Secularización, laicidad, laicismo... ¡urge otra filosofía!

Entienden los pensadores crédulos que el alejamiento de la sociedad de las creencias es algo “contra”..., que es un proceso perverso de distanciamiento de la verdad..., que es un desgajamiento de las ramas del tronco común de la creencia que les dio vida...
Para los crédulos tal secularización no contiene nada positivo, porque remite al hombre a un estado “pre-salvífico”, como si la redención de Cristo tuviese de nuevo que volver sobre este mundo.
El análisis y diagnóstico que hacen de nuestro mundo no puede ser más catastrofista (y no les falta razón) ¿Signos de tal proceso y tal estado de cosas?
El siglo XX, deslumbrado en sus inicios por la propia capacidad del hombre para comprender, entender, atender y solucionar sus propios asuntos al margen de recetas seculares entendidas como míticas, ha resultado ser el más nefasto de toda la historia.
Esta deriva de la sociedad más que panacea y solución de problemas, lo que trae es una una amenaza de la tecno/ciencia contra el mismo hombre, amenaza renuente en la que indefectiblemente cae el hombre, cegado por los fuegos de artificio salidos de sus propias manos.
Implica asimismo una disolución de los valores sagrados que han sido y serán eternos, perennes e inamovibles;
El mundo de las ideas, de las preocupaciones... se torna materialista; el hombre no busca más que la felicidad que proporciona el dinero; es la satisfacción de lo inmediato.
Así, la única preocupación del hombre, por lo que trabaja y vive, es tener para consumir.
Ese mundo de las ideas --y del pensamiento por ellas generado-- se torna babélico, aunque quieran hacer creer que siempre queda a salvo la persona, el individuo, el hombre.
Hay un cruzamiento real y a la vez convivencia de valores en pugna unos con otros.
Por lo mismo hay una radical imposibilidad de establecer una moralidad objetiva.
La secularización lleva igualmente consigo una dificultad extrema, que a la postre se torna incompatibilidad, para acceder a la verdad por la multiplicidad de interpretaciones.
Evidentemente no podemos estar de acuerdo con este análisis “de parte”. Podríamos decir todo lo contrario. Podríamos incluso aplicar el mismo diagnóstico al mundo de las creencias.
Cuando el análisis no es objetivo ni real, lógicamente los remedios son falaces. Quizá estén pensando en sus pócimas –-las de siempre— para poderlas aplicar de nuevo donde sea y como sea.
Diagnóstico fenomenológico que no causal.
El mundo de los primeros años del siglo XX se encontraba abocado al absurdo existencial y en él cayó.
De aquellas ideas pervertidas, que no perversas, se llegó a los hechos; de la nada del ser y del pensamiento, a la nada de la existencia. ¡Cuántas filosofías del absurdo y de la nada!
En el fondo, filosofías impregnadas de religión o derivadas de su pensamiento: si nada hay fuera de Dios y se percibe que ese mundo de Dios no colma, lo lógico es caer en la nada. Las religiones no podían “salvar” y el hombre se encontraba en un callejón sin salida por el agotamiento de expectativas.
La tensión entre lo que el hombre esperaba, lo que anhelaba, lo que quería y la realidad con la que se topaba, conducía sin remedio al absurdo existencial. No había puente que uniera el deseo y la conquista. El mundo se tornó destrucción.
La eclosión se produjo en Europa con las dos guerras más terribles de la historia, su preludio sangriento de la guerra fratricida española y su postludio de guerras de bajo nivel por encargo o delegación.
Superada la crisis adolescente de la humanidad, la ciencia, la cultura, la educación y la nueva organización social y política han sacado al hombre del marasmo mental en que se encontraba, arrinconando las creencias al mundo del espectáculo folklórico o de la nostalgia y poniendo las bases para nuevos alumbramientos filosóficos.
Siglo XXI. El hombre que renace. La humanidad que se hace humana.