NIHIL OBSTAT

Siempre y cuando la discusión sea discusión –“examinar atenta y particularmente una materia”-, no sólo estará esta permitida en la Iglesia, sino que su ejercicio contará con copiosas y efectivas dosis de indulgencias. El análisis, la crítica, el juicio y la reflexión son actividades netamente eclesiales. Auque sean muchos los irresolutos practicantes del “Amén y ya está”ante todo y ante casi todos, no por eso serán ni más, ni mejores cristianos, por lo que quienes aspiren a su valoración, y más desde posiciones jerárquicas, es muy probable que hayan confundido los términos. La discusión es de por si “santo y seña” de pertenencia activa a la Iglesia. Sin discusión- reflexión- meditación no es posible la pertenencia adulta a la Iglesia. Tampoco es posible tal pertenencia sin la práctica juiciosa de la libertad del pensamiento con el “Nihil Obstat” inquisidor, penitente y reprobador, vigilando y tutelando sus pasos. A quienes creen que tratamos aquí y ahora de literaturas y procedimientos ya superados, se les haría una obra de caridad muy valiosa si se les advierte al menos que están muy equivocados.

. La teología, para ser teología de verdad, es preciso que sea y esté viva. Que se encarne y se comprometa con Dios y, a la vez, con el mundo. Anquilosada en los anaqueles y en las secciones correspondientes a los Santos Padres o a los teólogos –santos también-, de la historia de la Iglesia, pero alejados unos y otros de la realidad terrenal cambiante al paso del tiempo, no sería procedente invocar sus argumentos como “palabra de Dios” siempre, en todo y para todos. Teología y antropología han de matrimoniarse a perpetuidad y además sin la más leve posibilidad de intromisión de artificios, aunque estos se intitulen” pontificios”. Los expertos en sagrada teología han de serlo así mismo en humanidad y en humanismo. De no ser así, su licenciatura, no la académica sino la de la jubilación y retiro, con todos sus emolumentos y reconocimientos, tendría que haberles visitado hace años.

. En cualquier parcela de la actividad civil, administrativa, económica, cultural asistencial… no sería admisible ni practicable la atomización que se registra en la Iglesia, con carácter oficial y todavía con la convicción de que tal es la voluntad de su Fundador en relación con instituciones, comunidades eclesiásticas y órdenes religiosas. La mayoría de ellas fueron fundadas, y tuvieron y tienen su razón de ser, en servirla con santa entrega, eficacia y en beneficio de la colectividad. La comprobación de la falta de vocaciones que en la actualidad todas padecen, con la consiguiente restricción de medios, parecería lógica, y a la vez, voluntad del Señor, que un nuevo ventarrón de iniciativas estimulara la voluntad de sus responsables en dirección a la coincidencia- confederación-unión, con la confianza de multiplicar así sus recursos, y con ejemplo para los demás. Los protagonismos y las historias, por muy santas que hayan sido y sean, no han de rehuir su misma inmolación al servicio de la propia Iglesia.

. El origen divino de la autoridad, y más en la Iglesia, es para muchos axioma incuestionable. No recuso tal formulación, pero siempre y cuando no coincidan en su entorno, y en ocasiones sean los máximos y únicos fautores, y aún cómplices, de la elección y nombramiento de la persona concreta como tal autoridad, quien o quienes, por ejemplo, no estén preparados, carezcan de capacitación técnica, faltos de disponibilidad y sentido de cooperación, y a la vez, sobrados de predisposiciones y anhelos para satisfacer su afán “carrerista” en ámbitos civiles y eclesiásticos y, por supuesto, sin recusar enchufismos bajo cualquiera de sus fórmulas más o menos punibles. Y es que hay frases, como la de que toda “autoridad viene de Dios” que las redacta y las carga el mismo diablo.

. La del cambio es asignatura que ni se enseña ni practica en la Iglesia. Aún más, ni siquiera es disciplina a cuyo examen han de someterse los cristianos ni sus jerarquías. No obstante, “cambiar” es palabra, actitud y actividad eminentemente cristiana. Incluye la idea de mutación, variedad, dejar una cosa por otra, no atarse, depender, ni esclavizare a nada o a nadie, pensar y vivir en peregrinaje constante, evolucionar, reformar y reformarse, ir y volver, convertirse, ser y ejercer de persona – hombre y mujer-, por definición y por su condición de efímero. No obstante y pese a los reconocidos valores cristianos que contiene nuestra religión, como entrañados en la palabra “cambio”, apenas si en ella se educa a sus miembros a prepararse al mismo - a no ser para el terminal de la vida -, con el fin y programa de de estar y vivir en actitud de transformación- transfiguración, aferrados a la inmutabilidad e inalterabilidad, esenciales a Dios. El voto monástico de “estabilidad” por el que se comprometía su formulador a vivir siempre con el mismo abad, en el cenobio y con los mismos compañeros hasta que la muerte no mandara otra cosa, no es hoy conventualmente aplicable ni a los miembros de la comunidad ni a quienes jamás pensaran en dejar el claustro secular de sus vidas como miembros del Pueblo de Dios.
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