Mujeres de Segunda Clase
La historia de las desigualdades entre los humanos es larga y dramática y, aunque las leyes y las apariencias reflejen, en ocasiones, lo contrario, a las diferencias en la consideración y en el trato de los hombres en relación con las mujeres les queda por recorrer todavía espinosos caminos para su plena y convivencial homologación.
El eje de nuestro comentario y su referencia a segundas y aún terceras clases, se centra en el hecho de que las mujeres, por mujeres, y más concretamente en la Iglesia, se sienten y se las hace sentir como de clase inferior a la de los hombres, por hombres. Y huelga resaltar que no se trata de una sensación vaporosa y etérea, pletórica de suspicacias, alejada de la realidad y como al dictado de insatisfacciones insaciables forjadas al calor de caprichos antojadizos “propios de su sexo”. Se trata de realidades sustentadas en tradiciones, falsas a veces, pero al presente también en normas y en el Código de Derecho Canónico, aunque sus fuentes evangélicas no siempre ni mucho menos puedan avalarlos, si no hubieran sido, y sigan siendo, los hombres, mitrados o no, sus exegetas y decretalistas “infalibles” o, al menos, catequéticamente indefectibles.
En la Iglesia, y sin más rodeos paliativos y apologéticos, la mujer, por mujer, experimenta la constante percepción de sentirse discriminada por el hombre, convencida además de que este cree y dice hacerlo “en el nombre de Dios”, para cuya falaz demostración acude a fórmulas y a interpretaciones manipuladas y agraviadoras. Hoy que los teólogos son también teólogas, y que el término exegeta se aplica a uno y otro sexo, resulta ofensivo, que se sigan manteniendo en la Iglesia normas, leyes y aún criterios pseudo-morales que obliguen a la mujer a tener que experimentar de por vida la percepción de que es identificada por antonomasia con el pecado, que es criatura de segunda o tercera clase en relación con el hombre y que en la Iglesia habrá de permanecer exiliada de cualquier cargo o puesto de responsabilidad ministerial para todos los efectos.
Son, y serán muchas más de aquí en adelante, las mujeres a quienes la Iglesia, sobre todo desde perspectivas, consideraciones y valoraciones jerárquicas, les parezca que ni están ni viven en el mundo actual, en el que a ellas se les está abriendo de par en par, y con reconocimientos y aclamaciones, las puertas de la política , de la economía, de la cultura, de la investigación, del arte , del pensamiento, del sentido común y de cuantas tareas y afanes facilitan a la comunidad de los seres humanos los elementos precisos para su felicidad por su redención.
De modo tan absurdo como destructivo, el empeño jerárquico por prescindir o limitar la actividad ministerial de la mujer en la Iglesia aparecerá con el paso del tiempo, cada día más acelerado, una incongruencia ininteligible a la luz de la historiografía , en la que además se hallan activamente presentes principios desprovistos de consistencia , de modernidad y sin perspectivas de futuro.
La Iglesia es eminentemente mujer –“Nuestra Santa Madre la Iglesia”- y el comportamiento que siguen hoy manteniendo sus hombres en relación con ella es de un anacronismo descalificador para la comunidad y para el Pueblo de Dios. Es de lamentar que no se hayan registrado todavía dentro de la Iglesia por parte de la mujer, y con el asentimiento y colaboración al menos de algunos hombres, un movimiento de reivindicación tan elemental como el que podría suponer y exigir la equiparación del trato y de entrega a tareas y responsabilidades ministeriales, sin escrúpulo alguno.
Es grave pecado seguir considerando de segunda clase a la mujer en la Iglesia -Pueblo de Dios-, sin que por ningún lado aparezcan signos de replanteamiento del tema, cuando en la mayoría de las esferas de la vida pública ya se han dado, con tan beneficiosos resultados para la comunidad y al amparo de los tradicionales y níveos conceptos del “devoto sexo femenino” y de las “monjitas”. El “escándalo” producido recientemente en España, país católico por excelencia, en relación con la condena de la mujer yemení, por el “pecaminoso” hecho de haberse decidido a conducir un automóvil, no deja de tener dosis opulentas de hipocresía…
El eje de nuestro comentario y su referencia a segundas y aún terceras clases, se centra en el hecho de que las mujeres, por mujeres, y más concretamente en la Iglesia, se sienten y se las hace sentir como de clase inferior a la de los hombres, por hombres. Y huelga resaltar que no se trata de una sensación vaporosa y etérea, pletórica de suspicacias, alejada de la realidad y como al dictado de insatisfacciones insaciables forjadas al calor de caprichos antojadizos “propios de su sexo”. Se trata de realidades sustentadas en tradiciones, falsas a veces, pero al presente también en normas y en el Código de Derecho Canónico, aunque sus fuentes evangélicas no siempre ni mucho menos puedan avalarlos, si no hubieran sido, y sigan siendo, los hombres, mitrados o no, sus exegetas y decretalistas “infalibles” o, al menos, catequéticamente indefectibles.
En la Iglesia, y sin más rodeos paliativos y apologéticos, la mujer, por mujer, experimenta la constante percepción de sentirse discriminada por el hombre, convencida además de que este cree y dice hacerlo “en el nombre de Dios”, para cuya falaz demostración acude a fórmulas y a interpretaciones manipuladas y agraviadoras. Hoy que los teólogos son también teólogas, y que el término exegeta se aplica a uno y otro sexo, resulta ofensivo, que se sigan manteniendo en la Iglesia normas, leyes y aún criterios pseudo-morales que obliguen a la mujer a tener que experimentar de por vida la percepción de que es identificada por antonomasia con el pecado, que es criatura de segunda o tercera clase en relación con el hombre y que en la Iglesia habrá de permanecer exiliada de cualquier cargo o puesto de responsabilidad ministerial para todos los efectos.
Son, y serán muchas más de aquí en adelante, las mujeres a quienes la Iglesia, sobre todo desde perspectivas, consideraciones y valoraciones jerárquicas, les parezca que ni están ni viven en el mundo actual, en el que a ellas se les está abriendo de par en par, y con reconocimientos y aclamaciones, las puertas de la política , de la economía, de la cultura, de la investigación, del arte , del pensamiento, del sentido común y de cuantas tareas y afanes facilitan a la comunidad de los seres humanos los elementos precisos para su felicidad por su redención.
De modo tan absurdo como destructivo, el empeño jerárquico por prescindir o limitar la actividad ministerial de la mujer en la Iglesia aparecerá con el paso del tiempo, cada día más acelerado, una incongruencia ininteligible a la luz de la historiografía , en la que además se hallan activamente presentes principios desprovistos de consistencia , de modernidad y sin perspectivas de futuro.
La Iglesia es eminentemente mujer –“Nuestra Santa Madre la Iglesia”- y el comportamiento que siguen hoy manteniendo sus hombres en relación con ella es de un anacronismo descalificador para la comunidad y para el Pueblo de Dios. Es de lamentar que no se hayan registrado todavía dentro de la Iglesia por parte de la mujer, y con el asentimiento y colaboración al menos de algunos hombres, un movimiento de reivindicación tan elemental como el que podría suponer y exigir la equiparación del trato y de entrega a tareas y responsabilidades ministeriales, sin escrúpulo alguno.
Es grave pecado seguir considerando de segunda clase a la mujer en la Iglesia -Pueblo de Dios-, sin que por ningún lado aparezcan signos de replanteamiento del tema, cuando en la mayoría de las esferas de la vida pública ya se han dado, con tan beneficiosos resultados para la comunidad y al amparo de los tradicionales y níveos conceptos del “devoto sexo femenino” y de las “monjitas”. El “escándalo” producido recientemente en España, país católico por excelencia, en relación con la condena de la mujer yemení, por el “pecaminoso” hecho de haberse decidido a conducir un automóvil, no deja de tener dosis opulentas de hipocresía…