No permitas que los buenos extiendan su mano a la maldad

Por ello el autor del salmo 124 hace esta súplica: que el Señor no permita que los hombres honrados se vean tentados de inclinarse a obrar injustamente (Cfr. v 3). El ídolo del poder es muy atractivo, hay que ser muy fuerte para no dejarse seducir por él, pero el poder somete a esclavitud a los que se dejan atraer por él. De esta esclavitud se derivan muchos males: la falsedad, el engaño, la opresión para no citar más.
El salmista hace al Señor esta petición: “Señor, concede bienes a los buenos, a los sinceros de corazón” (v 4). Y también que el cetro de los malvados no pese sobre los justos (Cfr. 3).
Otro deseo del salmo es: “Que los que se desvían por sendas tortuosas los rechace el Señor con los malhechores” (v. 5). Es un desear que los injustos sean excluidos del premio eterno. Tengamos presentes que nos situamos en el Antiguo Testamento, Jesús no había muerto por todos en la cruz. Un deseo final es que haya en Israel paz. Esta paz tan deseada y tan poco lograda, ni en aquellos tiempos ni ahora. Esta paz que va mucho más allá de ausencia de guerra. Paz que se fundamenta en la justicia y el amor.
Al finalizar esta lectura podríamos hacer la siguiente oración: No dejes, Padre, que nos desviemos por sendas tortuosas; haznos buenos y sinceros de corazón para que habitemos en la tierra en que Tú te manifiestas, para que quedemos injertados en Cristo Jesús, que vive y reina por los siglos. Texto: Hna. María Nuria Gaza.