Una tierra santa que infunde temor de Dios Pentecostés en el Monte Athos

(Sandro Magister).- Se detienen los relojes, cuando de los vapores del Mar Egeo se ve aparecer de repente la cima del Monte Athos, porque allí las cosas son de otra época. El calendario es el juliano, atrasado 13 días respecto al latino que se ha impuesto en el resto del mundo. Las horas no se cuentan a partir de la medianoche, sino a partir de la puesta del sol. Y no es bajo el sol meridiano, sino en la oscuridad nocturna que el Monte Athos más vive y más palpita: de cantos, de luz y de misterios.

El Monte Athos es realmente una tierra santa que infunde temor de Dios. No es para todos. Por el momento no es para las mujeres, que ya son una buena mitad de los humanos. La última peregrina autorizada puso sus pies allí dieciséis siglos atrás. Se llamaba Galla Placidia, la de los mosaicos azul y oro de una iglesia de Ravena dedicada a ella. De nada le valió ser hija del gran Teodosio, emperador cristiano de Roma y Constantinopla.

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