Kant, obligado a creer (1/3)


Todo pensador --filósofo, profesor, humanista, etc-- termina negando lo que no es evidente a su razón.
Luego vendrán las componendas prácticas para hacer que hace que cree en aquello que su razón no admite.
Afirmo esto al releer extractos de las obras de Kant y al repasar el artículo publicado en este Blog el 26 de diciembre de 2007, refiriéndome a Joseph Ratzinger.
Recordemos aquella socarrona frase de Kant en "Los sueños de un visionario":
«Tampoco la razón humana está suficientemente dotada de alas como para atravesar nubes tan altas como las que nos ocultan los secretos del otro mundo; y a los curiosos que tan solícitamente piden noticias sobre ellos, se les puede dar una respuesta sencilla, pero muy natural: que lo más aconsejable sería que se dignaran tener paciencia hasta haber llegado allí»
Kant, Ratzinger. Ambos alemanes, ambos profesores, ambos pensadores.
Dos situaciones vitalmente distintas para tener que aceptar a Dios cuando su razón les dice lo contrario. El uno lo demuestra en una obra --Critica de la Razón Pura-- y lo reconoce en su praxis diaria; el otro en algún que otro "lapsus vocis" tan del gusto de Freud(aquel celebrado "Dónde estaba Dios..." en su visita al campo de Austzwich o "no hay sitio para Dios...").
El pensador Emmanuel niega a Dios, el profesor Kant de la Universidad de Könisberg debe aceptarlo porque sería expulsado de ella. El profesor Ratzinger, por su parte, frente al Papa Benedicto XVI. ¿Desconcertante? No, c'est la vie. Es la "Crítica de la Razón Práctica" que tan mal se compadece con la "Crítica de la Razón Pura".
Y así, el pueblo infiel, liberado de esa "razón práctica" kantiana, puede gozar de la libertad de haberse despegado de tantas necesidades a como obliga el creer.
Evaporado Dios del ámbito racional --el único que permite al hombre conocer--, queda sin embargo el folklore que lo adornaba.
Pues nos quedaremos con el folklore, que es muchas veces vistoso y hermoso: vivan las procesiones, viva la misa diaria, viva el rosario gozoso o doloroso, vivan los museos catedralicios y las vitrinas repletas de casullas, viva el sortilegio de santiguarse al salir al campo de fútbol...