Unos jóvenes valientes que pasan de un obispo cobarde.

Es de esos obispos de pantalones bajados de antemano y ante todo. Cuando supo que un grupo de jóvenes se había concentrado en la puerta de su catedral, para dar testimonio de su fe y defender el templo de cualquier profanación, se le descompuso el intestino y se presentó ante ellos para disuadirles de su propósito.
El diario Rio Negro nos da cuenta del repugnante diálogo que sostuvo con aquellos valientes que sabían se arriesgaban a todo y que tenían el firme propósito de no practicar la menor violencia. A lo que pudieran hacerles sólo iban a responder con la oración y si menester fuere con sus vidas.
''-Soy el obispo, ¿me entienden? Si quieren rezar vayan adentro. Son ustedes los que quieren tener pelea. Acá en Neuquén no se hace eso. Ustedes son responsables.
-¿Responsables de qué?
-Del hecho de querer peleas.
-No queremos pelear con nadie, queremos defender...
-¿Qué defienden ahora si acá no hay nadie?
-¿Cómo que no hay nadie? Estamos defendiendo el monumento.
-En Neuquén el monumento lo defendemos de otro modo.
La conversación, que fue a los gritos, terminó cuando los jóvenes elevaron aún más la voz para rezar un padrenuestro y taparon las palabras del obispo, quien optó por retirarse.''
Después, lo que se ve en el vídeo. Los jóvenes fueron insultados, escupidos, zarandeados... No mostraron la menor violencia. Sólo rezaban. Y estaban. Como Jesús en su Pasión. Fueron insultados, salivados, zarandeados. Como Él lo fue. Que ocasión perdió el obispo de imitar a Jesús entre sus hijos. Prefirió hacer de Anás.
Cuando aquellos jóvenes decían ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte, esa muerte era una posibilidad muy cierta y muy presente. Asumida con una serenidad heroica. Nunca habían rezado a la Virgen con tanto sentido de la realidad el Ave María. Con la eventualidad de la muerte tan presente. Y ni se limpiaban los salivazos. Sólo rezaban.
Nunca fueron más grandes esos jóvenes. Y nunca más miserable el obispo de Neuquén, Marcelo Melani. Escondido en su casa mientras aquellos chicos defendían su catedral. Y sin la menor violencia. Simplemente presentando sus cuerpos, sus vidas. Y rezando.
Afortunadamente no pasó nada grave. O pasó mucho. La espléndida lección de fe de unos jóvenes y la miserable lección de cobardía y de insolidaridad de un obispo llamado Melani. A quien le escupo mi desprecio.