Un adjetivo inapropiado: Jesús histórico.

En el prólogo de su libro “Jesús el Galileo armado” se pregunta el autor, José Montserrat Torrents, por qué esa expresión de Jesús “histórico”. Jamás diremos Sócrates “histórico” ni Alejandro Magno “histórico” ni Colón “histórico” ni Nelson Mandela “histórico”. ¿Por qué entonces Jesús “histórico?

A un historiador tal expresión le podría parecer absurda, porque los personajes objeto de su estudio o son hitóricos o son legendarios, pero no ambas cosas a la vez. En todo caso dilucidará dónde termina el personaje histórico y dónde comienza su leyenda, como es el caso de Jesús. Eso de "Jesús histórico" procede de otro ámbito, el ámbito teológico que pretende hacer pasar por histórico, o sea, real, nacido de mujer, que vivió en un tiempo determinado, del que quedan rastros físicos para seguir sus pasos, un personaje objeto de creencia. La misma expresión ya indica elementos sobreañadidos a tal personaje que lo hacen irreconocible como “histórico”. “Dime de qué presumes…” que dice el refrán.

Como en otras esferas de la vida (las religiones tienden a acaparar todo lo que es específicamente humano) también la religión ha entrado a saco en la historia. Y dado que la cultura cristiana, nacida de credos específicos, vive, piensa, obra y predica ese mundo que le es propio, acomoda la vida a dichos credos. También la historia.

Un mundo cerrado con la cien mil llaves de su burocracia, pero que se expande merced a una bien organizada propaganda, con un lenguaje idealista y ensoñador; merced, asimismo, a estructuras sólidas constituidas por sus catedrales y templos, sus universidades, sus emisoras de radio, sus ruedas engranadas con el poder constituido.

A los que viven extramuros de imperio de poder los califica según su grado de desafección, siempre con una connotación negativa que ha hecho fortuna a lo largo de siglos y siglos: ateos si rechazan a “su” Dios; herejes si rechazan la doctrina sobre “tal” Dios, ambos objeto de acerba persecución o denuesto. También ha acuñado el término laicos si son ajenos al organigrama pero están integrados en el rebaño balador.

Jesús “histórico” podría ser una redundancia o un contrasentido. Redundancia porque si Jesús fue un personaje real, es de por sí histórico. Contrasentido porque subyace un concepto de Jesús que únicamente es objeto de creencia. No hay medias tintas. Unir ambos conceptos con el adjetivo “histórico” es querer unir imposibles. O Jesús fue un personaje real o fue una construcción fabulosa, es decir, inventada, imaginada, irreal.

En el libro citado, “Jesús el galileo armado”, el autor precisamente pretende rescatar a Jesús de las garras del contrasentido y situarlo en tiempo, lugar y destino reales.

El presunto Jesús creído, convertido por Pablo de Tarso en Jesucristo, no es un personaje “no histórico” como podría colegirse por contraposición al dinominado “histórico”. Es, eso, un personaje creído. Pertenece a un mundo aparte, ha sido raptado por ese modo de conocer específico que es la credulidad. Como supuestamente real podría ser un Jesús escondido a fuer de ser un Jesús tergiversado, con innumerables capas superpuestas a través de las cuales apenas se atisban retales de realidad.

Han sido precisamente historiadores ajenos a tales creencias pero guiados por criterios estrictamente científicos los que, como J. Montserrat, han tratado de rescatar a Jesús de tales garras teológicas.

¿Lo han conseguido? ¿Ha aparecido por entre los recovecos de sus investigaciones ese personaje real que fue Jesús? El autor de referencia, José Montserrat Torrents, no duda de que sí, que hubo un Jesús real. Pero sus conclusiones jamás podrán ser aceptadas por aquellos que alzan y esgrimen, frente a las banalidades de los historiadores, su Jesús “creído”. Éste no tiene punto de comparación con el otro.

De ahí que libros como el citado, no merezcan la pena estar presentes en sus estanterías. Y menos ser objeto de lectura.
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