Ver las cosas con otros ojos (2/2). Teresa de Jesús.

He de hacer constar, por mor de espantar prejuicios ajenos, que he leído todas las obras de Santa Teresa de Jesús, incluso varias veces pasajes del "Libro de la Vida"; que he saboreado con fruición la humanidad que respiran sus "Cartas"; que, veinteañero, aprendí de memoria sus 69 "Avisos", tan llenos de enjundia humana y sentido común que comienzan con aquello tan certero de "La tierra que no es labrada llevará abrojos y espinas, aunque sea fértil; ansí el entendimiento del hombre"
Teresa de Ávila está muy por encima de Margarita y más cercana a nosotros de lo que podría parecer. Sintomático es que sus “Obras” se editen una y otra vez.
Dicho lo cual, leer sin embargo sus obras con otros ojos nos haría ver en ella otras muchas cosas. Alguien ha dicho que Teresa es un "ejemplo sublimado de ninfómana reprimida". No nos atrevemos a tanto, pero sí suena el río como para afirmar algo similar.
¿Es esto denigrar su legado? En modo alguno. Pero sí es entender el porqué de algunas manifestaciones y decir con el poeta "que bien sé yo la fonte que mana y corre."
Extractamos:
1) Mi mal había llegado a tal grado de gravedad que estaba siempre al borde del desmayo.
2) Sentía un fuego interior que me quemaba... Mi lengua reducida en pedazos de tanto morderla.
3) Mientras que Cristo me hablaba, no me cansaba de contemplar la belleza extraordinaria de su humanidad...
4) Probaba un placer tan fuerte que es imposible poder probar semejantes en otros momentos de la vida...
5) Durante los éxtasis el cuerpo pierde todo movimiento, la respiración se debilita, se emiten suspiros y el placer llega por intervalos…
6) En una éxtasis me apareció un ángel tangible en su constitución carnal y era muy hermoso; vi en la mano de este ángel un largo dardo; era de oro y llevaba en la extremidad una púa de fuego. El ángel me penetró con el dardo hasta las vísceras y cuando lo retiró me dejó ardiente de amor hacia Dios... El dolor de la herida producida por el dardo era tan vivo que me arrancaba escasos suspiros, pero este inefable mártir que me hacía al mismo tiempo probar las delicias más suaves, no estaba constituido por sufrimientos corporales aunque el cuerpo entero participase… Estaba presa de una confusión interior que me hacía vivir en una continua excitación que no me atrevía a parar pidiendo agua bendita, y para no perturbar las otras religiosas que habrían podido comprender su origen...
7) Nuestro Señor, mi esposo, me concedía tales excesos de placer que me impuse no añadir nada más ni relatar que todos mis sentidos eran complacidos...