Ante todo expresar mi alegría por la recuperación de la salud de Don Julián. Que el Señor le dé una rápida convalecencia y buena salud por muchos años.
Acaba de hacer unas buenas declaraciones. Seguramente anteriores a su enfermedad. Y he de reconocer, porque es así, que el compostelano habla poco, bajito, pero bien. Tampoco voy a negar sus virtudes que le han hecho ser querido en su archidiócesis.
Pero ahora no voy referirme a sus palabras sino a sus silencios. Que parecen mucho más altos que sus palabras. Tiene que decir, es necesario que diga, algo sobre las Romaxes. No basta un articulito crítico en el Boletín de la diócesis, y de 2001, en el que alguien critica un libro sobre esos acontecimientos.
Tiene usted que hablar. A favor o en contra. Lo que a usted le parezca. Pero tiene que parecerle algo. Acepto, sin problema alguno, que espere a la recuperación de su salud. Que, ya le digo, la deseo inmediata. Y rezo por ello. Pero, cuando deje el pijama, ya no puede seguir callado.
Le mira la Iglesia. Y le espera la Iglesia. Que tiene derecho a saber si esas eucaristías que se celebran en su diócesis son legítimas o no. Usted las bendice, las tolera o las reprueba. Pero tiene que decírnoslo. Para saber a que atenernos. Y, en caso que las repruebe, tampoco nos basta con eso. Tiene que impedirlas.
Si le parecen maravillosas y espléndida muestra de eclesialidad, también debe decírnoslo. Para que sepamos a que atenernos, Aunque tal vez el que tenga que atenérselas sea usted.
No quiero perturbar su convalecencia. Se la deseo espléndida. Pero algo tendrá que manifestar. Y si no lo manifiesta aquí estaremos para recordárselo.