Cadenas de firmas o cartas.

Todos recibismos periódicamente peticiones de cartas o firmas en protesta o en apoyo de algo. Una película blasfema, la lapidación de una pobre mujer, un aborto que hay que evitar, focas a las que matan, el calentamiento global, la pena de muerte...

Y como la cosa te parece bien, firmas y hasta le mandas a algunos amigos la petición y continúas la cadena.

Ahora me ha llegado, ya por seis u ocho caminos, la petición de mi nombre para protestar de una película en la que Jesús mantiene relaciones homosexuales con sus discípulos. De entrada te indignas y dices esto es intolerable, claro que protesto, y malo será que no consiga otras cuantas firmas, esto hay que pararlo...

Y lo más probable es que estén sorprendiendo tu buena fe y tus buenos sentimientos. ¿Quién pide esas firmas? Nunca se sabe. ¿En qué se van a emplear? Tampoco. ¿Para qué van a servir? Para nada. O desde luego no para lo que se piden.

Si una productora decide hacer una película blasfema le es exactamente igual que ocho argentinos, seis españoles y dos nepalíes protesten. Aunque se multiplicaran por mil esas cifras. Y a la industria ballenera japonesa le es igual que medio millón de personas desconocidas firmen una petición para que se suspenda la caza de la ballena.

Lo más probable es que lo único que estés consiguiendo es incrementar el número de correos no deseados que vas a recibir en el futuro e incluso ser objeto de algún intento de estafa. Si has puesto tu dirección con grandísimas posibilidades. Y si sólo has puesto nombre y localidad es muy fácil conseguir también tu dirección.

No os dejéis engañar. No participéis en nada cuyo origen no os conste con certeza. Y su finalidad también. Si los obispos quieren que protestemos de algo ya nos lo dirá la Conferencia Episcopal o el obispo diocesano o los párrocos en las parroquias. Se puede secundar ciertamente algo que proponga una organización solvente pero con seguridad de que es ella quien promueve la adhesión o la protesta.

Pero no hagáis caso de eso que os llega a casa sin saber cual es su origen o que os lo manda un amigo a quien lo más probable es que también le hayan sorprendido en su buena fe.
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