a los actores que tenían que representar esa parte la pronunciación de la manera más correcta posible.

Mi primera reacción fue alegrarme por el hecho de que esa partecita de África donde he vivido durante casi 20 años hasta hace pocos meses saliera en un espacio público de gran audiencia. Pero como uno a veces no sabe con lo que se va a encontrar, por si las moscas me puse en alerta y dije a las personas que me llamaban que me gustaría mirar el guión, o por lo menos el capítulo en el que se desarrollaban esas escenas para las que pedían mi colaboración, para tener una idea más aproximada.

Así que al día siguiente me llega el capítulo primero de la serie, que ahora mismo no me acuerdo cómo se llama ni tampoco me interesa mucho. Empiezo a leerlo y esto es lo que me encuentro: comienza la película con una banda formada por inmigrantes de Europa de Este que planean varias acciones delictivas en España. Después de dar cuenta de sus siniestros planes, entran en escena la parte que me habían pedido traducir y enseñar a los actores: resulta que la banda de delincuentes, que se dedica a todo lo peor que se pueda uno imaginar como comercio de drogas y de armas, robos violentos y redes de tráfico de mujeres, tiene conexiones con unos inmigrantes africanos que han llegado hace poco a España procedentes de Uganda y que resultan ser antiguos líderes de la guerrilla del LRA. Así que la parte que tengo que traducir es una dramática retrospección en la que se ve a estos personajes llegando a un poblado del norte de este país africano y obligando a un niño a matar a su madre. Los diálogos, como cualquiera se puede imaginar, son bastante macabros y le ponen a uno los pelos de punta.

Así que después de leer todo esto me detengo un momento y al instante tengo claro que no voy a colaborar en este proyecto ni aunque me paguen todo el oro del mundo. Sí, ya sé que en el norte de Uganda pasan esas cosas y peores, pero llevarlas a la pantalla de esa manera para contribuir a extender el estereotipo del inmigrante criminal no me parece correcto. Cuando me llaman para concertar el día y la hora que tengo que ir para enseñar la forma correcta de pronunciar esas frases a los actores que hacen de malos, respondo sin dudarlo:

-Miren ustedes, he leído el guión y me parece que es una historia que contribuye a reforzar la imagen que tiene mucha gente en España de que los inmigrantes son una amenaza, como si todos ellos fueran delincuentes y hubieran venido aquí a cometer fechorías sin fin. Así que lo siento mucho pero no estoy dispuesto a colaborar con algo que va en contra de mis principios.

Y me quedé más ancho que largo.

Porque, digo yo, ya sabemos que en España hay delincuentes extranjeros porque entre los seres humanos hay de todo y nadie lo vamos a negar, pero también podían hacer una serie sobre un inmigrante que llega a España, pasa mil penalidades, vive con estrecheces, y a pesar de todo se esfuerza por ganarse honradamente la vida, comportarse como buen vecino y mandar algo de dinero para que sus hijos estudien en Senegal, Rumanía o Ecuador, que para muchos inmigrantes ya es eso toda una película, y a veces de suspense cuando no de terror. O si quieren hacer una serie policíaca, que las hay y muy buenas, por qué tiene que estar la banda de delincuentes mafiosos formada por extranjeros y no por españoles.

Por todo esto dije que no. Y punto.
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