Me enteré por Internet que la ONU proclamó un día de homenaje mundial a Mons. Óscar Romero. Es una grata noticia que este obispo tenga un reconocimiento por un organismo como la ONU, porque ciertamente este pastor de la Iglesia de San Salvador murió como testigo de la verdad. De una verdad en minúscula que él ponía en evidencia de lo que se vivía en el país cada domingo en la catedral: Los derechos humanos no eran respetados, había represiones entre los campesinos, muchos eran asesinados despiadadamente, especialmente los catequistas que eran los encargados de llevar la Palabra de Dios a los lugares más apartados y también eran los testigos oculares de los horrores que se cometían entre sus hermanos. Y testigo de la Verdad en mayúscula porque
Jesús vino a declarar que él era la Verdad, el Camino y la Vida. Dios ama la vida humana y no quiere la muerte. Y Mons. Romero proclamaba que la vida humana es de Dios y el único que decide sobre ella, y en su país no se respetaba la vida.
Me queda un mal sabor de boca porque la ONU reconoce a Mons. Romero como un hombre que defendía los derechos humanos y
la Iglesia después de 30 años aún tiene atrancada su beatificación. ¿Por qué esta lentitud? Otras causas de beatificación han sido mucho más rápidas. Todo el pueblo salvadoreño, toda América Latina y el mundo católico lo tienen por santo y son testimonio de “Santo súbito”. Murió mártir por defender la verdad. Con su reconocimiento se verían honrados muchas personas que como él murieron por defender a los pobres, los oprimidos, a los sin voz. Fue un pastor que dio la vida por sus ovejas y no hay amor más grande que dar la vida por sus amigos.
Texto: Hna. María Nuria Gaza.