La inestabilidad emocional es fuente fecunda de creencia. Cree el crédulo que, en los vaivenes de la vida, podrá encontrar asidero y refugio seguro en la roca inamovible de su fe.
Nada más incierto, por no decir falso. A ella se agarra porque no tiene otra. La persona normal, que piensa por sí misma, sabe que no es así, que el único refugio es su yo, su propia fortaleza intelectual, su propio equilibrio emocional.
Bien es verdad que ni uno ni otro, en el primer zarandeo de la vida, encontrarán consuelo y remedio inmediato y deberán capear el temporal como puedan, pero el crédulo seguirá agarrado a la creencia , quizá porque previamente le han atado, sin atreverse a continuar el camino.
En cambio quien somete a su juicio cualquier terremoto de su diario existir, volverá a sentir la fortaleza del propio yo, saldrá confirmado y rejuvenecido de las crisis e incluso predispuesto a enfrentarse a cualquier contrariedad que sobrevenga. ¡Y además tiene refuerzos sociales para ello!