Surcando las aguas oscuras

El día de partida llegó, acabó el tiempo de conocer. De ahora en adelante será momento de pensar, descubrir las señales de Dios y decidir. Atrás quedan 20 jornadas de nuevas experiencias, rostros, situaciones…

Llego al barco y me despido de Don Edson, el obispo de São Gabriel da Cachoeira, un pastor de esos que le gustan a Francisco, con olor a oveja, alejado de los estilos principescos que acompañan la vida de muchos prelados en tantos lugares del mundo y que provocan el rechazo hacia la Iglesia Católica. Tengo la sensación de que he encontrado en él un amigo y alguien que me ha enseñado algunas cosas que me pueden ayudar en el futuro.

Acepto ayuda para colocar la red, pues en esas cosas soy novato y no quiero dar con los huesos en el suelo. Ella será mi compañera de viaje en las próximas 45 horas, en el que el “Génesis VI” se irá deslizando lentamente por las aguas del Río Negro, del que los primeros cronistas españoles y portugueses decían que sus aguas eran del color de la tinta con que escribían. En el segundo piso en el que me encuentro sólo hay 8 redes y una pareja en uno de los pequeños camarotes. Dicen que generalmente los barcos van llenos y a veces el enmarañado de redes hace que el agobio aumente. Sólo se escucha el ruido del motor, pues la gente está plácidamente tumbada, viendo como las aguas, la selva y el tiempo pasan.

Pregunto al práctico, que nos conducirá hasta Manaos cuál es la velocidad a la que vamos y me responde que unos 17 kilómetros por hora. Faltan más de 800 kilómetros…, pero como alguien me decía en estos días: “aquí no existen horarios, existe tiempo”, y me viene a la mente el salmo que dice: “Cien años en tu presencia son un ayer que pasó…”. Vivir el tiempo al ritmo de Dios, nos ayuda a entender mejor cómo es en realidad nuestra vida, a descubrir que somos eslabones de una cadena, que no podemos resolver todo y que otros vendrán para continuar aquello que empezamos, del mismo modo que debemos sentirnos sucesores de quien llegó antes que nosotros.

Pienso en los primeros exploradores de estos parajes, adentrándose en lo desconocido, al fin y al cabo, salvo las dos pequeñas ciudades que vamos a encontrar hasta llegar en nuestro destino y las pequeñas comunidades esparcidas en la orilla del río, el paisaje debe ser muy similar al existente algunos siglos atrás. Los cambios fueron pocos y al mismo tiempo muchos, cada uno va a interpretarlos desde puntos de vista diferentes

El evangelio de este martes de la octava semana del tiempo ordinario, nos dice que quien deja familia, tierras… para seguir a Jesús recibirá cien veces más. En este momento de mi vida percibo en estas palabras una nueva señal de Dios. Y siguiendo leyendo, me pregunto si quiero ser último o primero, o mejor dicho, si realmente quiero estar con los últimos, con aquellos que la sociedad excluye, si me quiero trasladar a las periferias, si quiero ir más allá, si confío en que se puede navegar en estas aguas que no dejan ver lo que encierran sus profundidades… Todo es cuestión de sentir la presencia de Aquel que siempre está ahí y que nos hace perder el miedo, que como dice el gran profeta Pedro Casaldáliga, es lo contrario de la fe. Y de lo que supone confiar en Dios en medio de las dificultades y persecuciones él sabe mucho.

El barco se ha ido deslizando lentamente, leer, sacar fotos, algunas palabras con los compañeros de viaje, contemplar el paisaje… ha hecho que las horas pasen sin ningún agobio. Al final de la tarde atravesamos una de las típicas tormentas del invierno amazónico, para después contemplar como el sol se esconde entre las nubes que continúan descargando el agua que ya hemos dejado atrás.

En las primeras horas de la noche llegamos a Santa Isabel del Río Negro. Paramos en el puerto y un grupo de gente sube con sus bártulos y va buscando un lugar donde colocar sus redes. Poco después de salir, las luces se van apagando y el silencio, roto por el monótono ruido del motor, se va apoderando de la cubierta. El viento sopla con fuerza y hace que quien no tiene una manta para taparse, creo que he sido el único en todo el barco que he cometido ese fallo, pase frío, lo que hace que duerma sólo a ratos y tenga más tiempo para pensar.

Poco a poco el sol comienza a dibujarse en el horizonte, está amaneciendo. Con el paso de los minutos los tonos anaranjados se apoderan de la frondosa floresta y de las oscuras aguas del río, hasta el punto de parecer que un gran incendio se está propagando frente a nosotros. El espectáculo visual es único, de aquellos que sólo el Creador nos puede ofrecer.

Leo el libro “Pobre para los pobres. La misión de la Iglesia”, de Gerhard Ludwig Müller, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Quien me lo regaló escribió para mi: “Según Don Antonio Possamai (obispo emérito de Ji-Paraná), la lectura de este libro es obligatoria para todo cristiano. Me acordé de ti. Espero que la lectura de estas páginas te traiga todavía más enseñanza y estímulo para seguir tu misión”.

Müller hace un análisis sobre la Teología de la Liberación y las tentativas del gobierno norteamericano y de los poderes económicos capitalistas de acabar con ella, apoyando política y económicamente a las sectas fundamentalistas, que tanto han proliferado en América Latina, y que pretenden reducir el papel de la religión a un consuelo ultraterreno, todo encerrado en la esfera privada, utilizándola como factor estabilizador de una sociedad injusta.

La experiencia vivida entre los pobres de los Andes peruanos, llevó a Müller a tener una visión diferente de la Teología de la Liberación, pues entendió que esta se fundamenta en la vida de un pueblo explotado por una sociedad profundamente injusta.

Entre tanto, en torno de las 9 de la mañana, llegamos a Barcelos, la actividad en el puerto es grande, hay gran número de barcos. Pregunto el por qué y me dicen que en la época de apogeo de la pesca deportiva todos son usados. Lo peor de todo es que muchos de esos pescadores no vienen sólo a pescar peces y sí otras cosas, lo que si fuese investigado provocaría consecuencias negativas para la economía local. Eso no interesa, pues quien sufre las consecuencias de los delitos son mujeres, adolescentes y niñas pobres, que venden sus cuerpos para llevar un poco de comida a la boca. Ha subido un buen grupo de gente y ahora el barco va bastante lleno. Estamos en la mitad del viaje.

A mi lado un indígena va leyendo un libro de Silas Malafaia, pastor y diputado federal brasileño, de quien lo mejor que se puede decir es que un ladrón profesional, que tiene por título: “Venciendo las calamidades”. Sólo una prueba de lo que acabo de decir. Después veo que va respondiendo a un cuestionario, que parece ser una preparación para convertirse en pastor de una de las muchas iglesias pentecostales tan habituales. Parece un "converso", como demuestran los tatuajes y la marca de un antiguo pendiente en la oreja. Me preocupa que ese tipo de ideas estén llegando al Río Negro, pues eso puede provocar que algunos metan en la cabeza la necesidad de superar las dificultades queriéndose apropiar de aquello que es patrimonio común, universal, una tierra, una floresta, unas aguas casi vírgenes, quedándose con la mejor tajada en cuanto tiran las migajas a quienes tienen que consentir y callar.

Me sorprende una afirmación que el Prefecto de la Doctrina de la Fe hace: “Las innumerables comunidades eclesiales de base son una prueba viva de la identificación inmediata del pueblo con la Iglesia”. Siento una bocanada de aire fresco, viendo como hoy se pueden hacer afirmaciones consideradas heréticas no mucho tiempo… Creo que son efectos del huracán llegado del fin del mundo.

En el análisis que, en el libro de Müller, Gustavo Gutiérrez hace de Aparecida, a partir de la opción preferencial por los pobres y que debe diseñar la fisonomía de la Iglesia, aparece de nuevo esta importancia de las comunidades de base, expresión visible de esa opción. Es en las comunidades de base donde, en los últimos nueve años, he descubierto el rostro de los pobres y el compromiso de muchos, la gran mayoría mujeres, para que la realidad cambie. Gutiérrez señala que hoy ese rostro de los pobres se hace especialmente visible en los negros e indígenas, especialmente en las mujeres. Bahía, tierra de negros y los indígenas del Río Negro…, nuevas señales, nuevos motivos para pensar.

El padre de la Teología de la Liberación a partir del análisis del texto del buen samaritano nos dice que “es preciso ir más allá del compatriota, de aquel que es próximo por razones étnicas, culturales o religiosas, para cuidar del necesitado, cualquier que sea su condición social o religiosa, no estando nadie excluido. Se trata de una universalidad que nos pregunta”. ¡Y cómo nos pregunta…! “Se trata de hacer próximo a aquel que está lejos”.

Entre lecturas y pensamientos que éstas suscitan, pasó el segundo día del viaje, pues con las primeras luces del día llegamos a Manaos, destino final del barco, que no de mi viaje, que sólo el tiempo dirá si tiene vuelta.
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