Adiós a todo aquello - 2

a) Impensable en aquellos tiempos playas nudistas. Ni tampoco, por supuesto, el “top-less”. Era la policía municipal la encargada de velar por la decencia en las playas. Pero ¿de dónde procedía la compulsión policial? Evidentemente de la autoridad moral, de la clerecía local, regional o estatal. ¿Asustan hoy a alguien? Si bien la sociedad todavía no lo acepta con buenos ojos, lo más que provocan es curiosidad morbosa en algunos. Y en general, indiferencia..
b) Las mismas relaciones sexuales entre jóvenes, y no jóvenes, tiempo ha que dieron de lado los criterios que emanaban del confesonario. Y de acusarse de ello, algo impensable hoy. No existe ni el más leve atisbo de conciencia de pecado, aunque sí el temor a otros aspectos ligados a tal relación: embarazos no deseados, contraer enfermedades…
c) Por los años sesenta, el debate sobre métodos anticonceptivos se vivió con especial virulencia por parte de las autoridades eclesiásticas. Hoy nadie habla de ello. Ni siquiera los mismos fieles. ¿Eran válidas las consideraciones morales de la Iglesia? El tiempo ha puesto a cada uno en su lugar y el silencio impera por doquier. Ha quedado el preservativo como reliquia de aquella controversia
d) La masturbación ha sido algo condenado desde siempre. A la altura de nuestros días produce hilaridad leer los males de toda índole asociados a tal práctica “profiláctica”: ceguera, idiocia, tristeza vital… ¿Cómo la juzga hoy la misma Iglesia? Me da la sensación de que ni siquiera se paran a pensar en ello. Un “allá cada cual con su conciencia” es a lo más que llegan.
e) ¿Y el aborto? Hasta “ayer” ha sido penado social, política y jurídicamente. Todavía la Iglesia lo condena y ven en él la plaga de nuestro siglo. ¿Y la sociedad? ¿Se ha resquebrajado?
f) Entre los papeles encontrados el verano pasado en casa de “los abuelos” del pueblo descubrí uno curiosísimo: un vecino había denunciado a mi abuelo porque había enganchado la mula --“supuestamente” para trabajar en domingo--. En el pliego de descargos se hacía referencia a ir a la estación a recoger a unos familiares. La multa correspondiente era cuantiosa: 25 pts. No sé en qué paró la cosa, pero el hecho es significativo. Ocasiones hubo en que el cura del pueblo denunció ante la Guardia Civil a algún vecino que laboraba en día de precepto.
g) Un domingo de verano, a comienzos de la década de los 60, los muchachos del pueblo decidieron ir al bar a ver en la recién estrenada televisión un partido de fútbol, en vez de acudir a la iglesia al preceptivo rosario: el airado cura, vestido con roquete, bajó de la iglesia al bar y, a alguno de la oreja, se los trajo a todos al templo. Luego los castigó encerrándolos durante unas horas en el recinto del mismo. Hoy lo cuentan riéndose de la anécdota, pero en su momento sufrieron las consecuencias de tamaña desconsideración.
h) Como reliquia del pasado que remonta hasta el “bendito” San Pablo, era “hermoso” ver cómo las mujeres cubrían su cabeza con un velo para acceder a la iglesia: el muestrario era de lo más variopinto, dado que hasta las niñas pequeñas debían cumplir con tal precepto. El porqué es un misterio. Es la misma historia de los monos que sin saber la razón atacaban al que osaba intentar coger el plátano.
i) ¿Y la distribución de los fieles en la iglesia? Todavía, en los pueblos, los niños ocupan el primer banco –ya no hay niños--, las mujeres se colocan en el centro o en un lado y los hombres detrás (dado que el 80% son mujeres, hoy ocupan casi toda la iglesia). En esos años de mediados de siglo y en determinadas ocasiones festivas, el Consistorio ocupaba los puestos delanteros y los nobles o ricos un lugar distinguido, con reclinatorios especiales a la vista de la plebe. Siempre ha habido clases, que se dice.
j) En esos tiempos, “lógicamente” no existían los homosexuales. Eran “personas raras”, “los pobrecillos”. Enfermos. Impensable que pudieran cometer delitos nefandos como los que hoy presuponen que cometen pero que nunca se citan. ¿Tenían derechos? ¡Si no existían! La proliferación homosexual dentro del círculo sacro –seminarios, conventos— tampoco existía: a lo más que aludían era a las “amistades particulares”. El precepto era: Nunquam duo, semper tres, nec semper iidem (Nunca 2, siempre 3 y no siempre los mismos).
k) Se controlaban hasta los detalles más nimios, como la vestimenta femenina. Su regulación también venía impuesta “desde arriba”. En esos años de mediados de siglo, el precepto era “por debajo de la rodilla”. El casquete craneal, también cubierto. Algo ha ganado el estamento femenino con el cambio. Sirva como síntoma de liberación.
l) ¿Quién no recuerda la forma de calificar las películas? El proverbial “3r” era síntoma de que la película, prohibida, “merecía la pena”. Pero es que la censura invadía todo: teatro, cine, televisión, radio, edición de libros… Y no sólo por imperativo político, el de la Dictadura: era el regreso del otro imperativo, el control secular de la sociedad por parte de la Iglesia. Y no son historias “muy pasadas”: hay un amplio espectro social que ha “gozado” con tal tutela.
m) Para acceder a numerosos puestos de trabajo era preceptivo el informe favorable de las autoridades. Si bien y por lo general eran las autoridades civiles las encargadas de recabarlo y extenderlo, si el cura no extendía su “nihil obstat”, nada había que hacer. Recordemos los famosos “certificados de buena conducta” imperantes hasta los años 70. ¿A quién preguntaban en el pueblo respectivo? ¡Al cura y al alcalde!
n) La práctica de los sacramentos se llevaba a rajatabla y se vivía en sociedad. Hoy día, de los sacramentos no ligados a celebraciones sociales –actos familiares, festejos, folklore-- no queda nada (nos referimos a su impacto en la sociedad). Todo ha quedado encerrado entre las paredes del templo. Un detalle nimio: desde la noche anterior no se podía comer nada si se iba a comulgar al día siguiente. De quienes no acudían a recibir la comunión se sospechaba que “tenían algún pecado grave escondido”. La práctica al menos anual de la confesión, por ejemplo, se llevaba a efecto acudiendo confesores de otras latitudes; previamente y al toque de campanas, había reuniones y charlas cuaresmales para prepararse a ella; el pueblo acudía al templo para ser guiado en el preceptivo examen de conciencia y experimentar el “dolor de corazón”… ¿Qué son hoy día para familias y niños las I Comuniones?
o) ¿Y qué decir del matrimonio en su doble consideración de acto y estado? Como acto, hoy, ya son más los que se celebran civilmente; como estado, si bien todavía pervive en ciertas molleras aquel bíblico precepto de “la mujer estará sometida al varón”, la nivelación de “status” ha cambiado radicalmente la concepción del matrimonio; como estado, además, decían que conllevaba la gracia sacramental para poder sobrellevar las etapas de crisis… y todos saben de sobra cómo ayuda la sacramental en dichos momentos; y como convivencia reglada por la normativa y consejos clericales… es algo periclitado. El matrimonio tradicional está, sencillamente, agotado pero, ah, sin que por ello la sociedad haya adquirido conciencia del modo nuevo. Las crisis de convivencia no pasan por los consejos clericales, como mucho se acogen a recetas de consulta psicológica o terminan en la separación. Queda mucho camino todavía para que la misma no sea traumática.