La lógica es criterio de verdad, pero no cabe en las religiones.



Cuesta creerlo, cuesta hasta decirlo, cuesta oponerse a tal cúmulo de “verdad” acumulado durante cientos de siglos, pero es algo que muchos pensamos y a la fuerza tenemos que proclamar, aunque pueda parecer una grosería intelectual: el contenido esencial de los Evangelios se funda en una falsedad histórica... o en una verdad mitológica.

Recalcamos la palabra "histórica", porque nada tenemos que decir si tales verdades evangélicas se afirman y viven como verdades simbólicas o mitológicas.

Tal ha sido la fuerza de la religión que casi dos mil años ha costado poder aplicar y proclamar los principios científicos. Añádase otra razón fáctica de tanto o mayor peso, cual pueda ser la que hace relación a la mísera subsistencia de los humanos "gozando" del amparo de la fe: la vida está por encima de todo y el científico también teme por la suya. ¡Son tantos los testimonios de tal "timor domini"! (la minúscula explica a qué "señor" se reverenciaba).

Para afirmar tan rotundament lo dicho nos apoyamos en aquel aserto científico de que ninguna proposición se puede mantener si no tiene pruebas suficientes para ello. El Jesús que transmiten los Evangelios y, sobre todo, las cartas de Pablo, NO HA EXISTIDO.

Curiosamente los científicos de la credulidad, por haber usado siempre “contra-pruebas” falsas, no tienen argumentos ahora para enfrentarse a las pruebas de la falsedad.

El “principio de contrastación” --o “principio de evidencia negativa”-- es esencial a la ciencia y ante este principio no tiene nada que decir la credulidad.

Los siguientes enunciados, seguidos por cualquier científico, por otra parte elementales y de sentido común, vienen a explicitar con mayor claridad el principio citado:

1. Las pruebas han de ser independientes de la verdad que se trata de demostrar: los Evangelios hablan de “la verdad”, Jesús, ¡pero todas las demostraciones de tal verdad nacen de los mismos Evangelios! No se encuentran fuentes documentales coetáneas fiables.

2. Las pruebas de la verdad han de tener suficiente confianza: es sintomático que la mayor prueba exógena, ajena por tanto a los evangelios, de la historicidad de Jesús la extraigan de un único escritor, Flavio Josefo, al que acuden una y otra vez cuando las mismas referencias de Josefo han sido puestas en entredicho o son referencias minúsculas en una obra monumental. Insistimos en que un “fenómeno” de masas, unos hechos tan portentosos... ¡no tengan más referencias independientes a las interesadas de los propios Evangelios!

3. Si existe tal verdad en los datos, ésta debería mostrarse evidente: en el caso de los Evangelios no es así. No hay evidencia documental de Jesús. El tan manido Josefo ha llegado a nosotros por fuentes cristianas, lo cual ya lo pone en entredicho; las referencias a Jesús son mínimas en la proporción esperable y en comparación a otros datos de los que da cuenta; se ha demostrado su “revisión” por manos posteriores; no hay constancia documental del censo ordenado por Herodes; no es racional, es ilógico, nunca un censo se ha hecho así teniendo los ciudadanos que viajar a su lugar de origen para empadronarse; la gran masacre de niños, un hecho tan asombroso, tan espeluznante y además decretado por un rey no queda reflejada en ningún documento coetáneo, los portentos sucedidos a su muerte no quedan reflejados en ningún documento...

4. La verdad ha de buscarse de manera minuciosa y exhaustiva corroborando la evidencia en el lugar adecuado porque, de existir, necesariamente se encontrará donde deba encontrarse: Jesús es contemporáneo de los romanos en una época de la que se guarda bastante documentación de muchas cosas; añádase que los cristianos trataron de preservar todo aquello que se refiriera a su creencia en el proceso destructor a partir del siglo IV de una ingente documentación histórica: no hay nada y la poca que existe la magnificaron de tal manera que hasta introdujeron interpolaciones interesadas

5. No se pueden aportar pruebas que nada tengan que ver con la proposición a demostrar. Eso sucede hoy día en tantísimos escritos relacionados con la vida creyente y en la vivencia conventual: “lo siento en mi interior”, “lo necesito”, “es vida de mi vida”, “a mí me sirve”, “es motor de mi conducta”... Este último principio llevaría a conclusiones disparatadas que si la Iglesia aplicara su misma lógica, debería dar por válidas: piensen los administradores de las causas de santos la cantidad infinita de cartas que reciben con “favores” otorgados por el beatificando. En otro orden de cosas, es el sentimiento de la madre gritando en los juzgados que su hijo es bueno, que no pudo matar al joyero: ella lo siente así.

Como principio general, y cuando no hay datos suficientes, la explicación más convincente es la que se muestra como más lógica y racional a la espera de que los datos confirmen o rechacen la otra explicación, la suya.
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Cuestión aparte: el humano desde que "parece serlo" necesita de las vivencias simbólicas, necesita explicaciones "irracionales", necesita "el mito y el rito"... porque andar con los pies en la tierra le cuesta mucho.
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