Y ahora Lérida.

En estos momentos se le acumulan los retrasos que podríamos agrupar en cuatro grupos. El primero es urgentísimo: las diócesis que no tienen obispo. Son dos. Santander, gobernada por un administrador apostólico, y Coria-Cáceres, gobernada por un administrador diocesano.
Son casos distintos el de quien nombra la Santa Sede o el designado por el consejo de consultores. Pero ambos son malos y deberían ser brevísimos.
El obispo foráneo, introducido en la diócesis con calzador, puede querer ser mandón y hasta vengar agravios pasados, caso de que existan. No se juega nada. Recibe un encargo molesto, que le distrae del gobierno de su propia diócesis, pero es consciente de que cuando éste concluya, cosa que está deseando ocurra cuanto antes, tiene su puesto asegurado en su propia diócesis. Es el caso de Don Carlos Osoro en Santander. O el que se encomendó a monseñor Omella que, ademas de ocuparse de su propia diócesis de Barbastro-Monzón tuvo también encomendadas las de Huesca y Jaca.
Soy consciente de que esos servicios eclesiales añadidos pueden ser necesarios. Pero se deberían abreviar cuanto antes.
El del administrador diocesano, lo que antes desempeñaban los vicarios capitulares, es mucho más ingrato. Él se va a quedar en la diócesis, con alto cargo o sin él, según decida el nuevo obispo cuando sea nombrado. O es un insensato, que entra como caballo en cacharrería, dentro de lo poco que puede, o pasará de todo, limitándose a las funciones administrativas del día, para no crearse grandes enemigos, más de los que tuviere, que podrían amargarle sus años posteriores.
Dos diócesis están en este caso: Santander y Coria-Cáceres. La primera, administrada por el arzobispo de Oviedo, está a punto de cumplir los seis meses de viudedad episcopal. Parecen demasiados meses. Cualquier nuncio más activo en un par de ellos habría resuelto el problema. Y muchos me parecen, decidido hace más tiempo el traslado de monseñor Vilaplana.
Luego están aquellas diócesis, ya demasiadas, que siguen regidas por quienes fueron sus obispos pero que han presentado la renuncia por haber llegado a la edad prescrita para la misma o por enfermedad.
Y en este grupo hay que establecer una diferencia. Porque no es el mismo caso el de los obispos que renuncian por haber cumplido los setenta y cinco años, como pide la actual norma canónica, del de aquellos que renuncian porque su salud no les permite seguir al frente de sus diócesis.
En esta última situación, la de estar imposibilitados por enfermedad, tenemos a dos obispos. Uno relativamente joven, sesenta y seis años, que ya la ha presentado. El de Lérida. Absolutamente incapacitado, hasta él lo ha reconocido, para regir su ministerio apostólico. El otro es el de Lugo, a quien apenas le quedan ya, además, menos de dos meses para presentarla, también, por llegar a los setenta y cinco años. Es absurdo, y cruel, prorrogarles un servicio que no pueden cumplir. No es bueno para ellos ni para sus diócesis.
En tercer lugar están los obispos residenciales que, cumplidos los setenta y cinco años, siguen al frente de sus diócesis porque todavía la Santa Sede no les ha admitido la renuncia.No es una solución buena esa interinidad, aunque con obispo. Los hay que incluso, dos o tres años antes de cumplirlos, se llaman a andana de todo pensando que, para que lo que les queda,no se van a meter en complicaciones. Cierto que también los hay que siguen regiendo sus obispados como si tuvieran diez años por delante.
Siempre he pensado que la Santa Sede debía declarar, como lo hizo con en el cardenal Carles, que su mandato se iba a prorrogar, salvo circunstancias sobrevenidas, dos o tres años. Sería buenísimo para las diócesis, se respaldaría la autoridad episcopal, y todo el mundo sabría a que atenerse.
Están, en este último caso, el arzobispo de Pamplona, con dos años largos de prórroga, el arzobispo de Valencia, que hoy cumple el uno, y los obispos de Málaga y Segovia.
Queda por último un cuarto caso. El de un obispo auxiliar de Barcelona que tiene mucha menos importancia. ¡Qué más da un obispo auxiliar! No significa apenas nada.
Yo creo que la renuncia de Carrera debiera haber sido aceptada mucho antes por todo lo que significó en el hundimiento de la Iglesia en Cataluña. Él personifica lo peor, en mi opinión, de la peor Iglesia catalana. O casi lo peor. Porque los ha habido, y los hay, todavía peores que él. Que ya son ganas de superación. Pero él ya no es nadie. Sólo agrupa, tras su dinosaurismo episcopal, a la caduca, estéril y anciana Iglesia nacionalista que se va. Gracias a Dios.
Una vez que el señor Nuncio resuelva estos casos va a tener, salvo que la Santa Sede disponga otra cosa sobre su persona, unos años tranquilos. Quiero decir de poco trabajo.
Este año, en sus finales, y ojalá fuera antes, tendrá que librarnos del obispo estruç, en español avestruz, o perdigó, perdigón. No vamos a hacer aquí un tratado de ornitología. La Iglesia en Cataluña, y la Iglesia en general, estará mucho mejor con el obispo de Gerona, Soler Perdigó, de emérito. O, mejor, como demérito.
Ya luego le vienen al señor Nuncio, caso de que siga entre nosotros, unos días más tranquilos. Salvo que siga acumulando trabajo. En el 2008, ya en las puertas, se va Uriarte. En mi humilde opinión, todavía mucho peor que Soler. Muchísimo peor, que ya es decir. Pero tiene ya sus días contados. También se irá el guadicense García Santacruz. Sin grandes lágrimas de nadie pero un digno obispo de una humilde diócesis.
Creo, sin la menor duda, que Uriarte lo peor entre lo que tenemos.