Sospecha de una precipitación inusitada Lecciones de la beatificación de Juan Pablo II

(Manuel Unciti, en El Correo).- La beatificación del Papa Juan Pablo II ha dejado tras de sí una resaca por demás interesante. Ha enseñado que la autoridad de la Iglesia, con la beatificación, levanta acta notarial de que el siervo de Dios que es elevado a los altares ha vivido las virtudes cristianas «en grado heroico» o, como hoy diríamos, «a tope»; pero que de ningún modo alaba ni deja de alabar todos los hechos de la vida del protagonista.

La beatificación responde de la fe, de la esperanza, de la caridad y demás virtudes con inspiración en los Evangelios, pero ni juzga ni beatifica las amistades, los encontronazos, los duelos y las peripecias de toda una entera biografía. Estos capítulos, se dice, quedan para uso y abuso de los historiadores que, a su debido tiempo, elogiarán los aciertos y vituperarán las meteduras de pata de los beatificados. Pero, ¿se puede dar por bueno tan singular criterio?

En estos últimos tiempos y con ocasión de la beatificación del 'gigante' -Bertone dixit- Juan Pablo II, voces autorizadas de Roma han tratado de colar esta posición. El empeño es arriesgado ¡vive Dios! y, de aceptarse, abriría en buena hora las compuertas a una auténtica riada de candidatos a beatos y santos. Cientos de estos y de aquellos ven cómo sus 'causas' languidecen durante años y años porque el ojo inquisitorial de los monseñores, obispos y cardenales que integran el dicasterio que estudia, analiza y valora las candidaturas a la beatificación ha dado con algún hecho o dicho menos ejemplar, con algún escrito poco o nada correcto, con algún testigo más o menos desfavorable.

La beatificación del Papa Juan Pablo II a los seis años y veintinueve días de su fallecimiento en Roma -¡todo un récord!- ha creado en amplios sectores de la comunidad cristiana una cierta sospecha de haberse procedido en este caso con alguna inusitada y no del todo justificada precipitación.

Las gentes hablan y murmuran porque creen que no ha habido tiempo suficiente para esclarecer debidamente los porqués de las deferencias del Pontífice polaco con el sacerdote mexicano Marcial Maciel, fundador de la congregación religiosa de los Legionarios de Cristo, un mago de las finanzas, acusado de pederastia, de consumo de drogas, de trato carnal con varias mujeres, con varios hijos e hijas y, finalmente -pero ya en el pontificado de Benedicto XVI- apartado del ministerio sacerdotal&hellip Hablan y murmuran de la falta de sensibilidad del Papa para con el arzobispo salvadoreño Oscar Arnulfo Romero.

Justo al año de una bronca audiencia de Juan Pablo II al 'obispo de los pobres', las metralletas de unos soldados acabaron con su vida mientras celebraba la Eucaristía en la capilla de un pequeño hospital, lo que le catapultó a ser, a los ojos del pueblo, 'san Romero de América'.

Hablan y murmuran del maltrato dado por el Papa al prepósito general de los jesuitas, el bilbaíno padre Pedro Arrupe; de la bronca en público al ministro del Gobierno de Nicaragua Ernesto Cardenal, sacerdote y poeta; de la malquerencia para con el cardenal Tarancón y con el también cardenal, arzobispo de Sevilla, José María Bueno y Monreal; de sus complacencias, más o menos veladas, con el dictador Pinochet.

'Pelillos a la mar', como quien dice; pero unos pelillos que han dejado mal sabor de boca en muchos católicos. Es de creer que estos 'pelillos' habrán sido ponderados como es debido en la 'causa' de la beatificación; pero ¡cuánto se habrían agradecido en este trance unas palabras aclaratorias para consumo del pueblo cristiano!

Ese pueblo cuya voz se invoca ahora para justificar la rapidez con que ha avanzado la causa de beatificación del Papa Juan Pablo II. Se comenta que esta premura ha obedecido a la petición popular de 'santo súbito'. Ahora bien, fueron tres, si bien se recuerda, las pancartas que con esa leyenda brillaron en la plaza de San Pedro, en el Vaticano, durante el funeral por el Papa en los primeros días de abril del año 2005.

Fueron tres y las tres igualitas, sin coma de más o coma de menos; lo que demostraba que las tres habían salido de un mismo y único taller ¿Se puede hablar aquí de 'petición popular'? A las pancartas ha seguido en todo el mundo, es verdad, una cascada de peticiones reclamando la beatificación ¡ya! del Papa «venido del lejano frío» y este hecho ha sido verdaderamente emocionante; pero cualquiera recuerda que, desde el siglo XII, se han ido perdiendo en la Iglesia las beatificaciones por aclamación del pueblo. ¿Acaso se pretende meter en la Iglesia unas dosis de democracia? ¡Ojalá!

Volver arriba