La biología de la descristianización.
Como si de coletazo de un fenecido siglo XX se tratara, asistimos a un resurgir efervescente del sentimiento crédulo a la par que a un declive de "lo organizado".
Ya numerosos estados, escarmentados por inundaciones del pasado, han puesto esclusas a la marea con una legislación, permisiva sí, pero controladora de las sociedades organizadoras y reguladoras del sentimiento sacro.
Este renacer, sin embargo, se ve más como un deísmo vago que apela a un dios inconcreto, quizá sincrético, que como una necesidad de "iglesias" y "liturgias" mediadoras en la interpelación de la divinidad.
En tal declive de "lo organizado" tiene un papel importante la biología. No nos referimos, como pudiera parecer, a la "ciencia", que ésta debiera venir con mayúscula, cuanto el imperativo biológico: la media de edad de jerarcas, prestes y ungidos en general, así como de los prosélitos más asiduos y fervientes se ha situado en el estadio maduro de "no retorno".
La del clero "ya se ve": dicen que la de los jesuitas, por citar un estamento señero, está ahora en 64. Por utilizar estilismos en retruécano, hemos dicho otras veces que su media de edad es ya "la edad media". Algo va ganando la sociedad, situada en la Era Postmoderna.
Y con el crédulo, muere la credulidad.
Los factores biológicos tienen importancia en la vida de las sociedades, lógicamente también en la de las religiones.
Ya que las religiones dependen las más de las veces de actitudes y algunas de éstas están tan fuertemente enraizadas en la personalidad que ningún factor racional hará que cambien, sólo la desaparición física de quienes las detentan puede dar al traste con ellas.
Está dicho con ironía, pero es una gran verdad la aserción del científico M.Planck cuando se aplica a la religión:
Una nueva teoría no se impone porque los científicos se convenzan de ella, sino porque los que siguen abrazando las ideas antiguas van muriendo...
Repetimos el chascarrillo "de supra": a quienes propugnamos la desaparición de los credos, consuela conocer la media de edad de los jerarcas católicos, situados todos en la “edad media”.