Centenario del poeta cubano José Ángel Buesa (2). "La Obra de Jehová"

Acaba de estrenarse el pasado viernes el film "Lope", espectacular biografía del Lope de Vega más castizo. Vivió muy de prisa, escribiendo frenéticamente comedias, poemas, epístolas, cuentos... Un monstruo de la naturaleza. Para los amantes de su lírica, podría resultar problemático seleccionar sabiamente, entre su prolífica y desigual producción, sobresalientes títulos merecedores nada menos que de un humilde pedestal en una antología del Siglo de Oro.
Escribo esto como presentación de José Ángel Buesa, porque percibo cierta similitud entre la obra de Lope y la abundante, buena y desigual literatura que fue acercando a sus admiradores la generosa creatividad del poeta cubano que, como el popular madrileño del XVI, vivió en lo alto de la fama, aplaudido, sobre todo, por la gente sencilla, y menospreciado ásperamente por los escritores oficiales.
Propongo para hoy unos versos simpáticos y frescos que titula Buesa "La Obra de Jehová", y se refieren, en el amanecer de la creación, al regalo de los pechos que Dios hizo a la mujer (y al hombre) en la fiesta inaugural de la pareja humana.

LE OTORGÓ A LA MUJER LA GLORIA DE LOS SENOS

No es frecuente en ambientes cristianos piropear los femeninos senos, acariciarlos con alejandrinos versos bien sonoros. Y José Ángel se atreve. Nace su excelencia de las divinas Manos creadoras.El poeta del pueblo, romántico y coloquial, los describe con desenfado y gracia, con cierto humor y sutil picardía. Los imagina como cráteres de fuego "creciendo horizontales sobre los corazones..."
LA OBRA DE ]EHOVÁ
Cuando todas las cosas existían sin nombre,
bajo el azul intacto de los cielos serenos,
]ehová le dio músculos poderosos al hombre,
y a la mujer los senos.
Esa, sin duda alguna, fue su obra más alta;
esa ha sido, sin duda, su más perfecta obra:
Con ella, a la mujer nada le sobra;
sin ella, a la mujer todo le falta.
Senos que pugnan por erguir sus conos,
rebeldemente erectos tras la tela;
senos agudos como dos enconos,
como dos rutas blancas que nacen de una estela.
Senos que ostentan terciopelos rubios,
como la piel de los melocotones,
y que fingen minúsculos Vesubios,
creciendo horizontales sobre los corazones.

Con pinceladas muy expresivas, de gran belleza lírica, va describiendo el poeta de Cienfuegos tímidos pechos adolescentes, firmes senos de mujer campesina, veraniegos escotes de señoras maduras, pechos lacios de trabajadoras pobres, manoseadas mamas de rameras...
En la segunda estrofa parece que se refiere a la masturbación, cuando habla de "goces solitarios" en la sombra. Proporciona la fantasía un estímulo insustituíble, y una de las sensaciones más excitantes es, sin duda, la imaginada proximidad de unos pechos ardientes y entregados...
Tímidos senos de las colegialas,
que, en su gemela redondez de frutos,
sugieren temblorosos nacimientos
de alas a la salida de los Institutos.
Senos de novia casta, traviesamente austeros,
que excitan en la sombra los goces solitarios
de los adolescentes y de los marineros,
de los seminaristas y de los presidiarios.
Toscos pechos de aldeana,
que estiran los cordones del corpiño;
pechos en los que triunfa la carne firme y sana,
la incitación del hombre y la salud del niño.
Pechos macizos de las solteronas,
que, en los hondos escotes del verano,
exhiben sus prestigios de inexploradas zonas
y su angustia de surco que floreciera en vano.
Senos exangües de la obrera,
senos de ayunos largos y de higienes precarias;
senos que disfrutaron de fugaz primavera
sobre los mostradores de madera
o entre el resuello de las maquinarias.
Senos ajados de la prostituta,
que la ruda caricia despojó de su seda,
tal como se despoja de corteza una fruta,
después de haber pagado por ella una moneda.

El largo poema de 59 versos se encuentra ya en su tercera entrega. No podía faltar la alusión a la maternidad, a la alimentación del bebé, aunque con una visión traumática sacrificial muy de la época. Se critica sutilmente el sujetador (¿qué diría en nuestro tiempo de prótesis y siliconas?). Aunque el balance final de esta reflexión sobre los senos es muy positivo, al menos para el varón: "Y que son, casi siempre, lo mejor de la vida..."
La estrofa final se queda muy corta, por exigencias del guión sin duda. Frente a "la gloria de los senos", Dios creó los ojos del hombre para contemplarlos (y para algo más, supongo, pero de eso hablaremos en el apartado siguiente).
Mis conclusiones personales: Dios inventó la pareja, diferenciando complementariamente, en el cuerpo y en la psicología, al varón de la mujer. La sexualidad es hermosa, generoso regalo de la divinidad a la familia humana...
Senos de extrañas razas y de remotos climas,
bajo lunas de nieve, bajo soles de brasa...
Senos que son dos inquietantes rimas,
senos que son dos temblorosas cimas
en la mujer que llega y en la mujer que pasa...
Senos que, en el más noble sacrificio,
en las maternidades magullaron sus flores,
y, en una primavera de artificio,
aún logran el consuelo de un esplendor ficticio
con la falsa apariencia de los ajustadores.
Senos que se alzan sólidos tras la blusa ceñida,
o bajo una inconsútil transparencia de encaje;
senos que fueron lo mejor de un viaje,
y que son, casi siempre, lo mejor de la vida.
Sí: Hizo bien Jehová, cuando, a la clara
fulguración primera de los cielos serenos,
le otorgó a la mujer la gloria de los senos,
y los ojos al hombre, para que los mirara!

DOS ÚLTIMAS REFLEXIONES
1. Leíamos en el verso final de "La Obra de Jehová" que Dios había dado a los hombres la vista para contemplar arrobados los pechos femeninos. Suelen los poetas del amor explicitar algo más el emocionante diálogo corporal con su bella. Así se expresa Jorge Debravo en "Desde la sombra": "¿Cómo sientes mis manos? / Las has estrechado con las tuyas / y las has acercado a tus pechos. / Desnudos y tibios / los he sentido aletear como pájaros vivos / debajo de mis manos."
2. He descubierto hoy mismo una breve, expresiva décima, "Pechos", de Tomás Segovia. Existe en nuestro cuerpo cierta memoria biológica que podría ayudarnos a sentir como presente la piel lejana de la amada:"A veces, solo en la calma / de la alcoba, me estremece / la evocación. En la palma, / como entonces, me parece / sentir el trémulo peso / de tus pechos, que en el beso / me ofrecen, para que muerda, / todo el bulto de la vida. / ¿Ves tú? La memoria olvida, / pero la carne se acuerda."