Seguir a Jesús requiere subir a la barca de la Iglesia. No siempre lo más fácil del seguimiento al Maestro. Esta barca en algunos momentos parece que zozobre pero Jesús está dentro de la barca y prometió que estaría con ella hasta el fin del mundo. Esto nos da confianza en los momentos de desconcierto y nos alienta seguir en la barca a pesar de las tormentas que puedan aparecer en la travesía. Nos alienta el ejemplo de los discípulos para gritar fuerte al Maestro: “Señor que nos hundimos, ¿no te importa que perezcamos?”.
En los tiempos de Jesús, las barcas que atravesaban el Mar de Tiberiades, eran pequeñas y frágiles. Al inicio la barca de la Iglesia era también frágil, difícil de manejar en los momentos de fuertes tormentas: Persecuciones y herejías estaban a la orden del día pero tenía a favor la frescura y el ardor de los primeros cristianos. Actualmente la barca de Pedro, se ha convertido en un gran barco mucho más difícil de manejar. Requiere mucha pericia y buen tino por parte de quien lleva el timón y mucha confianza por parte de los pasajeros que no siempre entienden las maniobras del timonero.
Ahí también como los discípulos en la tempestad del lago, tenemos que rogar con todas nuestras fuerzas: “Señor, ¿no te importa que naufraguemos? Mira cuantas dificultades, cuantos problemas se presentan a tu Iglesia. ¡Sálvala, sálvanos que perecemos!”. Texto: Hna. M. Nuria Gaza.