¿Primavera o gélido invierno de las órdenes y congregaciones masculinas. Conclusiones. (y VI)

He mostrado la situación actual, desde el postconcilio, de los religiosos. Es esa. Son los datos que ellos proporcionan a la Santa Sede. No cabe discutirlos. Aunque no gusten.

Hay quien piensa que no debían darse a conocer porque, salvo excepciones, son penosos. Yo no pienso así. La verdad nos hace libres. No su ocultación o la mentira.

No hay nada peor en una familia rica que se ha arruinado que engañar a los hijos sobre la situación. Seguirán intentando mantener un tren de vida que ya no está a su alcance. Hay que decirles que están arruinados y que todos deben trabajar para salir de esa situación. Engañarles diciéndoles que siguen en la opulencia no resuelve nada y empeora mucho. Porque la quiebra termina descubriéndose.

Eso es lo que se ha estado haciendo muchos años. Ocultar la crisis, no hablar de ella. Y todo ha ido a peor.

Las cifras que he aportado no reflejan del todo el desastre sobrevenido. La realidad es más grave. Porque he comenzado el recuento en 1973 cuando ya se llevaban unos años de decadencia. Por ejemplo, los jesuitas llegaron a ser más de 36.000 en los años cincuenta del siglo pasado y en este momento no llegan a 19.000. Se han dejado en el camino la mitad de los que fueron.

Además, agravando la situación, está el envejecimiento de los religiosos. Un diez por ciento de los miembros de todos los institutos está ya completamente inútil para toda actividad. Y en no pocos de ellos el cuarenta por ciento tiene más de setenta años. Y el cincuenta por ciento largo más de sesenta. Con lo que los próximos años van a ser trágicos.

Cierto que están surgiendo vocaciones en África y en Asia y que ellas permiten una cierta esperanza porque el mundo occidental ya apenas las da. Si no fuera por ellas algunos institutos tendrían asegurado el cierre a corto plazo.

En el primer mundo nos vamos a ver abocados a encontrarnos en las casas religiosas a negros y amarillos. Por mi parte no hay el menor problema. Yo quiero buenos religiosos y me es igual el color de su piel. Tal vez lo tengan en Aránzazu o en Montserrat. Porque ya me dirán cual va a ser el vasquismo o el catalanismo de un vietnamita o de un congoleño. Pero eso será cuestión de esos centros. No mía. Y dada la autonomía de los monasterios benedictinos no es probable que alí afluyan gentes de otros continentes. No así en las casas de franciscanos, dominicos o jesuitas.

¿Se ha llegado a esta situación por incompentencia de los superiores o, siendo estos competentísimos, se encontraron con algo que imponían las circunstancias? De todo habrá, como en botica.

Lo que sí parece que puede asegurarse es que la secularización de la vida religiosa no ha producido ningún buen resultado en la caída de las congregaciones. Cierto que algunas que no se han secularizado viven también la caída de efectivos. Pero ciertamente menos que las otras. Y, además, las pocas que crecen son las que no se han secularizado. ¿Tiene ello algo que ver?

Y a los religiosos que me leen y se indignan por que se cuenten sus verdades recordarles aquellos versos que decían que arrojar la cara importa, el espejo no hay por que. Son ellos los que tienen que arreglar su decadencia. No arreglarme a mí por contarla.
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