Asistimos a un funeral y...
Y como en el soneto con estrambote de Cervantes, "...fuese y no hubo nada".
Eran otros tiempos. Entonces las ceremonias rituales eran una verdadera fiesta en sí mismas, todo un espectáculo, una exhibición de casullas, manteos, custodias, palios... ¡Qué grandeza y esplendor!
Hoy advertimos, "con tristeza indescriptible", que ni en los pueblos, donde la misa es a la vez centro de la fiesta, reunión social y motivo de encuentro, las ceremonias religiosas atraen. Es más fiesta la tertulia en la explanada exterior que la supuesta del interior. Un buen repuesto en un salón similar, con ceremonia adecuada, quebraría definitivamente otra que ya está difunta.
Hoy ni siquiera la ceremnia, el rito, monstruo que en otros tiempos devoró a la vivencia religiosa, dice nada a los fieles, ni siquiera a los asiduos y habituales.
Dispone la Iglesia de una audiencia semanal de miles y miles de personas predispuestas y sin embargo no hace nada por “agradar”: no sólo escapan vacías sino también aburridas.
No hay fiesta ya en el rito. Todo es cáscara. Cuando al rito le quitaron la vestidura del latín y la parafernalia del incienso, los fieles pudieron ver un flanco desnudo y descarnado: por ese lado no había nada.
El rito dominical tiene efectos farmacológicos o farmacéuticos: se ha convertido en somnífero. Sus prestes funcionarios parece que saben mucho de “lo que no tienen que decir”, porque de “lo otro”, lo que llega, lo que es comunicación vital, no aparece nada.