Las iras anticlericales (5/5) ¿Por qué?

Después de todo este "preludio", necesario para entender algo de la Semana Trágica, regresamos a las preguntas primeras que hacíamos hace cuatro días:
* ¿Cuáles fueron las causas mediatas de la ira desatada en la Semana Trágica contra la Iglesia Católica? (las inmediatas son bien conocidas)
* ¿Por qué se desbordó la ira popular?
* ¿Por qué una huelga general contra un hecho determinado deriva en destrucción de edificios y símbolos religiosos?
* ¿Por qué derivó en furia anticlerical?
* ¿Por qué la Iglesia fue el punto de mira de tal furor destructivo?
El embarque de tropas para salvaguardar, según decían, los intereses mineros en Marruecos de determinadas familias poderosas no explica el desmadre producido. Había por debajo algo más. Y en ese "algo más" se incluía a la Iglesia Católica.
Defensora del orden establecido, monopolizadora de la educación, la Iglesia no sólo no defendió jamás las justas reivindicaciones obreras sino que se puso en contra de ellas por lo que de subversión del "orden constituído" suponía. Recordemos al cardenal Salvador Cassañas y sus furibundos ataques contra el laicismo y sus ataques a las escuelas obreras. Ese orden que la Iglesia propugnaba y defendía, ocultaba demasiados intereses materiales de la Iglesia. El pueblo sufridor, concienciado de su situación, no pudo aguantar más la hipocresía de la Iglesia.
Entre esas causas, además, estaban siglos de opresión por parte de feudatarios llenos de espíritu religioso. ¿Cómo no ver en tal espíritu, aimentado por la Iglesia, la causa de tanta postración? ¿Cómo no alzarse contra la Iglesia que era la que alimentaba el ideario despótico?
Contrastan estas afirmaciones con la "religiosidad" imperante en los pueblos, en todos los pueblos de España. Para cualquiera que piense un poco, la supuesta "fe popular" es un engaño interesado, propalado por la Iglesia en su propio beneficio. Ésta sí puede llamarse verdaderamente demagogia, demagogia religiosa:
--la Iglesia ha ejercido secularmente un control férreo de los sentimientos;
--ha engañado a las masas con promesas, ficticias promesas, de felicidad futura;
--añádase el "no tener otra cosa que celebrar" u otra forma de celebrar las festividades de pueblos y aldeas;
--la imposibilidad de comunicar los pensamientos reales de la gente por el aislamiento individual frente al supuesto sentir general
Los pueblos, villas y aldeas de la geografía española siempre han sido un buen sustento de la religión. La ciudad, en cambio, es el reino de "babel", es la cuna de la perversión, es el antídoto de la gracia divina, es el dominio de Luzbel. Siempre ha sido así.
Mientras el pueblo llano se "consolaba" con el confortamiento tranquilizador de la vida eterna, todo fue bien. Cuando este pueblo cobró conciencia de las verdaderas causas de su abatimiento secular, la cosa cambió. Y no es que la Iglesia fuera la causante de su postración, que también lo era, sino que la Iglesia jamás ha hecho nada efectivo para levantar al pueblo de su postración secular.
La Iglesia jamás ha estado a la vanguardia de la regeneración, obrera o incluso eclesial, la regeneración de sí misma: su ideario se puede calificar de profundamente "conservador". Estabilidad para conservar lo conseguido. Pese a quien pese y aliarse con quien haya que aliarse.
Añadamos algo más que es el fundamento de la tremenda hipocresía de la Iglesia. Si ésta se hubiese manifestado al pueblo como sociedad establecida que defiende sus intereses, sin más, hubiese sido una lucha más de clases. Pero había un engaño que el pueblo no podía soportar: el hiato, la separación, la divergencia y separación real entre la doctrina que el pueblo escuchaba domingo tras domingo en los templos y el hacer real de la Jerarquía. La Iglesia como institución y como organismo era defensora acérrima de los opresores y mantenedora al ultranza del "status quo".
¿Cómo no entender --que no justificar-- la vesania contra tal institución? Y de aquellos polvos y lodos, la situación actual de absoluto desapego social hacia la Iglesia. Hoy no dice nada ni en un sentido ni en otro. Hoy la Iglesia para los obreros no es nada, ni consoladora ni festejadora ni opositora.
La situación del obrero ha cambiado radicalmente, ha accedido a un bienestar impensable en otras épocas. Ha conseguido más de lo que los dirigentes obreros hubieran soñado (de ahí el que hoy día los Sindicatos sean, como la Iglesia, instituciones que no sirven para nada, desligados incluso de sus bases sociales, alimentados por los mismos a quienes, en teoría, debieran oponerse).
Semana Trágica, cien años de aquello.
Uno de los hechos que crisparon a las masas fue precisamente el asunto de la educación de los hijos de obreros. No sólo por conciencia propia de clase sino por las peroratas de los dirigentes obreros, el asunto de la educación enervó los ánimos de aquellos que sabían que el único medio de salir de la postración secular era la educación de sus hijos. Era conciencia obrera desde los tiempos de la Internacional.
Entre sus reivindicaciones una se repetía constantemente: una mejor educación para sus hijos. Ésta sería la única manera de que ellos consiguieran elevar su situación y conseguir mejores trabajos.
Aquello de "con la Iglesia hemos dado, Sancho" (Quijote, II, 9) adquiría en este caso tintes patéticos. Por el Concordato de 1851 la Iglesia copaba el monopolio de la educación. Añádase que, sin leyes que regularan los límites de edad laboral, los niños se veían condenados a trabajar en las fábricas con sueldos miserables. Círculo vicioso del que la clase obrera no podía salir.
La Ley Moyano (1857) estipulaba que los Ayuntamientos se hicieran cargo de la educación. Esfuerzo inútil. En Barcelona, en concreto, regida de facto por la oligarquía, no hubo jamás afán alguno por llevar a efecto tal ley.
Sin embargo hubo movimientos en la clase obrera para promover una enseñanza moderna, popular, laica y mixta (niños y niñas), como así se hizo. Aparte de otros, el caso más llamativo es el de Ferrer Guardia, pedagogo miembro del Partido Radical, con una gran fortuna que dedicío a la erección de escuelas populares. Desde principios de siglo hasta 1906 contaba con 34 centros cion una enseñanza muy avanzada para su época, inspirada en los movimientos pedagógicos franceses.
Poco tardaron en cerrar estos centros, asfixiados por denuncias falsas (acusaron a Ferrer Guardia de prestar apoyo a Mateo Morral, el anarquista que arrojó la bomba en la boda de Alfonso XIII). Lo que más dolía a sus opositores era que en sus escuelas no se enseñara religión alguna, de pusiese en tela de juicio el militarismo y se enseñaran ¡¡las teorías darwinistas!!.
Hubo otras iniciativas, como la del alcalde Francesc Layret, pero...
Enfrente estaba la Iglesia. El cardenal Salvador Cassañas propició una dura campaña de propaganda contra tales escuelas; escribió circulares contra la "laicidad" y "bisexualidad" de las mismas...
Esto sublevó los ánimos de los obreros, defraudados en sus expectativas de conseguir un sistema educativo adaptado a sus necesidades y a sus inquietudes. La Iglesia venció en sus propósitos. Venció pero pagó cara su victoria.
Las iras anticlericales (4/5) Dos personajes, Lerroux y Ferrer Guardia.
Semana Trágica: han pasado cien años.
Deberíamos aprender. Nunca las ideas y las proclamas incendiarias han resultado gratuitas. Tanto por una parte como por otra. No se puede afirmar alegremente que se puede opinar lo que se quiera, que hay libertad de expresión, que las ideas no hacen daño... Sucede hoy día lo mismo que sucedió antaño.
Lerroux cocinó el caldo de cultivo en que se cocieron muchos movimientos revolucionarios y anticlericales. Ferrrer Guardia fue el chivo expiatorio del control férreo de la educación que la Iglesia ostentaba.
Alejandro Lerroux, fundador del Partido Radical, que tanto protagonismo tuvo después, durante la República y la Guerra Civil, fue un demagogo de verbo furibundo, anticlerical convencido de cuyas ideas bebieron los incendiarios barceloneses. Aunque él no se hallaba en España durante la semana trágica, muchos miembros de su partido se encontraban entre los huelguistas y entre los incendiarios, repartidos por los diferentes barrios de Barcelona. Incluso dirigentes del partido se hicieron ver en las algaradas callejeras.
Es verdad que los discursos de Lerroux pecaban demasiadas veces de demagógicos, pero respondían a un sentir social muy extendido contra la Iglesia católica. Demagogia que supone la utilización de las pasiones más bajas del pueblo para conseguir fines poco confesables, utilizando hechos fuera de contexto y tergiversando muchas veces la verdad.
¿Cómo no iban a producir un efecto hasta visual en las masas frases como las publicadas en el periódico órgano del partido, El Progreso?
Destruir los templos. No os detengáis ante los sepulcros, ni ante los altares.
Usaba, asimismo de un verbo lleno de ofensas hacia monjas, frailes y curas. El efecto en las bases jóvenes del partido fue profundo. Los grupos femeninos del partido --las Damas Rojas-- llegaron a boicotear actos litúrgicos católicos.
Francisco Ferrer Guardia, pedagogo y miembrio del partido de Lerroux, fue el chivo expiatorio de los desmanes de la Semana Trágica. Ya hemos dicho en otro artículo que gracias a su fortuna personal erigió más de 30 colegios laicos con una enseñanza muy progresista para la época. Su intento de arrebatar a la Iglesia el monopolio de la educación con su Escuela Moderna, terminó en fracaso. Y la Iglesia, por mano del brazo ejecutor secular, se vengó.
Durante la Semana Trágica no tomó parte activa en los desmanes ni pudieron probar acto alguno vandálico, aunque sí recorrió barricadas recabando información de lo que sucedía. Eso bastó para acusarle de ser instigador de la revuelta. Lo acusaron también de otros "delitos": entre los esgrimidos en su causa, el que en sus escuelas no se enseñara religión; el que propugnara el antimilitarismo; el que se enseñaran doctrinas falsas y dañinas como el darwinismo. Además lo acusaran de promover económicamente iniciativas obreras, el haber creado un órgano de propaganda "anti sistema". También salió a relucir su amistad con el terrorista Mateio Morral.
Antes de los sucesos de Barcelona estuvo un año detenido sin juicio alguno. Salió absuelto de la acusación de colaborar en el atentado contra Alfonso XIII, pero en ese tiempo fueron clausuradas sus escuelas.
La derecha cerril catalana lo persiguió con saña y, detenido a raíz de la Semana Trágica, Verdaguer Callís, miembro de la Lliga testificó contra él. El juicio militar sumarísimo, la falta de garantías procesales y, sobre todo, el querer buscar una cabeza de turco de renombre lo llevaron al paredón. A pesar de las protestas internacionales, fue ejecutado el 13 de octubre de 1909 en el Castillo de Montjuic.
Las iras anticlericales (5/5) ¿Por qué?
Después de todo este "preludio", necesario para entender algo de la Semana Trágica, regresamos a las preguntas primeras que hacíamos hace cuatro días:
* ¿Cuáles fueron las causas mediatas de la ira desatada en la Semana Trágica contra la Iglesia Católica? (las inmediatas son bien conocidas)
* ¿Por qué se desbordó la ira popular?
* ¿Por qué una huelga general contra un hecho determinado deriva en destrucción de edificios y símbolos religiosos?
* ¿Por qué derivó en furia anticlerical?
* ¿Por qué la Iglesia fue el punto de mira de tal furor destructivo?
El embarque de tropas para salvaguardar, según decían, los intereses mineros en Marruecos de determinadas familias poderosas no explica el desmadre producido. Había por debajo algo más. Y en ese "algo más" se incluía a la Iglesia Católica.
Defensora del orden establecido, monopolizadora de la educación, la Iglesia no sólo no defendió jamás las justas reivindicaciones obreras sino que se puso en contra de ellas por lo que de subversión del "orden constituído" suponía. Recordemos al cardenal Salvador Cassañas y sus furibundos ataques contra el laicismo y sus ataques a las escuelas obreras. Ese orden que la Iglesia propugnaba y defendía, ocultaba demasiados intereses materiales de la Iglesia. El pueblo sufridor, concienciado de su situación, no pudo aguantar más la hipocresía de la Iglesia.
Entre esas causas, además, estaban siglos de opresión por parte de feudatarios llenos de espíritu religioso. ¿Cómo no ver en tal espíritu, aimentado por la Iglesia, la causa de tanta postración? ¿Cómo no alzarse contra la Iglesia que era la que alimentaba el ideario despótico?
Contrastan estas afirmaciones con la "religiosidad" imperante en los pueblos, en todos los pueblos de España. Para cualquiera que piense un poco, la supuesta "fe popular" es un engaño interesado, propalado por la Iglesia en su propio beneficio. Ésta sí puede llamarse verdaderamente demagogia, demagogia religiosa:
--la Iglesia ha ejercido secularmente un control férreo de los sentimientos;
--ha engañado a las masas con promesas, ficticias promesas, de felicidad futura;
--añádase el "no tener otra cosa que celebrar" u otra forma de celebrar las festividades de pueblos y aldeas;
--la imposibilidad de comunicar los pensamientos reales de la gente por el aislamiento individual frente al supuesto sentir general
Los pueblos, villas y aldeas de la geografía española siempre han sido un buen sustento de la religión. La ciudad, en cambio, es el reino de "babel", es la cuna de la perversión, es el antídoto de la gracia divina, es el dominio de Luzbel. Siempre ha sido así.
Mientras el pueblo llano se "consolaba" con el confortamiento tranquilizador de la vida eterna, todo fue bien. Cuando este pueblo cobró conciencia de las verdaderas causas de su abatimiento secular, la cosa cambió. Y no es que la Iglesia fuera la causante de su postración, que también lo era, sino que la Iglesia jamás ha hecho nada efectivo para levantar al pueblo de su postración secular.
La Iglesia jamás ha estado a la vanguardia de la regeneración, obrera o incluso eclesial, la regeneración de sí misma: su ideario se puede calificar de profundamente "conservador". Estabilidad para conservar lo conseguido. Pese a quien pese y aliarse con quien haya que aliarse.
Añadamos algo más que es el fundamento de la tremenda hipocresía de la Iglesia. Si ésta se hubiese manifestado al pueblo como sociedad establecida que defiende sus intereses, sin más, hubiese sido una lucha más de clases. Pero había un engaño que el pueblo no podía soportar: el hiato, la separación, la divergencia y separación real entre la doctrina que el pueblo escuchaba domingo tras domingo en los templos y el hacer real de la Jerarquía. La Iglesia como institución y como organismo era defensora acérrima de los opresores y mantenedora al ultranza del "status quo".
¿Cómo no entender --que no justificar-- la vesania contra tal institución? Y de aquellos polvos y lodos, la situación actual de absoluto desapego social hacia la Iglesia. Hoy no dice nada ni en un sentido ni en otro. Hoy la Iglesia para los obreros no es nada, ni consoladora ni festejadora ni opositora.
La situación del obrero ha cambiado radicalmente, ha accedido a un bienestar impensable en otras épocas. Ha conseguido más de lo que los dirigentes obreros hubieran soñado (de ahí el que hoy día los Sindicatos sean, como la Iglesia, instituciones que no sirven para nada, desligados incluso de sus bases sociales, alimentados por los mismos a quienes, en teoría, debieran oponerse).
Bibliografía:
• España 1808-1975. Raymond Carr. Biblioteca Historia de España.
• La aventura de la Historia, nº 129.
• La Semana Trágica. Barcelona en llamas, la revuelta popular y la Escuela Moderna. Madrid. La Esfera de los Libros.2009.