Promover una cultura de legalidad La Iglesia ante la crisis (IX)
(Juan José Omella).- Comienzo este escrito - último de la serie - haciendo referencia a una obviedad que a menudo se olvida y es la siguiente: la política lleva consigo todo un componente moral que obliga al laico a vivir en una constante situación de discernimiento, que afecta a sus decisiones y acciones políticas más importantes. Ningunear esta realidad, como al día de hoy hacen muchos profesionales, es un error de graves consecuencias, tal como se puede constatar con demasiada frecuencia.
Eso es lo que expresa muy bien el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, n. 568: "El fiel laico está llamado a identificar, en las situaciones políticas concretas, las acciones realmente posibles para poner en práctica los principios y los valores morales propios de la vida social. Ello exige un método de discernimiento, personal y comunitario, articulado en torno a algunos puntos clave:
- el conocimiento de las situaciones, analizadas con la ayuda de las ciencias sociales y los instrumentos adecuados;
- la reflexión sistemática sobre la realidad, a la luz del mensaje inmutable del Evangelio y de la enseñanza social de la Iglesia;
- la individuación de las opciones orientadas a hacer evolucionar la situación presente en sentido positivo".
Dicho en otras palabras, se trata de que cada uno tome conciencia de la responsabilidad personal que como cristiano debe vivir en el hoy y ahora de su vida. Esa conciencia ha de verse traducida en categorías de acción, de participación y de compromiso.
La exigencia laical de la que estoy hablando apela a las responsabilidades de todos. Pero aplicada al caso concreto de los empresarios y de los directivos de empresas cristianos, ha de manifestarse en "las opciones económicas que repercuten en la vida de los más pobres o en realidades que remiten a las exigencias morales fundamentales" (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 569).
No se trata, pues, de conseguir una solidaridad sólo de intercambio, momentánea, puntual y para un caso concreto. La solidaridad que nos propone la civilización del amor es una solidaridad responsable y vinculante.
Aún añadiré más: la solidaridad de la que hablo es algo más que una virtud personal. Es también un principio de organización de la sociedad a todos los niveles.
• Los cristianos, y de forma más concreta e inmediata los laicos, no podemos - no pueden - reivindicar la sociedad civil y dejar el Estado a los partidos. Nos debe preocupar la calidad de la gestión, la ética con la que se trabaja en la administración pública. Debemos exigir a las administraciones públicas, en primer lugar austeridad: hemos de pedirles compromiso con los más necesitados y, sobre todo, inversión, que inviertan y que no se gasten lo que no tenemos ahora ni vamos a poder tener nunca.
• Promover una cultura de legalidad, del cumplimiento de la ley, que permita la promoción del bien común y que eduque en el respeto de la legalidad, así como en la protección de la seguridad, comenzando por las instituciones que deben ser ejemplares en el respeto de la ley.
Tarea importante y estimuladora que han de hacer suya los laicos comprometidos con la causa del Evangelio y con la causa del bien común de todos.
Termino animando a quienes trabajan en el mumdo de la política, de la enseñanza, de las asociaciones, de la comunicación, de la economía y de las finanzas, a que lean despacio, mediten y hagan suyo el contenido apasionante del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. Les ayudará a tener las ideas claras en orden a trabajar en la construcción de una sociedad más justa, en libertad y en paz y les enardecerá el ánimo para volcarse en la ayuda a los demás.
Con mi afecto y mi bendición,
+ Juan José Omella Omella
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño