Murió VICTORIANO CRÉMER a sus 102 años. SU TESTAMENTO



El pasado sábado, 27 de junio, falleció en León, a sus 102 años, el poeta más longevo de España, Victoriano Crémer. Precísamente, acababa de aparecer en librerías su poemario "El último jinete", Visor, XVIII Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma. Se puede decir, con verdad, que murió escribiendo, como Benedetti. ¡Si hasta llegó a entregar en el hospital cinco nuevos artículos para su sección del Diario de León "Crémer contra Crémer"!...

TANCREDO EN SU PEDESTAL

La hermosa fotografía que preside este post representa al escultor leonés Amancio González Andrés esculpiendo con maestría el busto de Victoriano Crémer. Y me han venido al recuerdo dramáticos versos del poeta castellano, publicados en "Última instancia" (1984), cuando escribía emocionado desde sus 77 años, sin pensar que le regalaría la vida 25 años más de creatividad y juventud interior.

Observa, quizás, el poeta en el parque la esculpida figura de algún personaje, y se siente él también estatua, distante como una estatua, fantasmal, invisible como una estatua...

ESTATUA

Mi estatua soy.
                         No me apeo
–Tancredo en mi pedestal–
de este banco, de esta piedra,
de esta rutina.
                        Vendrán,
a la hora de la merienda,


los niños de la Ciudad
a echar migas a los pájaros
y a comerse, con su pan,
la dorada miel del día.

Contemplo el lento pasar
de los eriales del luto
hacia una muerte de sal
en los pastos de la luna,
mientras comienza a girar
a mi alrededor el mundo
del olvido.
                 Vano afán
de sentirme en el estruendo
vivo, cuando todo está
dispuesto para el silencio
heráldico del final.

Mi estatua soy.
                         Nadie mueva
esta piedra pedestal.
Me siento, piedra y rutina
permanente, como el mar.


ÚLTIMAS VOLUNTADES



En el poemario "La cerca" (1976), sorprendió a sus lectores el poeta leonés con la ternura y lucidez de unos versos inolvidables. Presentó a su público su testamento literario (tenía 69 años). ¿Sólo literario? Pienso que no, que venían firmados los versos con sangre de sus venas, con música de su verdad.

Al buscar imágenes para amenizar la lectura de este largo poema (sé que no debería hacerlo y pido absolución), he descubierto de nuevo la fascinante belleza, la tremenda actualidad de una visión del hombre y del mundo tan fraternal, tan ecológica, tan mística...


TESTAMENTO INÚTIL


“A VEINTIDÓS DE JULIO DEL AÑO…”¿En qué año vivo? Vivimos en el tiempo.
De lo hondo de la calle asciende un lento hervor de humana servidumbre. Hasta aquí llega el sol. Le estoy agradecido por esta compañía silenciosa.
Escribo lentamente, levantando los ojos del papel. Los grajos se aposentan
sobre las antenas de la televisión: Es un bosque vibrante
de desnudas ramas, que chirrían al peso de los pájaros y el aire.



“A MI ESPOSA, A MIS HIJOS, LES DEJO…” Repaso lo que tengo,
Nada que merezca la pena ser nombrado: dos llaves, unos libros y papeles
inútiles con versos que nadie entenderá. (¡Sublime despropósito!)
Ordenaré su destrucción o con los últimos ánimos romperé uno por uno
estos signos que a mí, sólo responden…

“... LES DEJARÉ EL RECUERDO.”
Llegará un día en que, haciendo un esfuerzo, comprendan que es en vano
intentar componer la figura con piezas que perdieron su color y se digan:
“¿Recuerdas cómo era?” Y nadie me recuerde. Acaso, en la alacena
donde guarda la madre las facturas del gas, un día
-es la venganza
de los que fueron- aparezca una fotografía cuarteada y la esposa conteste:
“¿No queríais saber cómo era? ¡Miradle!”. Y el hijo más antiguo
dirá sencillamente: “Ahora le recuerdo”. Y seguirá pensando en el cárter del coche.


Me pesan ya los dedos cual si llevara un siglo escribiendo o arando
el pliego con la pluma, intentando llenar los surcos de sustancia.
Me levanto y contemplo desde la ventana las piedras verdinegras del templo.
“Fue erigido en mil seiscientos tantos…” pienso. ”Y ha resistido
centenares de años, millones de agonías”. El hombre solamente abarca cuatro días
y muere de una sola agonía, mientras quedan en pie las piedras,
los arbustos del monte, las estrellas. ¡Cuán poca vida, Dios, para tan largo viaje!”.


“LA CAMA DONDE DUERMO…” La clavaré en la tierra
para que quede fija allí donde aprendimos a amarnos y ella no olvide
ni el bulto de mi cuerpo ni el calor de mis manos.
Cuando en las noches cruce las fronteras del sueño, sentirá mi vacío
bajo las sábanas y agotará el sabor de los últimos besos.
“¡Esposa, esposa mía, río blanco de tibia certidumbre, árbol hermoso
tantas veces talado y tantas habitado de oscuros ruiseñores!
Para ti son los hijos; son tuyos solamente, desde antes de nacerlos
y fueron para ti los primeros vagidos en la cálida estancia de tu vientre”.
Los padres les hacemos con cansancio y con ellos
componemos la línea paralela del vivir, cada vez más distante.


“A LOS HIJOS LES DEJO…” ¿Qué dejamos en pie para los hijos? La sangre, dicen,
ese río secreto que entre los huesos busca una salida al mar;
y voluntad de vida para erigir los nuevos oráculos sobre los testimonios
de la derrota que aventó las cenizas de las generaciones. Tal vez, un día
de desaliento, intenten encontrar la respuesta y elevando las manos
hacia donde las ánimas de los muertos se acumulan, pregunten:
“¿Qué mundo nos legasteis?”…Y yo no estaré allí para calmar su ira.
Y sucesivamente, los hijos de estos hijos reclamarán en vano
como lo hicimos todos, así que a la garganta subió el primer sollozo.



Nada tengo que darles. Mis vestidos son viejos y mis libros ya no hablan
su lenguaje. Recorro con la mirada el alto firmamento surcado
de azules golondrinas y contemplo la flor que en el humilde barro
del tiesto despereza su hermosura en la palma del sol. Me da alegría
saber de mi pobreza, abrir un libro nuevo, escuchar una música
que la brisa arrebata, recordarme en los ojos de la esposa, sentir
¿dónde lo siento? el árbol de los hijos, tocar el dulce pomo
de la cuchara del hambre y estar todo presente en la luz inflamada
de cada día.
              Abandono los pliegos sobre la mesa.
                                                Comprendo mi pobreza
y mi alegría.
                  Firmo y rubrico.
                                     Un nombre.
                                                      Es todo lo que tengo.


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