Un testigo valiente en medio de la destrucción y el odio

(AE)
Estoy estos días en Sudán y, lógicamente, desde los países limítrofes se mira con preocupación a la situación en Kenia, esa llamada “isla de estabilidad” en medio de una región cuando menos bastante activa desde el punto de vista de conflictos.

Como dice el refrán... “otro vendrá que a mí bueno me hará”.. y eso parece que haya pasado en Kenia, donde la situación política ha hecho que de pronto este Sudán, país maltrecho por los largos años de guerra civil, parezca ahora una balsa de aceite. El hecho que el Sur del país -y pronto Darfur- estén presentes los cascos azules es ya de por sí una garantía de protección para muchos civiles. Esa protección que no tuvieron los muchos muertos por la violencia de las últimas semanas en Kisumu, Eldoret, Nakuru o Naivasha, por poner solo unos ejemplos.

En situaciones así, siempre aprendemos algo: que la paz es un don muy frágil. Es mucho más fácil hacer la guerra que la paz y es infinitamente más impactante destruir que construir. La paz -y la seguridad de los más vulnerables- es un microcosmos, un hábitat natural sensible y delicado que debe cuidarse como oro en paño. Creo que hace tiempo que en la región no se hablaba tanto de figuras como Gandhi o Martín Luther King en los medios de comunicación... porque es precisamente lo que necesitan todas las situaciones de violencia y de desorden generalizado: el mirar a ejemplos que, sin ceder en sus reivindicaciones o sus consignas, lo hacen de una manera diferente, sin incitar a la violencia, sin llamar a la exterminación del contrincante... llaman a una resistencia civil no-violenta, incluso llaman a sus seguidores a amar y respetar a sus enemigos.

En un continente lleno de sangrientos dictadores y regímenes bananeros -tan bien descritos en nuestra a veces morbosos medios, que tanto buscan y se regodean en tales temas- también hay que resaltar a los héroes de la humanidad, a aquellos que han decidido ir no por el camino de la violencia y el derramamiento de sangre... a aquellos que incluso han arriesgado su vida por defender a los indefensos. En estos días la prensa de Kenia resaltaba el papel jugado por Cornelius Korir, obispo de Eldoret, que acogió en el recinto de su catedral a 10.000 personas que decidieron acogerse a la relativa protección de un recinto sagrado, en este caso la catedral de Eldoret (otros que huyeron a otra iglesia por desgracia no tuvieron tal suerte y perecieron de la manera más cruenta). Este obispo tuvo que resistir la presión de ciertos grupos que querían que echara de aquel lugar a los que se habían refugiado allí... el no cedió porque sabía que los entregaría a una muerte segura. Como si fuera una versión moderna de “La lista de Schindler”, mucha gente sabe que posiblemente fue su firmeza a la hora de proteger a los que se habían refugiado en su iglesia lo que hizo que ese grupo “pudiera contarlo”. Muchos otros, por desgracia, no tuvieron tal suerte.

Para no caer en la desesperanza, creo que es estrictamente necesario mirar también más allá de la destrucción y la violencia y poder descubrir a estos testigos que han estado a la altura de las circunstancias y que han mostrado su gran corazón, su coraje y su pasión por la vida humana, la cual al final y al cabo no es kikuyu, ni luo, ni kalenyín, sino que es patrimonio de todos, más allá de colores, culturas y lenguas. De ellos, la humanidad debería sentirse orgullosa.
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