Buscar a Dios

Buscar a Dios
En el inicio del Génesis vemos como Dios busca a Adán después de la caída. “¿Adán dónde estás?”. Y es que “Dios busca al hombre con mayor anhelo que el hombre busca a Dios” (Josep Mª Rovira Belloso).

En el evangelio tenemos muchas páginas en las que aparece esta búsqueda de Dios al hombre. Un ejemplo de ello es la parábola de la oveja perdida que una vez el pastor la halla, no la empuja ni la regaña, sino que la carga con dulzura a sus hombros y la lleva al redil (Cf. Lc 15, 3).

El salmo 22 es un ejemplo magnífico de esta preocupación del Señor por cada uno de nosotros: “El Señor es mi pastor, nada me falta. Me hace descansar en verdes prados, me guía por aguas tranquilas y repara mis fuerzas”.

De forma análoga el ser humano busca a Dios. Este es el fin primordial de nuestra vida cristiana. Otro salmo, el 41, nos dice: “Como la cierva busca corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío”.

La búsqueda de Dios y la contemplación van de la mano. Si a la contemplación le falta ésta búsqueda, algo falla. Es como la contemplación y la acción tienen que ir de la juntas y ahí tenemos a Jesús que nos da ejemplo, él tenía compasión de las multitudes porque iban como ovejas sin pastor. Pero después de la multiplicación de los panes y los peces, en los cuales el Maestro pide la colaboración de sus discípulos, Jesús se retira a orar.

Buscar a Dios exige constancia, perseverancia. En realidad esta búsqueda va hasta el fin de nuestros días porque a Dios nunca acabamos de conocerlo. Es como una mina; en cada galería descubrimos un filón pero quedan un sin fin de galerías y muchísimos filones por descubrir.

Si en ocasiones nos cansamos de buscarlo, el Señor está ahí con la misma pregunta que dirigió a Adán: “¿Dónde estás?”. Texto: Hna. María Nuria Gaza.
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