Un artista en el "santuario de la religión de la Belleza" El Papa sereno en la Serenísima República

(Ángel Aznarez, notario).- "Descubro una antigua comunicación al Instituto del conde de Mas Latrie: Del envenenamiento político en la República de Venecia, de la que se deduce que en el Palacio de los Dogos hubo asesinatos hasta la segunda mitad del siglo XVIII". Paul Morand (Venecias). De interés se consideró el encuentro entre el Papa artista (Benedic-to) y la bella Ciudad (Venecia), joya y "perla del Adriático".

Aclaro, con carácter de excepción, que las reflexiones aquí escritas se pretenden frías, que la admiración ad personam (Benedicto) es templada, y que la preocupación y simpatía, filiales, son calientes. Lo de excepción es por juzgar que debe ser el lector, no el autor, el que saque las conclusiones, aunque tenga que transitar por renglones de letras, que, por pretenderlos de escritura de fe -no de la pública no, no- llevan condimento de ambigüedad, anfibología y de retóricas figuradas, que, a primeras y en apariencia, pudieran hacer dudar, incluso a los muchos lectores preclaros de esta Religión Digital.

En el anterior artículo, El Papa en el Trivéneto, dejamos a Benedic-to en el Môle (muelle) de la Serenísima, subido en una tribuna cubierta con rojos telares, teniendo al fondo la sublime Basílica de San Marcos, de lujo asiático, y teniendo a la derecha el Palacio ducal o de los dogos, de cabeza cubierta con gorro de perlas y cornudos de un solo cuerno (corno). Por ser Palacio del Poder, lo fue de intrigas, de venenos y de muertes.

Allí, en el Môle, se produjo el esperado en-cuentro entre un Papa artista -artista por ser músico de muchas teclas y de dos pe-dales, y artista por ser escritor fantástico, de sutiles escritos- y la Ciudad bella, que un escritor francés, asmático y que desayunaba magdalenas, calificó de "Santuario de la religión de la Belleza".

Esa ciudad es extraña y contradictoria por excesiva: carnavalesca y de las alegrías en música, teatro y pinturas, y de tristeza por muchas muertes de peste, cólera y venenos; de palacios con mármoles exquisitos y de fangos pegajosos y malolientes por doquier; de leones con imponentes garras y con alas añadidas exageradas, y de gatos callejeros, famélicos y sarnosos.

El Papa, después de ajustarse el fajín blanco que se deslizaba hacia el suelo -una vez advertido de manera imperativa por su secretario o "pasqualino" (también conferenciante en Perugia)- y después de recibir el regalo de una custodia hecha con cristales preciosos de la vecina Murano, digna de exposición en los museos vaticanos, pronunció su primer discurso en la Villa ducal.

Mencionó el Papa a los tres patriarcas de Venecia, que, en el último siglo, entraron en cónclaves y salieron de ellos papas: Sarto (San Pío X), Roncalli (beato Juan XXIII) y Albino Luciani (Juan Pablo I). Se comprobó que, al citar a los tres ex patriarcas, luego papas, Benedicto no miró ni hizo guiños cómplices a su Eminencia Reverendísima, cardenal Angelo Scola, de noble empaque, que estaba a su derecha, un metro atrás.

Provocó emoción el recuerdo a Albino Luciani (Juan Pablo I), que, por sospechas de crimen, se convirtió en mito, con la colaboración de varios, entre ellos del cardenal Villot, que en septiembre de 1978 era Secretario de Estado. Recordaré desde el olvido que Luciani, patriarca que fue de Venecia, estuvo considerado, además de pastor de los pobres, como un prelado muy conservador, que protagonizó conflictos con curas obreros de la vecina e industrial Mestre, conflictos con cristianos de base. Por eso, de Luciani Patriarca con los pobres, pero a la derecha, se decía y escribía.

Albino escribió unas cartitas, luego reunidas en libro Ilustrísimos señores, que permitió agrandar la insignificancia e inanidad del librito de las cartitas, publicado en España por la BAC en formato de bolsillo, papel de misal tridentino y con tapas duras. Ya Papa ingenuo, hizo "teología de género" ("Dios es Padre, pero sobre todo Madre"), adecuada para el psicoanálisis, que ya contamos en nuestra La Dolce Vita.

Una vez destacado que Venecia fue "puente entre Oriente y Occidente" (Aquileya, -había dicho horas antes- fue "puerta entre Oriente y Occidente), el Papa se refirió al catolicismo de los venecianos, si bien no recordó el proverbio histórico ¡Veneziani, poi Cristiani! (Primero venecianos, cristianos después). Alabó su "buen sentido", si bien en varios momentos de su historia (la de los venecianos), lo que caracterizó fue su "mal sentido".

Benedicto en su discurso invitó, una vez más, a eso tan complicado que es la harmonía entre la razón y la fe, de más dificultad para los racionalistas y de mucha más facilidad para los "fideistas". Cuando el Papa leyó: "principios éticos correspondientes a la verdad profunda de la naturaleza humana", se pensó en la prometida Encíclica sobre el necesario e interesante asunto del Derecho Natural hoy; texto magisterial que se espera con ganas y con necesidad, con lamentos por el retraso.

El Papa Ratzinger, terminado su discurso, saludó a la manera habitual, alzando en exceso sus brazos -gesticulación artificial frente a su sobriedad natural-, alzándose al mismo tiempo la sotana blanca, más blanca que el hábito de los frailes dominicos y teólogos, hijos de Santo Domingo, y hoy del hematólogo infantil el Maestro Bruno. El alzamiento permitió ver, una vez más, los tobillos de Su Santidad, delicados, finos y huesudos; muy diferentes de los que fueron del beato Juan Pablo II, gordos y carnosos. Eso tiene implicaciones, unas de metafísica y otras físicas; entre éstas, la diferente manera de andar o andares: Benedicto XVI con los pies, con elegancia, hacia fuera, y el Beato antecesor con los pies, con menos elegancia, hacia dentro.

El Papa, cubierto o tapado con la larga capa roja, que nada le gusta por hacerle bajito, y el Patriarca, sin estola y con sotana y muceta rojas y roquete blanco, se subieron a un cochecito eléctrico, que, por pequeño y dada la corpulencia del último, iban ambos como apretados; que, por ser más carromato que carruaje, se movía y movía a los transportados con movimientos de carro, lo que era muy visible al ver los vaivenes del birrete del Cardenal, de noble empaque.

Por esa misma Piazza, pasearon Pablo VI, vestido con sotana blanca y muceta de terciopelo rojo, ribeteada de armiño blanco, y el patriarca Luciani, vestido de cardenal y portando estola papal, lo que en su día fue interpretado como guiño y signo de un futuro papal, que resultó acertado (Pablo VI nombró a Luciani, primero, arzobispo patriarca de Venecia y luego, en el Consistorio de 1973, le puso el birrete de cardenal).

Aquel paseo tuvo lugar años antes de que Pablo VI, a días de su muerte por una artritis lupu y por los calores del ferragosto, dijera:" Cuando cumplidos ya ochenta años, el curso natural de nuestra vida camino al ocaso". En esa misma Piazza, junto a los pórticos, durmió San Ignacio de Loyola, mendicante y esquivando males de peste, en camino a Jerusalén, (Autobiografía), adonde llegó, gracias a que, por recomendación del Dogo, se facilitó su embarque, a Chipre.

Fue visible, por gestos y palabras, la emoción de Benedicto XVI al entrar, con la luz del atardecer, en la Basílica-Catedral, y contemplar los mosaicos de mármoles en el suelo y de oros en los vuelos, sucesión de bóvedas y cúpulas, cristos y vírgenes, con magia de Asia, como si se tratase de un decorado de Las mil y una noches. Pasado el arquitectónico iconostasio, el Papa rezó ante la tumba, según la tradición, de San Marcos, leyendo la inscripción: Corpus Divi Marci Evangelista.

El genio mercantil de los venecianos, de difícil deslinde a veces con el latrocinio -allí donde hay un genio mercantil, suele haber en potencia y acto un genial ladrón- hizo posible que robaran a los pasmados egipcios de Alejandría los restos mortales de San Marcos, explicando el cardenal Scola al Papa, en tono muy bajo aunque audible para antenas en orejas, entre sonrisas y alguna risa, que, por añagaza, los cristianos venecianos taparon los restos con despojos de cerdos para espantar a los musulmanes propietarios.

Ese mismo genio mercantil permitió robar a los de Bizancio los cuatro caballos de bronce, que, durante siglos, estuvieron galopando por la fachada de la Catedral y que hoy están guardados; unos caballos, denominados "los caballos de San Marcos", que fueron decoración del Hipódromo de Constantinopla, muy cerca de la gran Cisterna y de la que fue Santa Sofía, ayer cristiana y hoy musulmana.

Concluida la visita, el Papa se retiró a descansar al palacio patriarcal, a través de un pasadizo desde el interior de la catedral; palacio que en su fondo o sur mira a un canal, que, partiendo del Puente de los Suspiros, gira a la izquierda. Al Papa siguieron señores y monseñores con carteras y maletas, entre ellos, el médico y el farmacéutico pontificios.

Todos con la tranquilidad de que los venenos ya no están en las copas y tazas de los palacios del poder, incluido el patriarcal, sino en las aguas envenenadas de la laguna y sus canales por causa de la petroquímica de Mestre, que es culpa criminal de la extinta Democracia Cristiana italiana. Sentimos despedirnos del Santo Padre sin poder invitarle, para liberación de los aburridos de la "casa pontificia", a contemplar la pintura La Tempestad de Giorgione en la cercana Galería de la Academia y, luego, a cenar pasta en la trattoria Aï Gondolieri, contándole cosas secretas de mucha risa y de muchas lágrimas.

(Continuará la semana próxima; después de la Santa Misa en el Parco San Guiliano, escribiremos de sus Eminencias Reverendísimas Angelo Scola y Gianfranco Ravasi, y del Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias. Concluiremos con lo de La Salute, lo incidental y lo principal).

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